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Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

No termina por seguir lo que no se sabe ni siquiera cómo va a continuar, generándose una sensación sumamente desconcertante. Logran, por fin, instalar la Convención Constituyente con las tiranteces, los choques y accidentes que eran de esperar, pero ¿ha cambiado el ambiente viciado que llevamos meses respirando, nota usted un ánimo más distendido entre sus miembros (¡van a compartir un embarazo de al menos nueve meses juntos!)? ¿Qué tanto el 4 de julio ha hecho apreciar a estos convencionales tan poco convencionales que el conflicto canalizado “dentro” de cauces es distinto al de la calle “afuera”? ¿Habrán comprendido que ello les permite diferenciar entre lo que conduce a un entendimiento y lo que nunca lo hará? Fue por eso que se ofreció esta instancia, y muchos se sumaron a la apuesta.

Hasta aquí, las primeras señales no dan motivo para optimismo. Se ha vuelto a insistir en la “performatividad” (lo que antiguamente llamábamos teatralidad). El espectáculo no cesa. No han dejado de figurar y atraer cámaras y micrófonos. Los constituyentes más protagónicos persisten en ser activistas y operadores; sus rutinas son las mismas de cuando han estado en primera línea. Todas sus puestas en escena apuntan a lo mismo, a empoderarse, volverse íconos totémicos (ideal ser víctimas, enganchan mejor con un público también allá “afuera” convenientemente online), improvisar tomas de posesión, y marcar territorio como en Plaza Italia, aunque esta vez se trate de una función deliberativa que ellos o no entienden o, con plena conciencia, desvirtúan a propósito, y les da “soberanamente” lo mismo. Que esto no es sino otra forma de lucha.

Y es exitosa, reporta efectos útiles. Por un lado, el atontamiento de quienes, debiendo saber mejor, no reaccionan, o “buenistas”, sienten que no hay de qué preocuparse, a los que se refería Juan Ignacio Brito (“Audaces versus sonámbulos”) en LT. También ese otro efecto, el aplauso de los que ven en esta reivindicación refundacional un puro relevo en el poder. El de históricamente excluidos hasta ahora, no haciendo otra cosa que lo que han hecho siempre las elites, acaparar poder, imponer sus términos, aunque estos otros pretenderían ser más legítimos, más que el Congreso y Ejecutivo, por tanto su actuar se justificaría sirviendo de purgación. Esta lógica a menudo cuica progresista, complemento fraterno inter clase, produce el mismo déjà vu a que hacíamos alusión recién.

¿Qué hace pensar, por tanto, que la Constitución va a ser el objetivo final de nuestra Constituyente y con eso se contentarán? Jean-Luc Mélenchon, el populista de izquierda francés, no pudo expresarlo más crudamente cuando postuló una asamblea constituyente para una VI República: “No se trata solamente de cambiar la regla del juego, sino de tomar el poder” (L’ Ère du peuple, 2014).

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