Una sola gran primera línea



Todo relato del combate naval de Iquique nos recuerda que Arturo Prat, en la víspera del momento decisivo, preguntó si su gente se había alimentado bien. Dicha preocupación refleja al menos dos ideas: primero, que el capitán no veía a la tripulación de bajo rango como carne de cañón (algo no tan común en la época). Y, segundo, que tenía conciencia de que todo esfuerzo humano se sostiene sobre condiciones materiales que lo hacen posible. La mera voluntad no alcanza.

Recuerdo el ejemplo de Prat ahora que, debido a la crisis sanitaria mundial, nuestra ya dañada economía sufrirá un frenazo terrible. Pienso en los trabajadores informales que verán complicada su existencia y la de sus familias. Y en los muchos formales que, debido al cierre y reestructuración de empresas, pasarán a las filas de los desempleados, junto con los cuentapropistas cuyo trabajo no será demandado. ¿Qué harán durante los meses de contracción económica que se nos vienen? ¿Cómo pondrán comida sobre sus mesas y cubrirán las cuentas básicas? ¿Qué pasará con aquellos que viven mes a mes en un precario equilibrio y con un pesado endeudamiento?

La desesperación económica puede crear escenarios tan temibles como los de la crisis sanitaria. El crimen organizado se fortalece en estos contextos: gana gente que antes se habría resistido. Otros delitos también aumentan: algunos roban, otros caen en las manos de prestamistas. Los límites morales se mueven y las estrategias egoístas frente al caos se refuerzan.

¿Cómo lidiar con esto? Hoy todavía estamos a tiempo no sólo de tomar medidas para desacelerar la propagación del coronavirus -cuidando, ojalá, que su impacto económico sea el menor posible, tal como ha planteado el ministro Briones-, sino también para pensar cómo sostendremos a las economías domésticas más precarias mientras dura la pandemia. Y estas medidas, al igual que en el primer caso, no pueden venir sólo del Estado. Necesitamos a los privados, a los municipios y a la sociedad civil involucrados.

Los próximos cinco meses serán probablemente los más difíciles desde 1982. Es el momento para que los más fuertes protejan a los más débiles. Es el momento para que los bancos, supermercados, proveedores de insumos básicos y farmacias recuperen su imagen pública mediante actos que pongan por delante el bienestar de sus trabajadores y clientes. Es el momento para activar las redes de solidaridad y conformar, todos los que puedan, una sola gran y verdadera primera línea frente al enemigo común. Es el momento no sólo de desagraviar los monumentos a los héroes de Iquique, sino de retomar su ejemplo.

Viviremos una guerra sanitaria y económica. La muerte y el sufrimiento tocarán la puerta de todos nuestros hogares. Las opciones son dar la pelea todos juntos, sin pánico, aunque prudentemente distanciados, o caer cada uno por separado, patéticamente envuelto en todo el papel higiénico y el alcohol gel que haya logrado acaparar. Hoy tenemos por delante la oportunidad de volver a ser una nación, recuperar el amor propio que perdimos, y comenzar a materializar con nuestros propios actos esa nueva Constitución que, por vía de reforma o de cambio total, tendremos que escribir una vez que esta crisis termine.

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