Votar apruebo por una nueva Constitución

La Constitución. Foto: Pablo Ovalle Isasmendi / Agencia Uno.

Nos exigirá buscar, ceder y concordar, pero parece necesario construir un acuerdo compartido sobre el poder y los derechos de las personas, pues hemos sido marcados por 40 años de desencuentro constitucional.



En abril votaremos en doble papeleta. Apruebo o rechazo, Convención Mixta Constitucional o Convención Constitucional 100% electa. Votar ‘apruebo’ habilita el camino institucional hacia una nueva Constitución. Votar ‘rechazo’ afirmará la vigencia del actual texto. Contrario a lo que se ha dicho, el rechazo no es una nueva Constitución y no conlleva un camino futuro cierto de reformas. La reforma siempre estará sujeta a que alguien en el futuro las presente (no sabemos cuándo) y las tramite. Todo ello, bajo las mismas reglas actuales.

Se ha planteado que el ‘apruebo’ es el camino largo y el ‘rechazo’, el corto. El ‘apruebo’ tiene 12 meses en total. Si no se logra un acuerdo constitucional, no habrá nueva Constitución. La reforma constitucional no tiene plazo, y sólo tenemos la experiencia desde la transición. Un modelo que ha durado 30 años. La reforma del Ex Presidente Lagos duró 4 años.

Ligado a ello, los partidarios del ‘rechazo’ han mostrado una escasa voluntad de votar favorablemente reformas constitucionales. Por ejemplo, han rechazado siete veces la reforma constitucional sobre reconocimiento de pueblos indígenas, recientemente votaron en contra del voto obligatorio y la reforma constitucional sobre las aguas. Hace unos días los partidarios del ‘rechazo’ votaron en contra de la reforma de paridad en la Convención Constitucional.

Se ha dicho que la hoja en blanco es un precipicio. La hoja en blanco significa que en la discusión constitucional no existirá un texto pre-escrito, como ocurre en la reforma constitucional donde el actual texto pre-existe y sólo basta con vetar, no proponer. La hoja en blanco significa buscar un acuerdo en el marco del quórum de 2/3 con límites claros y firmes. Se debe respetar el régimen democrático (autoridades públicas electas), la república (poder dividido, Estado de derecho y soberanía popular), los tratados de derechos humanos (tanto derechos civiles, sociales, políticos y económicos), y las sentencias de los tribunales. A ello sumemos la tradición constitucional, que siempre está presente en los procesos de cambio.

Se ha afirmado que el texto vigente es suficiente para los cambios que hoy se necesitan. Ello no es correcto. Se debe tener presente que las constituciones no son solo su texto, sino también su interpretación. La actual Constitución no ha permitido proyectos políticos plurales. Se declaró inconstitucional el carácter sancionatorio del Sernac, la prohibición del lucro en los controladores de las universidades o la titularidad de los sindicatos para negociar colectivamente. El Auge no pudo contener un fondo solidario por la amenaza de inconstitucionalidad. Igual suerte, hasta ahora, ha corrido la solidaridad en pensiones. En educación, cinco ministros del Tribunal Constitucional afirmaron en 2015 que la Constitución no es neutral, que tiene unos valores propios y que cualquier proyecto distinto se sustenta en una Constitución que no existe.

En fin, parece claro que votar ‘apruebo’ es abrir el camino a una nueva Constitución, pero especialmente a un acuerdo constitucional donde quepan las distintas miradas constitucionales. Esto nos exigirá buscar, ceder y concordar, pero parece necesario construir un acuerdo compartido sobre el poder y los derechos de las personas, pues hemos sido marcados por 40 años de desencuentro constitucional. Sólo así podremos tener una Constitución que nos identifique, nos obligue y genere un compromiso constitucional de futuro.

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