Reducir privilegios



Por Carlos Correa, ingeniero civil industrial, MBA

La enorme participación del plebiscito hará que los firmantes del acuerdo de noviembre se sientan reivindicados en la audacia de ese día. Ante las imágenes de largas colas de votantes, quedan en silencio los agoreros de izquierda que veían cocina en una oferta mínima y lógica de un amplio espectro político a la ciudadanía. También quedan callados los Alt Right chilenos que acusaron cobardía por dar espacio a dicho acuerdo. La intuición de no sacar las tropas ese día y apostar al cambio profundo salvó no solo al Presidente, sino a la democracia entera. El resultado abrumador a favor del Apruebo hará lamentarse a muchos en el oficialismo, y varios en la oposición emborracharse con el triunfo, pero los votantes tradicionales de izquierda nunca van a sumar un 78%. Hay algo distinto en quienes fueron por cambiar la Constitución.

La primera tentación de muchos será alzar la bandera y sumarse a la plaza. Pero eso sería un grave error. Uno de los síntomas de enfermedad de nuestro sistema político era la tendencia a la baja en las votaciones. Una enorme cantidad de estudios trataban de explicar el fenómeno desde la demanda. Algunos culpaban una nueva generación con poco interés en lo público, y otros a un cierto ensimismamiento de las personas en sus asuntos. Un plebiscito constitucional que revierte la curva muestra que el problema estaba en la oferta y en especial en una democracia poco inclusiva.

Alguna vez actores políticos dijeron que tocar la Constitución era amenazar lo logrado, otros que hablar de Asamblea Constituyente era fumar opio. Contradiciendo a los defensores del orden, la participación en la jornada de ayer introduce un nuevo factor de estabilidad. Los graves problemas de la democracia chilena se resuelven de la forma más sencilla, dándole más poder a las personas para poder decidir. Tampoco los números implican un rechazo al gobierno actual, aunque sin duda éste tiene un problema que Piñera trató de evadir en su discurso. Esa tentación opositora de pensar que la serie de elecciones que vienen favorecerán necesariamente a la centroizquierda por estar siempre por el Apruebo es una ilusión.

La pregunta que viene ahora para los partidos es qué hacer. De la misma manera que fue acertada la decisión para apostar al acuerdo de noviembre, requerirán también la misma fineza para entender lo ocurrido y en especial a los nuevos votantes. Las soluciones pasan por algo mucho más sencillo, avizorado en los inicios de la crisis por la Primera Dama en un audio que ya es histórico: reducir privilegios.

Es llamativo el aislamiento político de las tres comunas con mayor poder adquisitivo, las únicas donde ganó el Rechazo. Queda la Constitución actual como un guardián de los poderosos de siempre, y no un consenso que permite el desarrollo de una nación. Pero no son solo privilegios económicos los que están amenazados, sino políticos.

Los nuevos participantes en las elecciones harán que las tradicionales planillas Excel de los expertos de los partidos, construidas sobre el clivaje de los 90 y el envejecimiento tradicional del padrón queden caducas. También tiene temprana fecha de vencimiento la fórmula de elegir la Convención Constituyente con una especie de clon de la actual Cámara de Diputados, agregando paridad. Esa cartita que se guardaron los partidos bajo la manga, colocando barreras de entradas a los independientes, resulta insostenible con estos resultados. El nuevo consenso del 78% de votantes es una sociedad más inclusiva en todos los sentidos posibles.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.