Prueba PISA: desafíos para educación chilena

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Recientemente se publicaron los resultados de la prueba PISA 2018, que rinden los alumnos de 15 años de países de la OCDE y sus socios. Una vez más, éstos vienen a confirmar el liderazgo de nuestro sistema educativo dentro de América Latina, que se constata con los 25 puntos de ventaja en Lectura que nos separan de Uruguay, ubicado en el segundo lugar. Asimismo, nuestro país se sitúa como el con menor proporción de estudiantes de bajo desempeño de la región, con 23,5%, seguido de Uruguay, con 31,9%. Pero, en paralelo, estos resultados nos ubican por debajo del promedio de la OCDE, lo que da cuenta del gran desafío que sigue por delante.

En cuanto a la evolución respecto a la última medición, los resultados de PISA muestran un estancamiento que contrasta con el aumento gradual de 49 puntos experimentado entre los años 2000 y 2015. Ello da cuenta de que la mejora en los aprendizajes es un desafío continuo, que requiere del compromiso de toda la comunidad escolar -familias, alumnos y escuela- así como de las autoridades y legisladores.

En un momento en que se suelen repetir diagnósticos imprecisos -o abiertamente equivocados- es importante considerar estos resultados de manera desapasionada a la hora de calificar el nivel de la educación chilena en el contexto mundial. Sin bien es indudable que aún falta por mejorar en calidad y también en mayor equidad, nuestra historia nos ha permitido situarnos muy por encima de nuestros vecinos, lo que constituye un logro que no cabe desmerecer.

Por su parte, en los últimos años se han incrementado los recursos públicos para el sistema escolar y se han impulsado una serie de reformas que en algún momento habrá que evaluar. Sin embargo, es posible que se requiera un buen tiempo para poder adaptarse correctamente a los cambios que éstas introdujeron tanto en términos de las exigencias para el funcionamiento de las escuelas, como el sistema de postulación y su efecto en la elección por parte de las familias. Es un desafío que nos debiera mantener ocupados en los próximos años.

Pero adicionalmente, hay un elemento tanto o más directo, que es posible esté afectando el desempeño de nuestros estudiantes y tiene que ver con el clima y la convivencia al interior de la escuela. Así lo han hecho ver en el último tiempo diversas voces, que han planteado el daño que significa, por ejemplo, la pérdida de clases producto de paros, la normalización de la violencia en algunos liceos del país, el aumento sostenido que presentan las denuncias por bullying y la creciente tolerancia de los jóvenes al consumo de drogas y alcohol que muestran las encuestas.

Todo ello habla de la necesidad de que las familias asuman con mayor energía su responsabilidad en la educación de sus hijos. En lugar de esperar que lo haga la política pública, las escuelas o los profesores, se requiere que sean los mismos padres los que hoy lideren los avances en esta materia, involucrándose con mayor decisión en la entrega de valores y apoyo a sus hijos.

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