Límites, multitudes y roce: ¿Volveremos a tener encuentros masivos?

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Las sociedades han contado desde siempre con instancias de reunión masiva, ya sea para organizarse o para celebrar eventos importantes. Y estas inevitablemente implican relajar los límites del espacio personal y ser flexibles con las fronteras de lo que consideramos como nuestro metro cuadrado. Si bien muchas de las convocatorias masivas más grandes incluso hoy en día son religiosas –una de las celebraciones masivas más grandes de las que se tiene registro es la ceremonia del Maha Kumbh Mela en India, en la que en 2013 se estima que cerca de 40 millones de personas se bañaron en el río sagrado en un área de 20 km2, algo así como la superficie de la comuna de Santiago Centro– rápidamente se han ido diversificando y han pasado a convertirse también en instancias de manifestación política, social e incluso de entretención.

Camila Chamorro, psicóloga clínica, explica que a pesar de que las masas suponen inevitablemente una concesión en términos de espacio, como seres humanos necesitamos ese tipo de contacto. "Cada vez tenemos una vida más individual, pero las relaciones virtuales no son suficientes", explica. "Lo corporal del lazo social, del encuentro interpersonal, es fundamental para la vida. Y reunirnos para celebrar o manifestarnos es prueba de aquello. Si celebramos para compartir logros o eventos importantes de cada uno o nos manifestamos para mostrar la fuerza de lo colectivo, es porque nos recuerda ese lado más primitivo del ser humano; que somos seres sociales. Cada uno por su lado no basta".

Actualmente, la mayoría de los eventos masivos en los que participamos tienen más que ver con nuestros propios gustos que con creencias religiosas. Y ya sea convocados por un interés común o por una causa compartida, cada año voluntariamente asistimos a eventos multitudinarios como marchas, encuentros deportivos y festivales de toda índole junto a miles de desconocidos que nos hacen sentir parte de una comunidad.

Además de ceder en nuestros espacios personales, adscribir a una masa podría implicar también una cesión en nuestra voluntad y nuestro juicio propio. Porque así como la marea arrastra los botes en el mar, cuando somos parte de una marea humana en un evento multitudinario nuestro comportamiento también se ve influido por aquello que el colectivo elige. ¿O no?

El sociólogo de la Universidad Católica Silva Henríquez, Carlos Durán, explica que esa corriente de pensamiento que es propio de las primeras teorías del siglo XIX sobre el estudio del comportamiento de las masas en parte es cierta y en parte no. "En un principio se creía que cuando un individuo es parte de una masa no tiene 100% el control de su comportamiento porque opera sobre él una lógica de masa", explica. Pero agrega que precisamente porque el comportamiento colectivo es un comportamiento que supera a la voluntad del individuo, esta puede producir una liberación individual.

"Mi libertad individual está sometida a las obligaciones que el orden social me impone: cuando estoy en la casa debo cumplir con un determinado rol asignado socialmente. Cuando estoy en el trabajo cumplo otro rol asignado socialmente. Es decir, estoy sometido a un constreñimiento de mi libertad. Pero cuando me comporto como un actor colectivo, de cierta forma lo que ocurre es que estoy liberado de esas ataduras sociales", explica. "Y es en la instancia de masividad que se abren potencialidades que explican por qué, pese a los potenciales peligros que pueden haber en las aglomeraciones, todavía siguen existiendo".

Y es que, tal como señala el especialista, ser parte de una masa sí nos expone a ciertos peligros más comunes y propios de los tumultos y las aglomeraciones: empujones, roces, peleas, agarrones y toqueteos de quienes se aprovechan de los espacios confinados para transgredir todos los límites de lo personal. Incluso del cuerpo ajeno.

Según la última encuesta realizada por el Observatorio contra el Acoso Callejero, las mujeres están especialmente expuestas a ser víctimas de este tipo de vulneraciones en los espacios públicos. El estudio mostró que un 85% de las encuestadas había sufrido acoso versus un 55% de los hombres. Y los eventos masivos son terreno fértil para este tipo de agresiones. Al punto que, durante las celebraciones de Año Nuevo frente a la puerta de Brandenburgo en Berlín, desde el año 2015 se implementa una zona segura para las asistentes. Se trata de un sector resguardado especialmente por personal de la Cruz Roja al que solo tienen acceso mujeres, para así evitar las agresiones físicas de las que eran víctimas.

La psicóloga Camila Chamorro agrega que uno de los fenómenos que se producen en este tipo de situaciones es el actuar bajo la sombra de la masa en formas que no haríamos a plena luz del sol. "Es algo curioso y que se da en las instancias masivas", comenta. "Se puede actuar bajo el alero del grupo porque se cree que, al ser una colectividad, las responsabilidades individuales se pueden obviar".

Pero la especialista aclara que, tal como planteaba Freud en Malestar en la cultura, ser sujetos sociales no nos libera de los componentes individuales de la vida tanto psíquica como real. "Esta idea de anonimato en el actuar que otorgan ciertas instancias masivas, podría ser una explicación a la transgresión de los límites del espacio y del cuerpo de otro", comenta la psicóloga. Lo que ocurre en la masa es que el individuo, para algunos, se pierde de vista. "En otras instancias sociales, en las que el cara a cara es parte de la interacción, esas fronteras se suelen respetar porque está presente el sujeto individualizado como tal".

Y si antes las aglomeraciones suponían un peligro por razones evidentes generadas por el exceso de cercanía física –verse aplastado, pisoteado o toqueteado más de la cuenta– a todo eso ahora se suma una amenaza que no podemos ver. Un virus que pone en riesgo nuestra salud pero que, además, al exponernos también implica poner en riesgo la vida de nuestros seres queridos. Precisamente por esta razón es que una de las primeras medidas anunciadas por la OMS para detener la propagación del Covid-19 fue la suspensión de eventos masivos a nivel global.

Desde las olimpíadas de Tokio 2020 hasta los espectáculos de Broadway, cualquier acto que suponga una aglomeración de personas en un espacio confinado ha quedado suspendido hasta nuevo aviso. Y a pesar de que los gobiernos de los países del mundo se han hecho eco de esa instrucción, a través de las redes sociales han surgido reclamos ciudadanos y hashtags con la palabra #COVIDIOTS para denunciar a quienes, a pesar de las advertencias, no han respetado el distanciamiento social y siguen reuniéndose en grupos masivos en plazas, parques, playas y mercados. Y es que pareciera ser que, aún cuando el riesgo es de vida o muerte, la necesidad de agruparnos es todavía más fuerte.

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