Ayudar a otras mujeres a alcanzar la independencia económica: “Gracias a mi amiga le perdí el miedo al futuro”




Cuando conocí a mi amiga Susana, llevaba casada casi diez años. Hasta ese momento había algo en mi relación que me incomodaba, pero como vivía en una especie de máquina que funcionaba día y noche, nunca fui capaz de reflexionar sobre lo infeliz que estaba siendo, y especialmente, sobre lo atrapada que me sentía.

Conocí a mi marido en el trabajo. Ambos éramos compañeros. Yo llegué a esa empresa un par de años después de él. Inmediatamente sentimos atracción y al poco tiempo ya estábamos juntos. El resto fue una historia común y corriente, como la de muchas: nos fuimos a vivir juntos, luego nos casamos y finalmente llegaron los hijos. Tenemos tres. Cuando nació el primero yo tuve mi pre y posnatal normalmente, pero con el segundo todo se hizo más complejo. Necesitábamos a alguien que nos ayudara con la logística, pero no nos alcanzaba el presupuesto para una nana. Así que al nacer el tercero mis posibilidades de volver al trabajo fueron nulas, tuve que renunciar.

Al principio no vi esta decisión como algo difícil para mí; estaba concentrada en la maternidad a tiempo completo y era algo que me acomodaba. Pero la cotidianeidad y la rutina se empezaron a hacer cada vez más pesadas. Recuerdo días en que no tenía un minuto para sentarme, entre las idas y vueltas al jardín, luego al colegio, los almuerzos, el aseo, las tareas y un largo etcétera que muchas que lean esto reconocerán. Pero lo más difícil era en la noche, cuando mi marido llegaba cansado del trabajo y, en vez de ayudarme, se sentaba a descansar después de lo que él mismo definía como “una jornada pesada”.

Recuerdo que empecé a sentir impotencia, porque en esas situaciones comprobaba que mi trabajo era 24/7, que yo no tenía esas posibilidades de descanso. Me daba rabia, pero al día siguiente seguía con la misma rutina. Al final, él era el que mantenía la casa, no había mucho más que hacer. Todo esto comenzó a afectar nuestra relación; yo sentía que él no me veía, que sin quererlo me transformé en una facilitadora para que él pudiera desarrollarse, ser profesional y padre a la vez, mientras yo me hacía cargo de todo y anulaba por completo los otros ámbitos de mi vida que no fueran la maternidad.

Traté de hablar un par de veces con él, pero la respuesta siempre fue la misma: “¿Qué más podemos hacer? ¿Quién va a cuidar a los niños?”. Creo que en algún momento desistí de seguir hablando del tema, porque llegamos – o más bien, yo llegué– a un nivel de desgaste en el que ya nada importaba. Tampoco pensé en separarme, ni en hacer algo al respecto. Simplemente la resignación se apoderó de mí. Hasta que un día conversé de esto con otra mamá del curso de mi hijo mayor. A ella la conocí cuando los niños entraron a prekinder, y aunque no eramos las mejores amigas, nos llevábamos bien y nos ayudabamos en algunas cosas.

Ella es diseñadora y varias veces me incentivó para que la ayudara en su emprendimiento. Comenzó diseñando y vendiendo algunos juguetes para niñas y niños, y en el camino creció hasta el punto en que comenzó a necesitar colaboradoras. La primera vez que me lo ofreció se lo comenté a mi marido y la respuesta fue la misma de siempre. No insistí, pero en algún momento, me imagino que al estar llevando mi desgaste a límites en que se ponía en juego mi salud mental, le pregunté a Susana, mi amiga.

Me acuerdo que su primera reacción fue decirme “¡al fin!”. Nos juntamos en el café que está frente al colegio un poco antes de que los niños salieran. Lo primero que hizo cuando nos vimos fue abrazarme fuerte y me dijo: “No estás sola en esto”. Al final, esto no se trataba sólo de que ella consiguiera una nueva colaboradora; ella había reconocido en mí la experiencia de ella misma años atrás y de muchas otras mujeres. Lo que ella quería no era simplemente darme un trabajo, sino que ayudarme a alcanzar la independencia económica.

Desde esa reunión pasó un largo rato hasta que por fin me decidí a comenzar. Una especie de coaching femenino en el que se fortaleció mi autoestima, me convencí de que era capaz de cualquier cosa y, sobre todo, le perdí el miedo al futuro. Logré entender mi incomodidad y comprendí también que no era justo que viviera resignada. Si no estaba siendo feliz, tenía que hacer algo.

En las siguientes conversaciones con mi marido yo ya no era la misma. Cuando me preguntaba qué íbamos a hacer con los niños yo ya tenía un plan y no estaba dispuesta a transar. A mediados del año antepasado comenzamos a trabajar juntas. La pandemia nos hizo tener más trabajo, pero pudimos juntas organizarnos. Hoy soy su mano derecha en el proyecto y cada vez tenemos más proyección.

Es increíble cómo esta situación me hizo ver la vida desde otra perspectiva. Hoy realmente siento que soy capaz de todo y que no necesito a nadie para salir adelante. Sigo casada –por si se lo estaban preguntando–, porque decidí que nuestra relación de pareja se tenía que trabajar en un carril paralelo. No sé lo que pase con eso, pero al menos ambos estamos dispuestos a trabajar aquello en lo que nos equivocamos. Lo que sí le agradezco a mi amiga enormemente es que me abrió los ojos, me hizo ver que no estaba siendo feliz y sobre todo, que no me merecía esa vida.

María José López tiene 34 años, tres hijos y trabaja en un emprendimiento de juguetes.

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