Vacunar desde lo público



Por Paula Walker, profesora Escuela de Periodismo Usach

La pandemia ha sido la oportunidad para iniciar transformaciones personales y colectivas. Buscar -hasta encontrar aquello que mejor nos queda como país, para elegir el tipo de autoridades que necesitamos, el modelo de desarrollo al que aspiramos y la manera cómo lo alcanzaremos.

La pandemia nos trajo miedo a todo: a los otros, a los propios, a la calle, a las multitudes, a los viajes, al contacto. Pero también nos trajo esperanza en que las cosas se pueden hacer de distinta forma. El gobierno del Presidente Piñera ha podido tener un exitoso proceso de vacunación porque a pesar de la derecha y los sectores conservadores y privatizadores, Chile logró construir un sistema público de salud que ha demostrado ser la piedra angular del bienestar en el país. Una infraestructura presente en todo el territorio, y un capital humano que hace posible el éxito de hoy.

Quienes le dan vida al sistema de salud en Chile son hombres y mujeres, trabajadores de la salud, capaces de entregar lo mejor que tienen. En esta vacunación masiva hemos podido comprobar de primera mano lo que significa el derecho a la salud: todas las personas con los mismos derechos es una experiencia que no habíamos vivido. Que la vida de cada uno tenga el mismo valor frente a la jeringa, que a nadie le pregunten qué tipo de previsión y plan de salud tiene, si es de la isapre 1 ó 2, o si es de Fonasa, si vive en Chile, o viene de paso, o es de un país o de otro, que a nadie se le pase por la cabeza preguntar si tiene una preexistencia o lo traten distinto porque es mujer joven, o mujer vieja, adolescente varón, u hombre maduro, es una experiencia que no habíamos tenido la oportunidad de conocer.

Bien el gobierno en negociar oportunamente las vacunas para tenerlas, bien la ciencia nacional y las universidades de ofrecerse como grupo control para probar la eficacia de la vacuna. Extraordinariamente bien el sistema público de salud que, gracias a sus trabajadores y trabajadoras, posibilitan una vacunación masiva. En Chile vacunaremos incluso a aquellos que el mismo gobierno, en la voz del Canciller, dijo que no vacunaríamos por ser migrantes.

El sistema público de salud ha tenido que enfrentar todo tipo de embates para debilitarlo: inversiones insuficientes, malos salarios para sus profesionales y técnicos, gestiones deficientes que no logran aprovechar sus pabellones y profesionales para atender a quienes lo necesitan a tiempo, baja inversión en investigación (el mejor ejemplo es la vacuna contra el hantavirus -desarrollada en Concepción- que ha tenido que mendigar por apoyos económicos para salvar vidas), falta de cupos y becas para especialistas, y un largo etcétera.

Trabajar en la salud pública debiera ser un orgullo, porque no solo salva y protege vidas, sino porque hace posible el sueño que hemos cultivado durante toda la historia de Chile: derechos para todos quienes habitan el territorio, independiente de cualquier excusa que los conservadores de siempre buscan instalar en la agenda.

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