Un balance favorable para la Convención, pero con luces de alerta

Es significativo que la Convención esté próxima a concluir la dictación de sus reglamentos, y se haya asentado la regla de los dos tercios. Pero los plebiscitos dirimentes y la figura del “negacionismo” juegan en contra de su prestigio.



A punto de cumplir tres meses de su instalación, la Convención Constitucional ha culminado uno de sus hitos más significativos, como es haber logrado la aprobación de su reglamento general, el cual resulta fundamental para efectos de regular el trabajo que se avecina relativo a la discusión propiamente constitucional. Esta semana también fue aprobado el reglamento de ética, en tanto sigue en votación el reglamento de los pueblos indígenas, no exento de polémicas.

Es un hecho significativo que en un tiempo acotado se haya logrado contar con un reglamento general; la experiencia de otros procesos constituyentes muestra ejemplos en que lograr ese acuerdo ha sido tortuoso y ha consumido buena parte del mandato del órgano respectivo. A pesar de las reticencias iniciales, propias de un proceso inédito, la Convención ha logrado dar muestras de que en su interior se ha conformado un bloque lo suficientemente importante capaz de buscar acuerdos y con la voluntad de no dejarse capturar por los intentos de sectores del Partido Comunista, Pueblos Originarios y ex Lista del Pueblo, que por la vía de indicaciones han buscado polarizar el ambiente en la Convención y desconocer las reglas fundamentales del proceso, contenidas en la Constitución.

Desde esa perspectiva, uno de los hechos más relevantes es que en el reglamento finalmente quedó consagrada la regla de los dos tercios, de tal forma que cualquier precepto que contenga la nueva Constitución deberá alcanzar este quórum. Se aprobó también un artículo que viene a ser una suerte de “candado” para dicha regla, pues cualquier cambio a dicho quórum deberá contar también con la voluntad de los dos tercios.

Con ello se logró despejar una de las principales incógnitas que habían rodeado al proceso. El PC y sus aliados se habían jugado por un quórum menor, pero no tuvieron éxito. No ha dejado de llamar la atención, sin embargo, que el número de constituyentes que aprobó la regla de los dos tercios fue inferior a dicho quórum; semanas antes ya se había detectado que no estarían los dos tercios para aprobar esta norma -siendo evidente que los sectores más extremos han logrado constituir en los hechos un tercio con capacidad de bloqueo-, lo que motivó a recurrir a una táctica especialmente riesgosa, como fue desconocer el texto expreso de la Constitución y acordar que todas las normas del reglamento -incluidas aquellas referidas a votación- se aprobarían por mayoría simple. Si bien el objetivo se logró, deja de manifiesto que no todos los sectores comprenden la importancia de apegarse a las reglas fundamentales del proceso, que además fueron refrendadas por una amplia mayoría de la población. En ese marco, cabe valorar especialmente las palabras de la presidenta de la Convención, quien esta semana señaló -tras aprobar la regla de los dos tercios- que “mi voto es un llamado a construir grandes acuerdos, plurales y diversos”.

Visto desde una perspectiva general, el balance al cabo de estos tres meses es favorable, pero la Convención debe ser también consciente de que la confianza en su quehacer ha venido decayendo a nivel de percepción ciudadana, y que por lo mismo debe evitar pasos en falso que pongan en entredicho su cometido. En tal sentido, resulta desconcertante que luego de haber desplegado toda una operación para sostener la regla de los dos tercios, a la par se busque aprobar la figura de los plebiscitos dirimentes como forma de zanjar aquellos casos en que los convencionales no logren acuerdo. Esta norma aún está pendiente de aprobación -su detalle está contenido en el reglamento de participación popular, que aún no se vota-, pero ya fue incluida en el reglamento general, con artículos que remiten a esta figura. Desde luego, esta fórmula contraviene las reglas expresas del proceso constituyente, al no existir ninguna disposición que remita a esta especie de “válvula de escape”. El sentido de la regla de los dos tercios -a partir de una “hoja en blanco”- es justamente forzar una negociación en su interior hasta lograr un acuerdo, única forma de asegurar un texto que represente a una amplia mayoría.

Si bien para que estos plebiscitos se puedan llevar a la práctica necesariamente requerirían una reforma constitucional aprobada por el Congreso -no es seguro que estén los dos tercios para un cambio así-, el solo hecho de que la Convención introduzca esta figura es un contrasentido respecto de su propio mandato, supone asimismo un cambio unilateral en las reglas del juego e introduce un ruido innecesario en su reputación, por lo que debería ser revertida cuanto antes.

También juega en contra del prestigio de la Convención que se haya insistido en aprobar la figura del “negacionismo” en su reglamento de ética, buscando sancionar a todo aquel convencional que haga apología o justifique las violaciones a los derechos humanos cometidas bajo el régimen militar, así como aquellas ocurridas durante el llamado estallido social. Sin estar en discusión que las violaciones a las garantías fundamentales siempre han de ser un hecho repudiable, es grave que un órgano llamado a la deliberación pública y a fomentar la participación del mayor número de voces posibles -lo que no implica que se puede disentir radicalmente de ellas-, valide que es razonable coartar la libertad de expresión. Es razonable el temor que esto ha levantado, porque existe el riesgo de que la censura previa luego se valide a nivel de norma constitucional, lo que sería una grave amenaza para la democracia.

Es tiempo que la mayoría de la Convención tome nota de estos hechos y se empeñe en cuidar el proceso. Pese a la caída de la confianza, el órgano constituyente sigue estando dentro de las instancias del Estado con mayor apoyo, por ello no se debe desaprovechar esta oportunidad. Las aventuras oportunistas deben ser dejadas de lado de una vez y comenzar cuanto antes el debate de fondo sobre la Constitución.

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