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Miles de chilenos vuelven a copar la Plaza Italia de Santiago por séptimo día

Crédito: EFE



Después de veintiún días las prioridades siguen siendo las mismas: identificar quiénes están detrás de lo que detonó el estallido, dado que la violencia sigue repitiéndose, y delimitar la acción de sectores amplios que no reconocen que sus protestas imposibilitan resolver el problema inmediato, que es asegurar la tranquilidad pública. La situación que han pasado ahora a llamar "crisis" (el más manido de los términos), se parece a una peste, como la del siglo XIV; seguirá arrasando mientras no se identifique el agente puntual detrás, y permita dar con el antídoto. Mientras tanto cundirá el pandemónium y sensación que este "castigo divino" es merecido.

¿Por qué insistir en el agente cuando hay tantos motivos que se han mencionado y poco menos que justificarían el estallido? Porque lo del Metro fue focal, sincrónico, con una eficacia inédita; excede al supuesto efecto "tipping point" que desencadena dinámicas. Hemos tenido terrorismo en (Chile) -valga que se le ponga en paréntesis-, pero a esta escala y sin que medie un golpe de estado nunca ha ocurrido. En La Araucanía, ese lío ancestral que han estado fomentando, no ha alcanzado a ser nacional hasta ahora, aun cuando pareciera que el foquismo pirómano se trasladó a Santiago y debe haber alguien que manda hacer todas esas banderas. Que, a su vez, este vandalismo se ampare detrás de protestas "pacíficas" y demandas "legítimas", es tan bien intencionado como el "Caballo de Troya". El que medio mundo se congregue en cabildos y asambleas data de antes; en mi universidad vienen transformando una casa de estudios reconocida en trinchera militante desde hace más de diez años; a su Escuela de Derecho algunos siempre la han querido convertir en Vicaría de la Solidaridad.

¿Es que, entonces, estaba todo organizado? No necesariamente; el efecto irradiación no requiere planeamiento, apostaron bien. Llama la atención, sin embargo, que lo único que desde hace tres semanas funciona en (Chile) responda a una cierta lógica, perversa eso sí, generadora de una sucesión de presiones conducentes a un desenlace nada claro todavía. Hay método en esta locura. La combinación sostenida que viene generándose -detonante insospechado seguido de un tam-tam ensordecedor, saqueos no precisamente a causa de carencias (a veces acompañados de auto y chofer), tole tole compasivo (la turba siempre preferirá salvar a Barrabás), piromanía que hacen aparecer como fuego regenerador, y llamar Volksgeist lo que ha de reemplazar la "mano invisible"- desmiente que se trate de una irracionalidad ciega. Los encapuchados no cubren sus ojos, tampoco pestañean.

Mientras no sepamos el desenlace, obstinarse en diagnósticos y supuestas causantes sociológicas e históricas es ocioso, pueden esperar. Atengámonos a efectos: espontáneos, no son. El tiempo se acaba.

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