Trampa en solitario

FOTO: DEDVI MISSENE

Si la institucionalidad no es capaz de actuar como canal y válvula de escape de la presión de las demandas ciudadanas, difícil será que las personas depositen en ella confianza alguna.



En un año que será recordado como el más agitado en términos electorales, se nos abre la oportunidad de reforzar el avance que ha tenido Chile desde el retorno a la democracia, y responder certeramente a aquella frustración y malestar que muchos grupos han sufrido y evidenciado. Lograr esto necesita de un acople de expectativas entre la realidad actual y lo que muchos chilenos esperan a futuro con todos los cambios que se avecinan, cuidando que aquella esperanza no encandile las urgencias que desataron los sucesos de octubre de 2019 y la llegada de la pandemia -cuya fuerza no desaparece-, las cuales requieren de soluciones inaplazables.

Este nuevo ciclo, marcado por la construcción de una nueva Constitución y el recambio de autoridades, nos permitirá discutir una hoja de ruta ambiciosa y audaz, que identifique las estaciones necesarias para lograr gradualmente llegar a un destino común. Precisamente ahí está el gran desafío. Y es que, si bien a comienzos de la década del 90 la meta social indiscutible era combatir la pobreza, en la actualidad el rumbo pareciera ser más incierto, producto de la ausencia de ideas mancomunadas para lograr objetivos de corto y largo plazo.

Lograr esto requerirá del arte de reconocer en el otro no sólo lo opuesto sino también la posibilidad de dialogar. Recordemos que el éxito vivido en la transición se debió en gran medida a la primacía de la ética de la responsabilidad por sobre la de la convicción. Esto implica abandonar las pretensiones puristas y polarizadas, ya que provocan la deslegitimación de la política y una mayor dificultad para realizar cambios sostenibles. En el contexto de estancamiento en el que nos encontramos se debiese apuntar a concretar las promesas, y para ello, hay que evitar generar falsas expectativas y alcanzar los pactos pertinentes para materializar las propuestas.

Las reformas a tiempo son las únicas que impiden la convulsión social, mas hoy estamos en presencia de un sistema político congelado dados los intereses implicados de lado y lado. Si la institucionalidad no es capaz de actuar como canal y válvula de escape de la presión de las demandas ciudadanas, difícil será que las personas depositen en ella confianza alguna. Acabar con el inmovilismo requerirá poner la mirada sobre el bien común y romper con ese statu quo de grupos que bloquean las políticas y la posibilidad que tenemos de desarrollarnos.

El punto de inflexión que vivimos con la creación de una nueva Constitución y el recambio de autoridades que se avecina, disponibiliza las condiciones adecuadas para sentar las bases de un crecimiento y desarrollo integral y sustentable. Sin embargo, es crucial que no se olvide en el camino que la búsqueda de consensos y la resolución de ellos debe ser un trabajo continuo de nuestros líderes. Como lo dijo The Economist en un artículo publicado hace algunos días, el éxito de estos cambios está en que permitan efectivamente regresar la confianza en la política democrática, de lo contrario, habremos fracasado. No tener esto claro, no es más que hacernos trampa en solitario.

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