¿Plaza de la Dignidad?

Plaza Italia


La campaña por cambiarle el nombre a la Plaza Baquedano tiene tintes surrealistas, propios de ese enrarecido clima que se respira en Santiago desde el estallido social del 18 de Octubre.

Partamos por lo básico: lo que se pretende rebautizar no es una plaza, sino que una rotonda, que ahora parece un campo de guerrilla urbana. No existen semáforos, todos los paraderos están destruidos, hay seis edificios quemados, tres parques dañados, dos cafés literarios tapiados, cuadras de locales saqueados, un hotel de 25 pisos abandonado y una posta improvisada para los "primera línea", en los restos de tiendas de músicos que lo perdieron todo.

Por esta violencia se debieron clausurar las estaciones de Metro Baquedano y Santa Lucía afectando a sus 70 mil viajeros diarios. Sus accesos que alguna vez fueron postales, ahora son ruinas llenas de escombros e intenso olor a baño público. Punto aparte son los matones que mandan en el lugar. Violentos y agresivos, se hacen sentir desde temprano cuando se instalan en el monumento a Baquedano con palos y banderas, te amenazan si sacas fotos o te humillan obligándote a bailar para no ser apedreado.

No es digno caminar o vivir en un lugar así, sabiendo que miles de personas pasarán una terrible Navidad porque saquearon y destruyeron sus fuentes de trabajo. Tampoco tiene dignidad ver la ciudad plagada de mensajes de odio, que invitan a matar y quemar personas, que tratan a mujeres carabineras con una violencia machista inaceptable.

No es digno ver monumentos y edificios patrimoniales destruidos o académicos y líderes de opinión cayendo en este sueño surrealista para sacarse selfies en medio de calles destruidas, o inclusive encontrarle una épica a esta debacle como lo hizo el Colegio de Arquitectos que tuvo que abandonar su sede por la violencia que sigue callando o justificando, igual que jóvenes políticos con aspiraciones revolucionarias.

La dignidad estuvo presente cuando un millón y medio de personas coparon este espacio para pedir reformas sociales. Cuando niños, jóvenes y viejos lograron despertar a una clase política dormida y ensimismada, sin necesidad de quemarlo todo a su paso. Si la idea es honrarlos a ellos, lo primero que debemos hacer es reconstruir aquello que destruyeron los matones y sacarlos a ellos, para devolverle este espacio a las personas.

No basta con pegar afiches o alterar Google Maps para rebautizar un lugar tan simbólico de Santiago. No se hace por la fuerza. El nombre lo pondrá la ciudadanía después de varios años, en la medida que el nuevo diseño sea coherente con la dignidad que se quiere honrar. Hasta que ello ocurra, seguiremos hablando de una Plaza Italia devastada, por una furia que nada tiene que ver con las multitudes que salieron a la calle para pedir por un país más justo.

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