Aquí cocino yo: Jessie Esquerre Márquez

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En un tradicional barrio de Providencia se encuentra esta casa de un piso y antejardín, que el suegro de Jessie Esquerre Márquez construyó hace más de 60 años y que hasta hoy se mantiene impecable y resistiendo ante los modernos edificios que han aparecido a su alrededor. Por los muros rojos se pasean gatos que en realidad no son de ella, pero como en todos los buenos barrios, han sabido llegar a pedir asilo. Y entrando, al fondo, con una ventana que da hacia un jardín interior desde donde ladra su perro, está el espacio donde convergen más culturas de las que podría contar: su cocina.

Jessie es peruana, pero en unas vacaciones en Venezuela conoció a su marido chileno, Mario, quien venía llegando de Madrid. Estuvieron varios años en Centroamérica juntos, tiempo en que ella se especializó en platos venezolanos como el sabroso Pabellón, o en las recetas españolas que su marido tanto extrañaba del viejo continente. Cuando murió su suegro decidieron instalarse en Chile, sin imaginar que se convertiría en su hogar definitivo.

Su escuela culinaria viene desde la casa, donde para cada cumpleaños su mamá hacía un arroz con pato que en Chile le ha costado muchísimo replicar: "Aquí para conseguirme pato tengo que ir a Chillán, porque en el supermercado está muy congelado". Un recuerdo dulce que la lleva a su juventud limeña es un dulce de quínoa que se llama mazamorra de quínoa, "que nunca he podido repetir, pero era tan bueno que entre todos nos peleábamos el fondo de la olla".

En Chile, nació su único hijo y los tres se fueron a vivir al Tabo, desde donde Mario comenzó a trabajar en la idustria del kanikama mientras Jessie criaba y lo ayudaba con la venta directa. De esa época recuerda, haberle tomado el gusto al oficio de hacer mermeladas. "Mario traía cajones de fruta y empecé a hacer mermeladas de todo. Ahora incluso hago una con rosas del jardín que eran de mi suegra".

De vuelta a Santiago armó una distribuidora de pastas y empezó a vender lasaña, empanadas de quesos y sopaipillas a los restoranes, de ahí su gusto por la comida italiana. Pero una gastronomía infaltable en su menú es la mexicana, en parte porque a su hijo le encantan los tacos. "Hago la carne mechada en una olla a presión que traje desde Venezuela y que aún funciona perfecto, preparo guacamole, rallo el queso y preparo los porotos negros".

Tras la muerte de su marido, Jessie vive sola con su hijo en la casa que alguna vez fue de sus suegros. Una casa llena de historia que se niega a cambiar, literalmente, pues pese a que varias veces ha intentado remodelar la cocina, los maestros le dicen que es imposible pues se trata de los muros que mantienen la construcción en pie. Pese a que es una construcción tan ajena a su propia historia, ha sabido convertirla en suya, con una colección de botellas que exhibe en un mostrador, cajones con decenas de libros de recetas que recolecta hace años, y tantos aliños como culturas la han influenciado.

Hoy, las paredes y muebles de colores, los adornos y los recetarios forman parte de una historia que ella ya comenzó a construir y, aunque no hace caso omiso del patrimonio de quién la construyó, rellena cada recoveco con sus propias anécdotas.

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