Tres tristes crisis



Una sociedad indiferente, otra dividida y una tercera unida en su encono. Desde lejos, las crisis políticas en Perú, Ecuador y Chile, respectivamente, se asemejan en tanto aprietan a sus respectivos establishments políticos, delatándolos faltos de reflejos democráticos y carentes de instrumentos para asegurar una mínima gobernabilidad. La radiografía social, sin embargo, permite diagnósticos diferenciados. Los tres países padecen una misma enfermedad -el malestar ante un modelo económico, cuya promesa perdió credibilidad-, aunque sus organismos reaccionan diversamente. La sociedad peruana la padece inerte, la ecuatoriana despierta luego de un letargo, y la chilena, simplemente, ya no pudo más. En orden cronológico, auscultemos estas tres tristes crisis.

La sociedad peruana es indiferente a la política. Le ha perdido la fe. El motor de su economía es una clase media precaria, informalizada y de espaldas al Estado. Es una sociedad que no avisa; hay que tomarle la temperatura vía encuestas. Sin capacidad de agregación de demandas, dicha sociedad se siente reivindicada con medidas anti-institucionalistas. Así se han sucedido dos disoluciones del Congreso en menos de 30 años (1992 y 2019). Esta última satisface superficialmente necesidades morales, pues la lucha anticorrupción peruana tiene tanto de espejismo como el modelo económico chileno. Tienen buen lejos, nada más.

La crisis en Ecuador evidenció cuán dividido está ese país. Entre indígenas y el resto, entre Quito y Guayaquil, entre correístas y anticorreístas. A diferencia de sus vecinos, la protesta social ecuatoriana tiene un actor reconocible: el movimiento indígena. Desde su emergencia política, allá por los años 1990, la Conaie se ha constituido en un importante actor de veto para la gobernabilidad. Debilitado durante el correísmo, reaparece con la misma capacidad de movilización de antaño, pero con un discurso ideologizado más radicalizado. Los picos de violencia que alcanzó la protesta en Quito, inéditos, expresan la marginalización económica y social insostenibles. Las manifestaciones en contra de este alzamiento -que azuzaron más la furia- traslucían la discriminación estructural de la sociedad ecuatoriana, reproducida en su elite política. No puede haber clase dirigente nacional, si "los indios no te entienden".

La clase política chilena ha preferido seguir desconectada del país y vivir capturada por su orgullo falaz con el "modelo económico". De derecha a izquierda, porque esta espontaneidad movilizada no le pertenece a nadie, a ninguna fuerza política. Precisamente, esta espontaneidad explica la fortaleza del desafuero, y su violencia dice de su incapacidad de interlocución. Aunque aún en marcha, el efecto debería ser positivo pues ha avergonzado a toda la élite política, que desconcertada ensaya (tibia) respuesta: más Estado para este mercado. Si sus élites están dispuestas a un cambio estructural, Chile podría ser un país mejor después de esta crisis, lo que no puede decirse de Perú ni Ecuador. Quizás, eso sirva de consuelo mientras pase el terremoto.

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