¿Se habla mucho en Chile?



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

En exceso, a juzgar por lo poco que rinde y logramos entendernos. Si lo que se pretende con hablar es decir algo, no está funcionando muy bien.

Lo del diputado Naranjo -el summum del hablar por hablar, acaparando la palabra durante quince horas- bate cualquier récord; que, después, los medios lo inflaran, fue majadero. Pero no lo único desconcertante. A Bárbara Figueroa la nombran en Buenos Aires, y nos recuerdan desde el otro lado de los Andes esa performance suya en las tribunas del Congreso en contra del ministro de Hacienda, en que a capela y sin desgañitarse, le dio con todo sin guitarra. A propósito, ¿cuántas veces las últimas semanas ha escuchado esto de “con o sin guitarra”? Vaya otro ejemplo: si vive usted en zona de edificios, habrá notado que este verano los balcones no paraban sino a las 6:00 AM. Lo que es, a vuelta de vacaciones, que no hay ministro que no se doble como vocero de gobierno. De acuerdo, después de décadas en que el activismo ha hecho subir los decibeles, no así la elocuencia, debe costar renunciar a tanta vocación locuaz.

Si se hablara en serio tampoco tendríamos la sensación de que estamos siendo objeto de aplanadoras. Es tal el adanismo gramatical inspirado en la idea muy de púlpito y sermón que en cualquier principio siempre ha de primar el Verbo, que agobian con resignificarlo todo de nuevo. En las universidades, la teorización y el coa academicista han llevado la verbosidad a niveles indigeribles. Mis alumnos pasan diciéndome lo que creen, que no me interesa para nada, por lo que debo instarlos a que me digan qué es lo que saben y piensan, que sí puedo evaluar.

En la discusión constitucional, se critica angustiosamente a la Convención, aunque ya todo esté dicho. Aprobada la nueva norma homicida sobre aborto sin límites en la nueva Constitución, ¿servirá volver a plantear reservas si han clausurado el debate? Consulte un periódico de hace dos años y verá que seguimos en lo mismo: hablando de violencia. No es ningún misterio que la radio, televisión y las RRSS tienen más influencia que el periodismo escrito con cada vez menos lectores y peores los niveles de comprensión. La palabra degenera, mete bulla, sirve a luchas, no aspira a persuadir o hacer entender. De igual manera que se exige aceptar el odio propio pero se condena el ajeno (pienso en la turba que saquea y propina una paliza al dueño del departamento en Alameda con San Francisco), al otro no es que se le escuche. Si Izkia Siches insistiera en llamar a “dialogar”, no sorprendería que en Temucuicui la volvieran a recibir a balazos.

En fin, ¿cuánto hablamos sin decir nada? Compare el Chile actual con Alemania o Japón en la Postguerra, en que no estaban para tanta frivolidad, o con Francia, siglo XVIII, con mujeres brillantes y salones de sofisticadísima conversación sin cháchara feminista.

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