Un sueño llamado Bielorrusia

Manifestación en recuerdo de un activista muerto a manos de las fuerzas de seguridad en Minsk, Bielorrusia, el 20 de noviembre de 2020. Reuters



En un bosque a las afueras de Minsk Nikolai y sus amigos se ocupan de reparar las sencillas cruces de madera de Kurapaty, un memorial a las víctimas bielorrusas de la barbarie estalinista. Las cruces suelen ser vandalizadas por agentes del régimen de Lukashenko, el dictador pro ruso hostil a cualquier manifestación identitaria Bielorrusa en especial si ésta desempolva los crímenes de la ocupación Soviética.

La llamada última dictadura de Europa depende del apoyo económico de Rusia para sobrevivir. Y Rusia necesita a Lukashenko para evitar que se instaure un régimen democrático al ¨estilo occidental¨ que se aleje de Rusia y se acerque a la Unión Europea (UE) o, peor aún, a la OTAN. En otras palabras, Rusia no puede permitirse que Minsk siga los pasos de los países bálticos. Para eso Putin ha subsidiado por años económica y militarmente al régimen Bielorruso y, junto a Lukashenko, aplicado la vieja campaña del terror comunista: la democracia occidental traerá consigo la decadencia capitalista o, lo que es lo mismo, homosexuales, drogas y extranjeros.

Por años esa táctica funcionó y Lukashenko pareció tener un real apoyo popular de campesinos y jubilados. En efecto, hasta hace poco, grupúsculos de oposición como el de Nikolai parecían circunscritos a ancianos nacionalistas o a la elite intelectual liberal de Minsk. Pero las cosas parecen haber cambiado en las últimas elecciones. El dinero ruso no evitó la crisis económica ni la explosión popular de hartazgo contra la corrupción y el fraude electoral. Ya no se trataba solo del descontento de universitarios, artistas o jóvenes de la exitosa industria IT Bielorrusa. Esta vez han también salido a la calle campesinos, obreros y jubilados.

Pero ni Rusia ni Lukashenko desean repetir la escena de Yanukovich, el líder pro ruso ucraniano que en 2013 terminó escapando en helicóptero a Rusia forzado por la sangrienta revolución del Maidán. Esta vez la táctica del régimen es más sutil que la empleada en ucrania pero igual de terrorífica: amenazas de despidos (en un país donde una gran parte de la población depende del Estado), perdida de tuición sobre los hijos, prisión, palizas, tortura, etc. El resto del mundo observa. La UE se limita a imponer sanciones poco efectivas. Mientras no haya un baño de sangre como en ucrania, parece ser que para la UE Bielorrusia no es prioridad. El cálculo de la UE es simple: ya hay demasiados otros problemas que tratar con Rusia y, en cualquier caso, Rusia jamás permitirá perder el control sobre Minsk.

Probablemente la verdadera independencia de Bielorrusia dependerá de la democratización de Rusia y de la renuncia de Occidente a incorporar a Bielorrusia a la UE y la OTAN. Mientras eso no suceda la tierra natal de Domeyko y Chagall seguirá dependiendo del ánimo de sus vecinos. Un día polaca, otra día rusa. Nunca libre. Nikolai seguirá cuidando lo que quede de Kurapaty y los jóvenes de Minsk seguirán emigrando. Bielorrusia parece no importar.

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