Paula 1181. Sábado 29 de agosto de 2015.

Había una densa neblina en Pudahuel esa mañana del 2 de septiembre de 2011. Eso, sumado a la inestabilidad del clima en Juan Fernández, retrasaron por casi tres horas el despegue desde el terminal áereo privado de Arturo Merino Benítez, FBO Aerocardal, hacia el archipiélago. Durante ese rato, mientras tomábamos café en la pequeña sala de espera, las 15 personas que nos íbamos a embarcar en la avioneta Dornier aprovechamos de conversar y conocernos. Se trataba de un grupo de operadores turísticos y periodistas que habíamos sido invitados a conocer Juan Fernández y sus atractivos con la finalidad de atraer nuevos visitantes, ya que el turismo había decaído después del maremoto de 2010. Rápidamente reconocí a Mathias Klotz –arquitecto del recién inaugurado hotel boutique Crusoe Island Lodge, que íbamos a conocer– y al escritor Raúl Zurita, quien estaba acompañado de su señora y del fotógrafo José Antonio de Pablo. Al resto los conocí en ese momento. Bárbara De Marchi, la única brasileña del grupo, tenía 23 años, igual que yo, y desde ese momento no nos separamos más durante el viaje. El reconocido chef peruano James Berckemeyer, quien iba a hacerse cargo de la cocina del hotel por el fin de semana, nos adelantó que esa noche nos sorprendería a todos con un menú especial que compartiríamos con Felipe Camiroaga y parte del equipo del matinal de TVN; Felipe Cubillos y voluntarios de Desafío Levantemos Chile; y personeros del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, quienes partirían minutos después en un avión de la Fuerza Aérea rumbo al mismo destino. A raíz de nuestro atraso, Karin Schmohl, la anfitriona que encabezaba la comitiva y quien volaba al menos dos veces por mes al archipiélago, nos explicaba: "La isla es así: ella manda. De ella depende cuando se parte y cuando hay que darse la vuelta y volver sin siquiera haberla tocado".

Ese día, las dos líneas aéreas que vuelan a Juan Fernández –ATA y LASSA– habían cancelado sus vuelos por malas condiciones climáticas. Como nosotros, los pasajeros, no teníamos idea de nada, celebramos con aplausos el anuncio del embarque. Nunca nos imaginamos lo que nos esperaba en las próximas horas.

Algunos de los pasajeros que aterrizaron en la avioneta Dornier horas antes del accidente del Casa, se trasladaron en lancha a Bahía Cumberland. El mar estaba furioso ese día.

LA LLEGADA

Fueron dos horas de vuelo bastante tranquilas hasta que comenzamos a acercarnos a la isla. Entonces, los casi 40 nudos de viento en contra, las fuertes ráfagas y los vientos cruzados comenzaron a hacer de las suyas. De un segundo a otro, las turbulencias se volvieron extremas. Tuve que desabrocharme el cinturón para abrazar el respaldo de mi asiento porque los golpes en la cabeza eran demasiado fuertes y dolorosos. Nunca había sentido tanto miedo en un avión, a pesar de que había volado varias veces. Pero en ese momento, eran tan bruscos los movimientos, tantos los esfuerzos del piloto por controlar el avión, tanta la tensión a bordo, que sentí miedo de verdad.

En un minuto no tuve dudas de que nos íbamos a caer.

El piloto no pudo aterrizar en el primer intento. Desde el avión, la diminuta pista de 1000 metros de largo, me parecía una estampilla. Yo seguía aferrada a mi asiento mientras el avión daba una vuelta a la isla para intentarlo otra vez. Tras una brusca maniobra para esquivar el viento que pegaba como un latigazo por el lado derecho, vi por mi ventana cómo el ala casi se estrella contra el asfalto. Cerré los ojos y de pronto sentí un duro golpe, de esos que hacen retumbar la cabeza. Mantuve los ojos cerrados con mucha fuerza. Apretadísimos.

El avión se deslizó hacia un lado de la pista, se ladeó y, finalmente, se detuvo.

El piloto Ricardo Schäfer, un hombre cercano a los sesenta años, se sacó los audífonos y el cinturón, se dio media vuelta sobre su asiento y nos miró: "Soy el piloto que más ha volado a esta isla, tengo más de 5000 mil horas de vuelo a Juan Fernández y nunca en mi vida me había tocado un aterrizaje como este. Nunca antes había tenido que rehusar un aterrizaje".

Nos bajamos con la adrenalina a mil. Eran cerca de las dos de la tarde, estaba despejado, pero el viento pegaba fuerte y el mar estaba picado como si se tratara de una tormenta. Uno de los tres neumáticos del avión se había reventado. "El escenario se fue complicando en el camino. La culpa es del viento oeste que al chocar con la isla Santa Clara produce fuertes cambios de dirección del viento", explicaba Schäfer mientras recibía nuestros abrazos y le llamábamos "héroe" en medio de la euforia de estar pisando, por fin, tierra firme.

¿POR MAR O POR TIERRA?

El aeródromo de Juan Fernández se encuentra al oeste de la isla, al otro extremo de la Bahía Cumberland donde está ubicado San Juan Bautista, el único pueblo del archipiélago. Dicen que hacer el recorrido a pie, que demora seis horas, es uno de los trekking más espectaculares del mundo.

"Los que tengan buenos bototos, tomen la opción del trekking para llegar al pueblo. No tardarán más de seis horas y les aseguro que podrán ver las mejores vistas de todo el archipiélago y conocer su naturaleza viva. Además, se van a ahorrar un buen mareo, porque el mar hoy, está muy movido", advirtió Pía Pablo, una de las tres guías del Crusoe Island Lodge que nos recibieron al aterrizar.

Miré mis zapatillas Converse y, desilusionada, me di cuenta de que no era candidata para sumarme al trekking. Luego miré el mar. Se veía enfurecido, pero pensé: "Yo no me mareo y ya nada puede ser peor de lo que acabo de vivir".

Decidí ir por agua.

Bajamos por una pendiente hasta Bahía del Padre –ubicada bajo la pista de aterrizaje– donde nos esperaban tres botes. Ahí comenzó una nueva odisea. El mar estaba tan bravo que algunos dudaban si era una buena idea partir. Pero la respuesta de los pescadores fue siempre la misma: "¡Démosle nomás!".

"Chiquillas ahí van muy apretadas! Pásense para acá mejor", nos gritó uno de los dos isleños que llevaban solo maletas en su bote.

Con Bárbara de Marchi, la brasileña, obedecimos de inmediato. La situación estaba tensa. Había unas olas inmensas.

Supuestamente debíamos demorar una hora y cuarto en llegar a Bahía Cumberland, pero el oleaje de hasta seis metros de alto, hacía que avanzáramos una ola y retrocediéramos dos. Los pocos instantes en que lograba divisar a los otros dos botes que aparecían y desaparecían entre las olas, se veía a la gente agarrada de los bordes, vomitando. Avanzábamos lento, y el mar nos iba empujando cada vez más hacia la pared de la isla. Me mantuve en silencio y ayudé a mi compañera, cuyo cuerpo pálido estaba empapado por las olas que nos reventaban encima.

"Aléjense del acantilado. Atención embarcación, salgan de la zona de peligro, ¡aléjese de la orilla de la isla!", se oían las instrucciones que salían de la radio del bote.

Mientras uno de los pescadores manejaba, el otro le iba leyendo el mar: "¡A la derecha! ¡Una grande! ¡Cuidado! Ahora, rápido, ¡marcha atrás, marcha atrás!", le gritaba.

–Dime la verdad. Esto no tiene buena cara, ¿cierto?–, le pregunté al pescador que conducía.

–Tranquila usted. Nosotros nacimos en este mar, sabemos manejarlo incluso cuando se pone así. Tenemos el mapa del mar en la palma de la mano.

Fue tanta su seguridad, que por unos minutos le creí. Pero tras casi una hora de silencio, empecé a marearme. Hasta que escuché la voz de uno de ellos: "¿Ve esa tremenda lancha que se ve allá, mar adentro? Ya llegó el Arcángel, esa es la patrulla de la Armada que nos vino a socorrer por cualquier cosa. Quédese tranquila que ahora, de verdad, sí estamos más seguros".

Casi tres horas y media después de la salida, cerca de las cinco de la tarde, logramos llegar todos salvos, no tan sanos, al pueblo.

El 2 de septiembre de 2011 las condiciones del viento eran tan extremas que el experimentado piloto Ricardo Schäfer -hoy fallecido-, solo logró aterrizar al segundo intento. Al día siguiente de su llegada a la isla, la periodista de Paula, Valentina Rodríguez –en la foto junto a la brasileña Bárbara De Marchi–, salió, como casi todos los que estaban en la isla, a colaborar con la búsqueda.

UN LUGAR AL QUE POCOS LLEGAN

Entramos al hotel justo cuando el sol empezaba a esconderse. Fue tranquilizante y gratificante: la vista al mar era espectacular y un hot tub de madera humeaba invitando a sumergirse, como si fuera un premio después de tanta tensión y frío acumulado. Tengo grabada la frase de Soledad Correa, la administradora, cuando salió a recibirnos: "Bienvenidos a Crusoe Island Lodge, un lugar al que solo algunos pocos llegan".

Ese día Soledad nos esperaba con ansias a todos, pero especialmente a su hermano, Sebastián Correa, y a su cuñada, Catalina Vela, quienes venían a bordo del Casa 212, como parte del equipo Desafío Levantemos Chile. Soledad nos pasó una copa de champaña y brindamos por la travesía extrema que nos había llevado hasta ahí. Me saqué las zapatillas empapadas y el cortavientos que nos habían entregado los guías antes de subir al bote. Uno a uno iban llegando los integrantes de nuestro grupo; todos ansiosos por comentar lo que habíamos vivido. Ahí me di cuenta que mi celular no tenía señal en la isla, pero como estábamos reviviendo los hechos, ni se me pasó por la cabeza pedir el teléfono para avisar a mi casa que había llegado bien.

Al poco rato, en medio de ese aperitivo, escuchamos la voz de la recepcionista: "Llaman por teléfono a Valentina". Me pareció muy extraño. Era mi pololo de entonces, que quería saber si había llegado bien. Minutos más tarde de esa llamada, comencé a notar que había nerviosismo en el ambiente. Empezaron los rumores, en voz baja, a susurros casi, entre los que fumábamos en la terraza: "Todavía no aterriza el avión que venía detrás nuestro". "Algo malo pasó". "El avión está perdido".

El hambre nos tenía devorando unas entradas con langosta y cangrejo dorado del archipiélago. Hasta que sonó la radio del hotel y se escuchó la noticia que nadie quería oír: "no hay rastros del avión de la fuerza aérea. Está desaparecido".

LA NOTICIA

Felipe Paredes –concejal de la isla– esperaba a los pasajeros del Casa 212 en la pista de aterrizaje. Eran las cinco de la tarde. Fue el único testigo que vio los tres intentos de aterrizaje del avión de la Fach y cómo, de un minuto a otro, no volvió a aparecer más. Inmediatamente dio aviso a la isla y al continente: el avión Casa 212, de pronto, se había esfumado.

Mientras, en el hotel, intentábamos seguir con las actividades. El hambre nos tenía devorando unas entradas con langosta y cangrejo dorado del archipiélago. Hasta que sonó la radio del hotel y se escuchó la noticia que nadie quería oír: "No hay rastros del avión de la Fuerza Aérea. Está desaparecido".

La angustia y la tensión se apoderaron del lugar. El ánimo de todos cambió completamente: ahora había seriedad y preocupación en los rostros. Aunque no conocía a nadie de los que iban en esa avioneta, también me sentí angustiada y pedía con todas mis fuerzas que estuvieran vivos. Lo que más me conmovía era Soledad Correa, quien se mantenía estoica pese a que su hermano y su cuñada iban en ese avión. Esa pareja tenía tres niños que habían quedado en Santiago, de diez, ocho y cinco años. Increíblemente ella no se quebró en ningún momento. Soledad, al igual que muchos de nosotros, pensaba que el piloto del Casa había decidido volverse a Santiago. Pero esa ilusión se desvaneció al poco rato, cuando nos informaron de que no contaban con el combustible necesario para regresar al continente. Entonces empezó la verdadera pesadilla.

Nos enteramos de que en el continente las primeras informaciones daban cuenta de que se había caído un avión con periodistas en Juan Fernández. Otra de las noticias entregadas fue que Mathias Klotz era uno de los pasajeros del avión siniestrado. En ese momento me alegré de que me hubieran podido contactar justo antes de esta avalancha noticiosa y de que mi familia supiera que había llegado bien. Algunos intentaban desesperadamente comunicarse por celular y teléfono fijo, pero los sistemas de comunicación habían colapsado. Mientras todos buscaban formas de dar señales de vida al continente, Mathias Klotz junto a otros hombres, fueron a ofrecer su ayuda a la capitanía del puerto, a los buzos y a pescadores de la isla. Yo, ingenua quizás, pensaba que si habían caído al mar los encontrarían en alguna cueva o entre las rocas de la orilla. Vivos, claro.

La Armada les prohibió a los pescadores salir en sus botes debido a las extremas condiciones climáticas y del mar, pero salieron igual. Alrededor de las 3:30 am del 3 de septiembre encontraron el primer resto humano y unos minutos después apareció la balsa del avión absolutamente sellada. Ahí se acabaron las esperanzas de encontrarlos con vida.

"El avión se hizo pebre, no hay nadie vivo. No hay nada más que hacer", nos dijo, desconsolado, un pescador al día siguiente. Nuevamente la isla se vistió de luto. Ahora lloraba la pérdida de Cubillos y de Correa, dos personajes muy queridos por todos los isleños porque eran quienes estaban reconstruyéndoles su vida después del maremoto. En este viaje, ellos iban a inaugurar las escuelas modulares que habían edificado para los niños del pueblo, entre otras restauraciones.

Nosotros, los del hotel, hicimos una búsqueda simbólica durante horas por los senderos de la isla y, al llegar al pueblo, no uno, sino que varios lugareños me decían: "¿Qué vamos a hacer los que vivimos en Juan Fernández? Ahora nadie va a querer venir a la isla. Ahora sí que todos creerán que somos una isla maldita". Estaban atónitos. Y desconsolados.

La Armada nos había dado la instrucción de evacuar la isla, pero teníamos que esperar el repuesto del neumático de nuestro avión para poder salir de ahí. Durante ese tiempo se dieron conversaciones profundas en torno a la chimenea del hotel y en caminatas por la isla. Todos sentíamos que podríamos haber sido nosotros a quienes buscaban incansablemente en el mar. Teníamos la sensación de habernos salvado. Nos sentíamos sobrevivientes. Entre el grupo unos decían que interpretaban todo esto como una señal para tomar un nuevo rumbo. Otros, como un hecho liberador para tomar una decisión postergada. Algunos, los menos, solo lo veían como las peores horas de sus vidas y lo único que querían era salir del lugar. Para mí fue una experiencia enriquecedora, en la que me sorprendí de mi autocontrol y de la fuerza que fui capaz de sacar. Me conecté con la naturaleza más salvaje y sentí el pulso de la vida. Me quedé con ese regalo. Hasta el día de hoy puedo traer de vuelta esa sensación cuando la necesito.

El sábado en la tarde, Soledad se despidió de nosotros. Un helicóptero la esperaba para partir a Santiago. La sentí ida, en estado de shock, pero como siempre en calma y hasta el último minuto intentó hacer de nuestra estadía algo agradable.

Recién el domingo 4 de septiembre, cuando nuestro avión ya había sido reparado, el Arcángel de la Armada nos recogió y nos llevó hasta Bahía del Padre para que evacuáramos la isla. Al llegar nos encontramos con una pista de aterrizaje convertida en un centro de operaciones de rescate, repleto de fuerzas especiales de la Fach y de la Armada. Todos los canales de televisión presentes y el ministro de Defensa de ese entonces, Andrés Allamand. Paracaídas caían con provisiones de los aviones que sobrevolaban la pista. Fue nuestro primer acercamiento con lo que se estaba viviendo en el continente. Paradójicamente, habíamos vivido en una burbuja hasta ese momento. Nunca tuvimos contacto con las noticias. No teníamos idea de que el país entero estaba paralizado y con los ojos puestos en la isla donde nosotros estábamos viviendo tan de cerca, tan íntimamente, lo ocurrido.

No teníamos idea de que el país entero estaba paralizado y con los ojos puestos en la isla donde nosotros estábamos viviendo tan de cerca, tan íntimamente, lo ocurrido.

Nos subimos al avión en silencio. Con tensión, con la garganta apretada. Era el mismo avión, el mismo piloto y un par de pasajeros menos que por el shock los habían logrado subir en los helicópteros que fueron en busca de algunas personas a la isla. El ambiente era especial, de sobrecogimiento, de contradicciones también. Estoy segura que muchos, como yo, se hubieran quedado si hubiese sido posible ayudar.

Y despegamos.

Se produjo un silencio largo en que miré la isla por la ventana y me sentí una privilegiada de haber podido conocer este lugar de fuerza única y naturaleza incontrolable, que nos enseñó una lección de vida imborrable a todos los que estuvimos esos tres días ahí. Siempre nos sentimos unos sobrevivientes y ninguno volvió a su casa siendo el mismo.

Con esta última línea cumplo con una de las promesas que me hice al volver a Santiago: escribir algún día sobre la experiencia vivida. Ahora solo me queda cumplir con volver a la isla.