Segunda ola y sus coletazos en salud mental




Un conocido refrán nos recuerda que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Pero hay errores que cuestan demasiado caro, por lo que no podemos darnos el lujo de repetirlos. Así, es una buena noticia que para esta ola de la pandemia se haya tomado nota de los aprendizajes de la primera, y mejorado la estrategia. Por ejemplo, facilitando la comprensión y flexibilizando las medidas, entendiendo que la comunicación clara y transparente es fundamental para el cumplimiento. Tal es el caso del permiso de libre uso por dos horas, aunque se podría mejorar el horario para hacer deporte.

Además, las resoluciones se han acompañado de apoyo económico (como el “Ingreso Familiar de Emergencia rebrote” y la extensión de la Ley de Protección al Empleo), y de perfeccionamientos en la trazabilidad, aspecto fundamental para contener el avance de la pandemia -no obstante, aún insuficientes según las recomendaciones-.

Las disposiciones actuales también parecen haber incorporado un nuevo factor que entró en juego en esta segunda ola, la “fatiga pandémica” o agotamiento que genera el vivir en constante estado de alerta e incertidumbre. Así, la autorización de vacaciones permite, a quienes pueden y aunque sea por unos días, dejar de lado las preocupaciones y la realidad. Sin embargo, ello solo será una pausa, para luego volver a la rutina y al desafío de, tal como van las cosas con las vacunas, otro año más de convivencia con el SARS-CoV-2. La literatura es abundante en cuanto a los efectos que tienen las situaciones de crisis como ésta en la salud mental y sus consecuencias futuras en adultos, jóvenes y niños. Estos últimos absorben la tensión, temor, ansiedad y otras emociones que los mayores transmiten, muchas veces de manera inconsciente. Asimismo, la evidencia muestra que hay ciertos grupos más afectados, como las mujeres jóvenes y con niños (especialmente preescolares), desempleados y hogares de menores recursos.

Por ello, y a riesgo de ser majadera, se debe insistir en la importancia de tomar conciencia y de incorporar este aspecto en las futuras políticas. Y no solo en las de salud, sino también en las de vivienda, considerando el impacto del hacinamiento y la relevancia de las áreas verdes; de seguridad, abordando aspectos como la violencia doméstica; laborales, donde los niveles de estrés y las consecuentes licencias médicas ya venían creciendo y; sin duda, en las educacionales. En este último ámbito es imprescindible monitorear a los niños y adolescentes para detectar y tratar posibles trastornos y evitar sus (muchas veces graves) implicancias. Actualmente existen cuestionarios simples y cortos que pueden ser completados por alumnos y profesores, y que permiten diagnosticar y derivar oportunamente. También se requieren estrategias y profesionales que ayuden a los alumnos (y a sus familias) a sobrellevar los problemas de salud mental. En esto los municipios tienen un rol fundamental, al ser las entidades públicas más cercanas a la población y las que administran la atención primaria de salud y (no todos) la educación escolar. Un esfuerzo conjunto entre estos sectores para reforzar la dotación y formación de sus equipos en salud mental y para utilizar todas las herramientas existentes es de suma urgencia. Al fin de cuentas, sin la fortaleza mental para salir adelante, cualquier otro empeño podría ser en vano.

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