Cristián Leyton

Cristián Leyton

Docente del Depto. Político y Gobierno, Universidad Alberto Hurtado.

Opinión

Una nueva guerra fría

Trump y Putin en una conferencia de prensa durante la cumbre de Helsinki, en julio.

La llamada Guerra Fría que mantuvo en vilo a la humanidad por cerca de 44 años fue, antes que todo, un conflicto ideológico: dos modelos de sociedad, profundamente antagónicos buscaban imponerse uno por sobre el otro. Una rivalidad de potencia entre los dos principales países victoriosos sobre el régimen nazi, decidieron enfrentarse, eligiendo para ello la guerra indirecta. Plenamente conscientes que una conflagración directa podía llevar al mundo a la primera y última guerra nuclear, decidieron enfrentarse en nuevos campos de batallas como fueron los políticos, los económicos, los sociales, los culturales, el tecnológico, pero sobre todo, el militar. Dos actores que concentraban todo el poder, aglutinaron, en torno a ellos, a una constelación de Estados, dividiendo al mundo en dos.

Rusia, en diciembre de 1991 puso fin a la URSS. La Guerra fría llegó a su término. Una ideología se impuso por sobre la otra. El marxismo real cae, se desmorona, tal y como lo vaticinó Helen Carrier d´Encausse, en su momento, la Unión Soviética desapareció por efecto de una implosión.

Los efectos del desvanecimiento de un actor del peso como fue la Rusia soviética se tradujo en el surgimiento de amplios espacios vacíos y vastas zonas sin ley; la potencia conoció un fenómeno de difusión o disolución impregnándose en nuevos y más complejos actores, muchos de ellos subnacionales. Las amenazas antes claras, se fragmentan. Mutan. Cambian de forma. El relativo Orden de Yalta, que por caso cincuenta años hizo más previsible las conductas de los Estados desaparece, dando, con ello paso a una fase de reacomodamiento de intereses políticos. El mundo es multipolar, por lo tanto menos previsible. Desde 1999, la Rusia de Putin, capitalista será gobernada bajo la lógica de una “democracia dirigida”: democracia sí, pero “a lo rusa”, con un liderazgo político con tintes monárquicos, propios a la cultura política milenaria del pueblo y de las elites rusas. Rusia encontró la estabilidad, el crecimiento económico, sus nuevos intereses vitales, pero sobre todo, el orgullo de ser un actor que lenta, pero progresivamente, estaba volviendo a ocupar un rol central en el sistema internacional.

Rusia, desde ese mes de diciembre del 91, comenzó a cruzar el desierto. Desde 1991 hasta 1999, intentó infructuosamente darse nuevos intereses nacionales. Su política exterior lo necesitaba. Para su postura de defensa era esencial. Se dotó de innumerables nuevas “políticas de defensa”, intentó, oficiosamente, formar parte de la OTAN, de la UE. Buscó mantener, sin mucho resultado, los países que conformaban el entramado de las “repúblicas socialistas” gracias a la Comunidad de Estados Independientes. Rusia intentaba formar parte del “mundo libre”, lo intentó, pero Rusia era demasiado grande para ser aceptada como una igual. Aislada, mirada con aprensión por los Estados bálticos, Polonia y otros, ve como la OTAN no solo no desaparece, sino que por el contrario de refuerza y se expende hacia sus fronteras. Los rusos observan con resquemor y perplejidad la expansión de la Alianza atlántica.

El punto de inflexión que marcará el fin de la travesía del desierto ruso, y que simbolizará, sin lugar a dudas, el resurgimiento de sus ansias de reconstituirse en un poder mundial en la escena mundial, estará dado por la operación militar rusa en Kosovo. Ese día 13 de junio de 1999, fuerzas militares rusas ocuparán, en una avezada acción sorpresa el aeropuerto de Pristina, en momentos mismos en que una grave crisis político-militar enfrentaba a Serbia con la OTAN. Putin, quien ya era en ese momento Primer Ministro de Boris Yeltsin, mandatario aquejado con serios problemas de salud y de liderazgo, golpeó la mesa en el Kremlin. Con ese desafío ruso a la OTAN, Putin dio una muestra del cambio que se avecinaba. Y los cambios vinieron se sucedieron en forma acelerada.

El 07 de agosto del 2008 otro hito “de fuerza” ilustrará la recobrada política de potencia rusa en su Extranjero Cercano: Atacará Georgia, amenazándola con una invasión. ¿El resultado? Nacerán dos nuevas repúblicas independientes; la de Abjasia y la de Osetia del Sur, provocando con ello, la desmembración de Georgia, aliada natural de los EE.UU. Para los rusos, si la OTAN y Europa pudieron intervenir en Kosovo, provocando su secesión de Serbia, ellos también estaban en su “derecho”.

Otro hito mayor tendrá lugar el 02 de marzo del 2014: Putin decide la ocupación de la Península de Crimea, bajo soberanía ucraniana por más de 60 años, y su casi simultánea anexión a la “Madre Rusia”. Paralelamente, apoyará a las fuerzas pro rusas en su guerra civil contra Kiev a fin que formen la republica confederada de Novorossia. Decisiones y acciones que demuestran el haber recobrado el modus operandi de propio de la extinta Rusia Tsarista. Frente a estos acontecimientos, Europa y los EE.UU ya no ven a la nueva Rusia de Putin como un riesgo, si no que como una real amenaza. La OTAN recupera su relevancia militar al recrearse en su frontera oriental una nueva y recuperada potencia militar percibida como revisionista de las fronteras de la posguerra.

El 30 de septiembre del 2015 Putin autorizará la intervención directa de las fuerzas rusas en la guerra civil de Siria, siendo su objetivo primigenio el salvar el régimen de Assad ad portas del colapso. Lo hará con un sorprendente éxito. Fiel a sus intereses geopolíticos y geoestratégicos recuperados, como es la necesidad de contar con la base naval de Latakia, sus intereses le dictarán la necesidad de llevar a cabo acciones rápidas y decisivas. Lo Logra. Con ello, afirma y confirma, de una vez por todas, que los intereses vitales rusos serán promovidos y defendidos, por la fuerza si es necesario. Estos ya desbordaron su entorno geopolítico próximo expandiéndose inexorablemente hacia el Medio Oriente, América latina, Asia e incluso Norteamérica.

Un aspecto central, único y complejo de esta nueva “guerra fría” es que ya no es ideológica. No existen dos modelos económicos ni políticos en pugna. Es un conflicto entre potencias capitalistas, que abrazan la democracia como modelos y el libre mercado como base de sustentación de sus respectivos desarrollos. No obstante ello, se están dando los patrones de aglutinamiento de grupos de Estados en torno a dos polos, difusamente reconocibles, tal y como ocurrió durante la Guerra fría. Los EE.UU y Rusia, con una China que avanza sus intereses económicos sigilosamente, sin aún la intención de transformarlos en réditos políticos claros.

Finalmente, esta nueva Guerra Fría tiene los tintes de una Guerra Tibia, donde los EE.UU. declaratoriamente aún no identifican a Rusia como un rival. Lo asumen como tal, pero no se constata el deseo de identificarlo estratégicamente como una fuente de amenaza “existencial”, a diferencia de la postura de algunos Estados europeos para quienes el Oso ruso de despertó y tiene hambre. Mucha hambre.

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