PSU: el problema concreto

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Foto: La Tercera/Archivo



Los chilenos tenemos, en relación al mundo desarrollado, un severo déficit cognitivo. Las investigaciones sobre analfabetismo funcional son lapidarias: el 80% de nuestra población a duras penas entiende lo que lee o maneja aritmética básica. Esto no significa que seamos tontos. No es un tema de inteligencia. Significa, en cambio, que somos concretos. El razonamiento abstracto es el que se nos complica. Aprendemos mejor haciendo cosas que estudiándolas. Los niveles de ingenio chilenos en el plano práctico -a veces orientados al delito- son reconocidos a nivel mundial.

Dentro de este escenario, por cierto, quienes tienen más recursos suelen tener mejores oportunidades para desarrollar el pensamiento abstracto. Esto, debido a los estímulos cognitivos tempranos que reciben en sus hogares, que dependen mucho del nivel cultural de los padres. También, aunque en menor medida, a la calidad de las instituciones donde estudian. Es simple: los seres humanos aprendemos por imitación. Si en nuestro entorno se habla con más palabras, se conversa en la mesa, se leen libros y se debate sobre asuntos abstractos, desarrollaremos más fácilmente esa capacidad. Por eso, por ejemplo, los hijos de profesores, aunque no vengan de hogares tan pudientes, suelen rendir bien en la educación formal.

Los colegios y universidades, finalmente, premian esa capacidad de abstracción y castigan el pensamiento concreto. El método de enseñanza supone la capacidad de aprender en ese nivel, y las profesiones más codiciadas y mejor pagadas lo exigen. De ahí que esta capacidad -medida en pruebas estandarizadas- sea la principal barrera de ingreso a la educación superior (y que el porcentaje de discapacidad cognitiva sea mucho menor entre los profesionales que entre la población general).

Por todo esto es que no sirve de nada echar abajo la PSU -o cualquier otra prueba de ingreso- y declarar que asistir a la universidad es un derecho. Es como demandar que la gente que no sabe nadar tenga el derecho a probar suerte en una piscina. Si alguien no entiende lo que lee ni maneja aritmética básica -si alguien no sabe aprender mediante clases expositivas y textos- su experiencia, en la mayoría de las carreras más demandadas, será un fracaso o una farsa. Lo que sí tiene sentido es preguntarnos por qué si tantas profesiones, artes y oficios no requieren una alta capacidad de abstracción, igual usamos medidores de ella como barrera de entrada. Y, también, por qué valoramos tan poco el razonamiento concreto, al punto que muchos jóvenes que rinden mal en la PSU sienten que "les cortaron las alas", pues no ven otras alternativas.

Da la impresión de que Chile necesita, además de poner atención y recursos en los estímulos cognitivos de los primeros años, dignificar el razonamiento concreto, revalorizando las profesiones técnicas, las artes y los oficios desde la etapa escolar hasta la profesional. Y, también, por cierto, reformular pedagógica y curricularmente aquellas carreras universitarias en las que la abstracción no juega un rol preponderante. Si el 80% de la población no sabe nadar, pero sabe correr, lo lógico no es meterlos a la piscina "a ver qué pasa", sino construir una gran pista de carreras.

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