Sin prisa, pero sin pausa

Mujeres partidarias del aborto celebran la aprobación de la iniciativa en el Senado de Argentina. Foto: Reuters




Por Claudia Sarmiento, Académica de la Facultad de Derecho de la Universidad Alberto Hurtado.

La aprobación de la despenalización del aborto hasta las 14 semanas en Argentina ha traspasado sus fronteras y ha reabierto el debate en Chile. Para muchos, la contumaz insistencia de las argentinas de pañuelo verde representa un ataque al derecho a la vida del que está por nacer. Otros están perplejos frente a una de las demandas más sentidas del feminismo, el que parecieran no entender o califican como peligroso.

¿Por qué la insistencia de las mujeres? No pretendo ni puedo representar a todas las mujeres, pero a mi juicio la respuesta no está en el valor que las mujeres le asignamos a la vida, pues para muchas es difícil tenerlo más claro. La cobijamos en nuestros cuerpos, la soportamos con cuidados y trabajos. Lo hacemos con sueldos desiguales, pagando planes de salud más caros y en muchos casos sin apoyo de las parejas. Muchas de nosotras la defendieron arriesgando la propia en dictadura. Finalmente, las mujeres defendemos la vida a pesar de la violencia machista.

Quienes desde el feminismo bogamos por la despenalización del aborto lo hacemos respetando el derecho a la vida, conscientes de qué significa traer un niño o niña al mundo y que la maternidad cambiará el destino de la mujer que la viva. Ese es el núcleo de la demanda. ¿Tienen las mujeres derecho a definir cómo vivir su propio destino? ¿Pueden decidir que no desean ser madres o cuándo hacerlo? Si tienen esta agencia moral, ¿reconoce límites? ¿Es legítimo que otros tomen esa decisión y por qué? ¿Cuál es el límite de intervención en la vida de las mujeres del Estado y de la comunidad?

La posibilidad de decidir libre y soberanamente dónde está la buena vida es el anhelo de las mujeres en Argentina, en Chile y de las feministas en el mundo: la reivindicación de la autonomía moral para tomar una decisión dolorosa y dramática como lo es terminar un embarazo, no convertirse en madre y tener claridad que, en la elección por la propia vida, se elimina la de otro. Esta será una decisión que se tomará pensando en la propia libertad, los propios sueños, o porque se carecen de los medios o las capacidades para cuidar de otro. O todas las anteriores.

Muchos podrían pensar que esto no es sino un acto de profundo egoísmo y que la única respuesta correcta frente a un embarazo no deseado es la maternidad a todo costo; la vida del no nacido sin ningún contrapeso. En las antípodas, habrá quienes reivindiquen la posibilidad de interrumpir un embarazo sin límites temporales o causales, sin asignar valor alguno a la vida del que está por nacer. Existen, por supuesto, puntos intermedios y contrariamente a lo que pueda pensarse, Argentina avanzó hacia éste: frente a un embarazo no deseado una mujer tendrá 14 semanas para decidir si lo mantendrá o interrumpirá; más allá de ese límite, la preservación de la vida del que está por nacer limitará su posibilidad de elegir. El proyecto de ley actualmente en discusión en Chile apunta a esa misma ponderación.

Una legislación por plazos no es la solución de los extremos, antes bien es una donde existe un punto de equilibrio donde podemos encontrarnos quienes creemos al mismo tiempo en el respeto a las mujeres y en la protección de la vida del que está por nacer.

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