Síndrome bipolar

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Cada día con más fuerza, la contienda presidencial parece acoplarse a las dicotomías instaladas a partir del estallido social. Gabriel Boric, la candidatura que agrupa al Frente Amplio y al PC -los sectores incondicionales a la revuelta- y José Antonio Kast, que ha aumentado su respaldo en las encuestas articulando a los que miran el presente con temor, y tienen entre sus prioridades el restablecimiento del orden público y el imperio de la ley. Casi como una metáfora de las tensiones que recorren al país desde hace al menos dos años, los candidatos que hoy exhiben más opciones de pasar a segunda vuelta son entonces los que encarnan a una sociedad que ha terminado por dinamitar prácticamente todos sus puentes.

Las otras dos candidaturas que mantienen opciones de llegar al balotaje -Sebastián Sichel y Yasna Provoste- han caído en una lógica de descalificaciones y obsesión recíproca, propia de quienes provienen de una misma “familia”, pero no consiguen conjugar una nueva y auténtica identidad. Así, trapos sucios y supuestas debilidades éticas son parte de una trama ya un poco patética, que devela indefiniciones de fondo que solo refuerzan a los competidores principales. Más allá de errores y desinteligencias, Sichel no ha logrado sacudirse del peso de un gobierno y un presidente muy impopulares. Mientras Provoste simplemente no ha sido capaz de mostrarse como una real alternativa frente al candidato de Apruebo Dignidad; al contrario, a veces pareciera que su principal anhelo es terminar haciendo un gobierno en conjunto.

En resumen, ya no es improbable que el país termine expuesto a una encrucijada histórica, entre una izquierda refundacional y una derecha restauradora. Con las urnas como la sentencia definitiva respecto al Chile de los últimos treinta años, y con la comprensión o el rechazo a la violencia como los estados de ánimo prevalecientes a ambos lados de la línea divisoria. La disputa entre Boric y Kast es a estas alturas la confirmación de una sociedad ya sin matices, donde el imaginario de un proyecto común de país -incluso de nación- ha dejado de existir; y en el que de un lado se busca saldar cuentas con un traumático pasado, y del otro se teme a las evidencias de estar hipotecando el futuro. Un juego del todo o nada que impide a las otras alternativas tener un espacio competitivo de legitimidad.

En el trasfondo, Chile mantiene grados de incertidumbre y debilidad institucional inéditos. Con un proceso constituyente en marcha, con el orden público y el Estado de Derecho seriamente dañados. En una fiesta de sobreconsumo artificial y condenada a terminarse, dejando tras de sí un país sin ahorros, con menos margen de endeudamiento, con mayor inflación y alza en las tasas de interés; es decir, donde las expectativas abiertas por la crisis social y el cambio político están condenadas a estrellarse contra el muro de la realidad; y donde la respuesta lógica de unos y otros será culpar a los adversarios de todos los males.

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