Pablo Ortúzar

Pablo Ortúzar

Antropólogo social

Opinión

Texto escolar, lastre curricular


Como cada febrero, el tema de los textos escolares vuelve a hacerse presente. Normalmente los reclamos de los padres, los reportajes en la prensa y las maniobras del Sernac duran hasta marzo, y luego el asunto se sumerge por otro largo año. Sin embargo, esta vez las cosas podrían ser diferentes, dependiendo de las conclusiones y el impacto de la investigación llevada adelante por la Fiscalía Nacional Económica, cuyos resultados serán presentados el próximo mes.
En todo caso, pase lo que pase, hay que tener claro que el problema del precio de los textos escolares -que en Chile bate marcas mundiales-, así como el de la concentración existente en el mercado de sus proveedores, son sólo una cara urgente de un problema mayor y más importante, que es el de la calidad de nuestro material educativo y de nuestra educación.
Los estudios disponibles que comparan la calidad de nuestros textos escolares con los de otros países líderes en educación, llegan a conclusiones lapidarias. Es decir, que no sólo los libros de estudio en Chile son caros, sino que además son malos. Y esto amplía el problema no sólo a los padres que deben comprar los textos, sino a todo el sistema escolar, ya que los textos usados en el sistema estatal y en el privado, a diferencia de lo que mucha gente cree, son los mismos.
La defensa de las editoriales respecto a la calidad de los textos es que ellos hacen lo mejor que pueden dadas las exigencias curriculares vigentes. Y, en esto, parecen tener razón. Cualquiera que revise los contenidos curriculares “mínimos” se dará cuenta de que para tratarlos con alguna profundidad y sistematicidad en los libros de texto, estos tendrían que adquirir dimensiones enciclopédicas.
Si un apoderado diligente se diera una vuelta por la página web del Consejo Nacional de Educación (cned.cl), una de cuyas funciones es “aprobar o informar los instrumentos curriculares y de evaluación, que son presentados por el Ministerio de Educación o por la Agencia de Calidad de la Educación”, se daría cuenta, luego de poco vagar entre resoluciones, siglas y definiciones, de la maquinaria kafkiana que se encuentra detrás de este resultado.
Es evidente, por otro lado, que nuestra sociedad deposita demasiadas expectativas en la educación formal. Le exigimos no sólo transmitir ciertas habilidades y contenidos básicos, sino ser una verdadera fábrica de ciudadanos de un nuevo Chile, portadores de todas las virtudes y conocimientos que anhelamos. El resultado de toda esta exuberancia, lamentablemente, es que la mayoría de quienes pasan por sus aulas sale sin entender lo que lee ni saber usar aritmética básica.
Así, si tiramos el hilo de los textos escolares, no sólo llegamos a concentraciones de mercado, sino a un serio problema relativo a los anhelos excesivos que recaen sobre el sistema educacional y cómo ellos se traducen en contenidos obligatorios infinitos y dudosamente útiles que, a su vez, se reflejan en textos de estudio mediocres, en una prueba de admisión universitaria altamente absurda, y en un sistema educacional orientado casi exclusivamente a rendir en ella, sin siquiera lograrlo en la mayoría de los casos.

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