Vientos de guerra



Por Mathieu González, académico de la Facultad de Artes Liberales Universidad Adolfo Ibáñez

Desde hace ya varias semanas Rusia amenaza con invadir Ucrania, aunque no hay certeza de si se trata de un bluf o estamos frente a un peligro real. La masiva concentración de tropas por parte de Putin a lo largo de la frontera no solo de su país, sino que también de Bielorrusia, además de la presencia militar rusa en Transnistria y en Crimea ocupada, amenazan a Kiev desde los cuatro puntos cardinales. Esto, junto a un ultimátum en el cual Rusia exige a Occidente congelar la expansión de la OTAN hacia el este, así como el retiro de armamento y tropas de los países bálticos y del este de Europa que hacen parte de la alianza, siembra, justificadamente, el miedo a una guerra mayor en Europa.

¿Pero cuáles son las razones que llevan a Putin a jugar esta carta? Por un lado, está el temor a un ejército ucraniano cada vez más poderoso. Tras los desastres militares del 2014, Ucrania, con un importante apoyo de Occidente, ha reconstruido sus fuerzas armadas mejorando su entrenamiento y su armamento. Si bien estas siguen siendo muy inferiores en relación con el ejército ruso, la brecha se acorta más cada año, por lo que Putin sabe que paulatinamente va perdiendo poder sobre su vecino. A esto se suma la visión de Putin sobre el mundo eslavo, que considera que Rusia es el hermano mayor de Ucrania, por lo que su acercamiento con Occidente es un ataque a la familia eslava que Rusia debe proteger. Finalmente, está el temor de comprobar cómo, pese a todos sus intentos de que Rusia vuelta a ser un poder mundial, tras más de 20 años en el poder, su legado será una reducción de la zona en la que Rusia tiene influencia.

Del lado occidental también hay razones de peso para apoyar a una Ucrania fuera de la órbita rusa. Por una parte, está el discurso democrático de la autonomía de cada país para decidir qué política tener de forma soberana, sobre todo cuando la mayoría de un país está de acuerdo con los objetivos occidentales. También pesa la idea de que Ucrania es un país europeo que tiene, por lo tanto, un destino de unión con el resto de los países del continente en una comunidad de intereses y valores. Además, la defensa de la naciente democracia ucraniana sirve de contra peso al modelo autoritario de Putin, lo que seduce a parte de los movimientos políticos europeos, como lo muestra el caso húngaro.

El problema es que estas posturas son incompatibles entre sí. ¿Es posible que las negociaciones diplomáticas lleguen a un compromiso que satisfaga a las dos partes? Por supuesto, la creatividad diplomática lo permite, sobre todo cuando la amenaza del abismo de la guerra lleva a la moderación, y siempre cuando exista la buena voluntad de ambas partes por ceder y aceptar las preocupaciones del otro. Si esto no tiene lugar, entonces veremos si Putin en verdad desea una guerra o solo está haciendo un bluf. Aunque en más de una ocasión ha pasado que lo que en su inicio era un bluf terminó siendo una guerra.

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