Redes

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En lo que refiere al impacto de las redes sociales sobre la democracia, y en cuestión de ocho años, hemos pasado de la esperanza al pesimismo apocalíptico. Y si en 2012, Manuel Castells podía pensar que las redes sociales estaban abriendo espacios para las fuerzas democratizadoras que empujaban la primavera árabe y la justicia social, comenzando 2019, muchos concluyen que su efecto neto ha sido, más bien, potenciar los discursos de odio, la polarización, las noticias falsas y populismos varios.

Las cosas, por supuesto, no tienen por qué ser blancas o negras. No cabe sino reconocer que, en principio, como ocurre con casi cualquier tecnología, las redes sociales son simples medios que, como tales, se pueden usar tanto para el bien como para el mal. La culpa por toda la basura que circula en las redes estaría en la estupidez, la rabia y la ignorancia de muchos de sus usuarios. No en la aplicación misma.

Ahora bien, y dicho lo anterior, me parece importante explorar si existe, o no, algo en la propia estructura de las redes y en la forma en que se las usa y administra (instantaneidad, "seguidores", "likes", "bots", la obsesión por los "trending topics", la forma en que Google nos envuelve en un mundo donde solo interactúo con otros iguales, etc.), que, en los hechos, y a la hora de las cuestiones debatibles, concede una ventaja o plus a los mensajes simplistas y maniqueos. Para qué hablar de la posibilidad del ciberataque y la emisión de videos o audios trucados.

Uno podría pensar que el remedio está en educarnos, más y mejor, en el uso inteligente de estos recursos. Y partir con niñas y niños, desde muy temprano. Existe, además, la opción de salirse de algunas plataformas.

Hace apenas dos semanas, el segundo político más popular de Alemania, el ecologista/verde Robert Habeck, escritor de 39 años, anunció que dejaba definitivamente Twitter y Facebook. Lo hace cansado de la violencia verbal y de las mentiras descaradas. No pretendo que esa solución sea la mejor. Quiero destacar, sin embargo, que la principal razón que ofrece Habeck para su decisión tiene que ver, más que con el efecto negativo de las redes en la calidad del debate ciudadano, con lo que él reconoce como el efecto tóxico que el uso de Twitter ha tenido sobre su propio comportamiento (hipersensibilidad a la reacción histérica de 2.000 o 3.000 hiperventilados, incentivos para hablarle solo a su "barra brava", etc.). Habeck, un hombre estudioso y tolerante, se arrepiente de dos o tres episodios en que él mismo terminó vomitando veneno. Seguirá leyendo a quienes publiquen sus opiniones con nombre y apellido. Seguirá recorriendo asambleas para escuchar a los ciudadanos. Tendrá, ahora, más tiempo para leer buenos libros. Liberado del yugo de tener que responder "visitas" y comentarios que no tienen horario ni medida, encontrará la tranquilidad para pensar. Y aportar a la moderación y la sensatez.

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