Tiempo de decisiones

Democracia Cristiana DC



Por Jorge Burgos, abogado

Ingresé a las filas de la Democracia Cristiana cuando era estudiante universitario el año 1977. En mi adhesión influyó decisivamente el magisterio político e intelectual de Eduardo Frei Montalva, Bernardo Leighton, Jaime Castillo V. y otros dirigentes del partido. El proyecto socialcristiano era para mucha gente de mi generación la posibilidad de avanzar hacia una sociedad más justa por una vía democrática, que excluía incondicionalmente la violencia y tomaba partido contra los totalitarismos. La DC nació como alternativa reformista, en pugna con los grupos conservadores que defendían un orden caduco y, al mismo tiempo, con los que creían que las libertades podían ser sacrificadas para conseguir la igualdad. Vibré con la lucha por recuperar la democracia y con la gigantesca obra de los gobiernos de centroizquierda que permitieron que Chile diera un inmenso salto de progreso.

Hoy, es indisimulable mi inquietud por el clima de crispación y violencia en nuestro país, en medio de las enormes dificultades económicas y sociales provocadas por la pandemia. Estoy convencido de que para superarlas es necesaria la colaboración de muy amplias fuerzas, más allá de los alineamientos de gobierno y oposición, pero hay grupos que parecen necesitar que los problemas se agudicen. Son los que nos anuncian, y a diario, nuevos estallidos de violencia.

En este contexto, a veces no se sabe qué quieren representar los dirigentes de la DC. Hay momentos en que no es fácil reconocer al partido que asumió la conducción de la oposición en los tiempos de la dictadura, encabezó la transición democrática y puso todas sus capacidades al servicio de la lucha contra la pobreza, en favor del crecimiento y la solidaridad. Presionada por el populismo, la DC ha perdido identidad, autonomía, y lo que sería más grave, credibilidad, y esto parece no lo perciben muchos de sus actuales dirigentes, preocupados al parecer de eventuales apoyos para hipotéticas candidaturas.

Muchas personas valiosas que ayudaron a construir el partido se han alejado en estos años. Muchas otras dudan si vale la pena seguir en sus filas. Y el éxodo, en lugar de ser lamentado, parece acomodar a ciertas figuras. Por ejemplo, la senadora Provoste dijo hace poco: “Esperaría que los hombres y mujeres que siguen añorando el pasado dejen la conducción de esta transición. Tuvieron su tiempo, deben dejar paso para que la DC se fortalezca en una alianza para las transformaciones” (El Mercurio, 26/07). ¿De qué alianza se trata? Con el Frente Amplio y el PC, naturalmente. ¿Y para llevar a Chile hacia dónde? No cuesta imaginarlo. La senadora pide no añorar el pasado, lo cual supone empujar a la DC hacia la desmemoria respecto del camino recorrido, y todo ello para no despertar malestar en los aliados que imagina. Es el camino al despeñadero. La DC da la impresión de no respetarse a sí misma. Ha ido perdiendo su propia voz, bajo el peso de los complejos y el temor a las descalificaciones. Es muy triste.

Chile vive un momento en que es crucial la defensa de la gobernabilidad y la estabilidad institucional, pero algunos dirigentes opositores parecen desear una crisis política, de la cual creen se hará la luz y la justicia. Cuánto voluntarismo. ¿Puede ayudar todavía la DC a la sensatez y la racionalidad? Yo espero que sí, pero hay que demostrarlo.

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