Un gesto de sepultura



Por Rafael Gaune y Claudio Rolle, Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile

El año 2000 en Heidelberg, en un homenaje a Hans-Georg Gadamer, el filósofo francés Paul Ricoeur dictó una conferencia sobre la distancia temporal, la muerte y el oficio de la historia. En una sola frase sintetizó gran parte de la metodología y las metáforas de la historia: los muertos de hoy fueron los vivos de ayer. Esta bella frase nos golpea en momentos en que Chile casi alcanza las 9.000 muertes por Covid-19 y la atención nacional aparece capturada por las preocupaciones y los temores por el futuro próximo: discusión sobre el desconfinamiento, los usos del 10% de las AFP, la latente tensión social y la crisis económica.

Sin embargo, la frase de Ricoeur nos interpela en modo radical e invita a reflexionar sobre el ejercicio de retrospección que desde la historia se debe realizar en torno a los muertos de hoy. La historia se debe hacer cargo del morir de tantos, de la distancia temporal y del asumir esta abrumadora presencia de la muerte entre los vivos. Esto, que hace parte de la metodología de la historia, adquiere hoy una mayor urgencia y sentido al no conocer los rostros y las historias de hombres y mujeres fallecidos durante esta pandemia. El historiador y la historiadora, como el mismo Ricoeur nos recuerda en esa conferencia, realizan ese gesto de sepultura por medio de un ejercicio escritural. El ejercicio del oficio permite poner una mortaja para aquellos que dejaron este mundo en la soledad, la angustia y el dolor. Esta mortaja es un reto a la muerte y a una de sus más duras expresiones: el olvido. Así se ofrece una tumba simbólica que nos permita convivir con los muertos y poner nuestra mirada hacia el futuro.

En un país en que nos ha costado hacernos cargo de nuestros muertos, la pandemia nos impele a llevar a la tumba a miles de compatriotas que hoy solo aparecen como un registro en las disputadas estadísticas en la opinión pública, en cierta forma normalizada. No solo esa tarea tenemos como sociedad. Quienes cultivamos la historia tenemos el desafío de proponernos saber quiénes eran esos muertos y relatar sus historias. Este modo de enfrentar a la muerte es más que nunca un imperativo moral. Sabemos ya, que una vez más los más desprotegidos y las más desprotegidas en materia de salud, educación y previsión social serán los protagonistas de estas historias de anonimato, soledad y dolor.

Por ello, creemos que es el momento de integrar a hombres y mujeres a un relato que contenga sus historias y proporcionar rostros concretos de las vidas de aquellos y aquellas que tuvieron que seguir trabajando, ancianas y ancianos en residencias o confinados en soledad en sus hogares, el personal médico y los olvidados y las olvidadas de siempre, a aquellos que murieron y a quienes superaron la enfermedad, a quienes han sido testigos de este tiempo. Es la única forma en donde el gesto de sepultura, esa «operación historiográfica» como expresara Michel de Certeau, adquiere un sentido mayor, igualitario y atento a las individualidades y comunidades.

Quizás es el momento que el Ministerio de Ciencia y la Mesa Social del Covid -9 integre entre sus preguntas y propuestas las vías y posibilidades para construir el relato y la investigación –no solo desde las ciencias sino también desde las artes, humanidades y ciencias sociales– en torno a los hombres y las mujeres que han muerto y han sufrido en este tiempo pues necesitamos ponerlos en tumbas y amortajarlos a través de ritos colectivos y los caminos de la investigación. Es una expresión de amor a la vida que, lo sabemos, incluye la muerte.

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