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Facsímil de la Prueba de Selección Universitaria (PSU).


Casi 300 mil estudiantes deberían rendir la Prueba de Selección Universitaria (PSU). Muchos de ellos, por no decir la gran mayoría, son personas que provienen de familias de clase media y de hogares vulnerables, cuyos padres y madres han hecho un gran esfuerzo por que sus hijos puedan tener una mejor educación que la de ellos y, por esa vía, acceder a oportunidades de desarrollo que generaciones anteriores jamás hubieran soñado.

La PSU es un instrumento al que le podríamos hacer varios reproches. Pese a los muchos cambios que se han introducido en la última década, este procedimiento de selección sigue en parte reproduciendo las desigualdades de la educación secundaria. Al mirar los resultados de años anteriores, es evidente la prevalencia de mayor éxito que todavía tienen los colegios particulares pagados. Sin embargo, también son significativos los avances que se han registrado, al punto que muchos de los jóvenes que harán ingreso a la universidad o a otro establecimiento de educación superior, seguirán siendo los primeros de sus familias en haber podido dar ese salto.

Todavía falta, y mucho, por cierto. A diferencia de lo que privilegiamos en el pasado, debemos volver el foco y la prioridad en la educación preescolar y básica, que es el período donde de verdad se juega el futuro de esas nuevas generaciones. Cualquier sistema de selección, por más justo y equitativo que nos parezca, terminará siempre segregando a aquellos que no tuvieron desde temprano las mismas oportunidades y posibilidades. Y esta innegable realidad debería dolernos y frustrarnos.

Pero esa frustración debe transformarse en un urgente compromiso y no en una acción que haga todavía más difícil la situación de aquellos miles de jóvenes que quieren rendir la PSU a partir de mañana lunes. Las declaraciones y llamados de algunas organizaciones estudiantiles en orden a intentar sabotear este proceso, además de constituir una profunda irresponsabilidad, son un ataque a las expectativas de la gran mayoría de sus propios compañeros. Incluso más, me atrevería a decir, que lo más perjudicados con este llamado serán aquellos estudiantes que provienen de las comunas más vulnerables y menos pudientes, agregando una incertidumbre más para todos aquellos que ya llevan demasiado peso en sus mochilas, acrecentando la misma desigualdad que declaran combatir, y borrando de un plumazo las pocas esperanzas que a muchos de estos jóvenes les pudieran ir quedando.

¿Qué convicción puede haber en una causa cuando, para supuestamente defenderla y visibilizarla, terminamos por deliberadamente dañar a quienes decimos representar? Porque si ya es ilegítimo utilizar la fuerza para impedir la decisión de otros, lo es más todavía contra los propios.

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