Tribunos y plebe



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Encontrándonos en medio de la discusión sobre qué va a ser de nosotros, y cómo vamos a solucionar todos nuestros problemas (también los a causa de la peste), no está de más traer a cuento situaciones pasadas, la elección de 1920 por ejemplo, en que se introdujeron cambios, mayúsculos algunos, claro que agravando la situación. En efecto, tan nefastas habrían sido sus consecuencias que obliga a preguntarse qué desmadres pudieron llevar a que surgiera y se enseñoreara el populismo demagógico fuera de jaula, fenómeno nada nuevo (cumple cien años).

Se sostenía en 1920, al igual que ahora, que el sistema no daba para más, era corrupto, dominaba la “canalla dorada”, de ahí que se aleonara a la “chusma querida” aun cuando no votara, si bien invocar su fantasma amenazante trajo rédito: fue así como Alessandri forzó su entrada a La Moneda. Se pretendía también representar a sectores medios, los que habrían pasado supuestamente a gobernar el país. Nada de lo cual sucedió. El “León” era hace rato parte de la “canalla dorada”, su paso por la historia no trajo consigo la incorporación de clases populares, e incluso los sectores medios continuaron siendo débiles (a fines de los años 40, todavía no ascendían a mucho más de un 20% del país). De ahí que el elitismo no desapareciera y quejas revolucionarias volvieran a hacer estallar a Chile en los años 60. Así y todo, Alessandri azuzó a militares y los hizo entrar en la política (revirtiendo uno de los mayores logros del siglo XIX); desechó un reformismo exitoso de vieja data, e impuso una nueva Constitución a costa de dos dictaduras: la de Ibáñez, luego la de su segundo gobierno, esta vez en alianza con la “canalla dorada”.

¿Qué hace pensar, por tanto, que esta vez, a diferencia de los años 20 y 30, urgencias sociales van a primar por sobre lo político sin pasar por imposiciones dictatoriales? Si no pudo Alessandri, que talentos de salón y negociación tenía (no siempre predominaría en él su lado demagógico y complotista), ¿qué hace creer que nuestros políticos actuales (da lo mismo si en el Congreso, el Ejecutivo, o en la militancia callejera), bastantes más mediocres que el León, van a poder sortear la tentación fáustica? Hemos ensayado proyectos excluyentes (la DC, la UP y la dictadura) del 64 al 90; un consensualismo cupular más transaccional que transicional (los años 90 y comienzos de este siglo); y el desmadre callejero que culmina con el 18-O después de una década, e igual el país sigue dividido mitad y mitad sin remedio.

Se le pueden achacar muchas taras al parlamentarismo histórico chileno, pero no el haber sido demagógico. Porque se opuso a la demagogia y al caudillismo es que lo colapsaron y a la mala. Al menos tengámoslo claro cuando de nuevo se oye hablar de “parlamentarismo”, en realidad, asambleísmo tribunicio.

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