Conocí a mi marido en una cita a ciegas




“Conocí al Feña el año 2014. Venía saliendo de una relación bien tóxica, de esas cuyo elástico cuesta cortar. Además me había cambiado de trabajo hace poco, estaba recién interiorizándome en la pega nueva, conociendo gente y saliendo, pero sin apuro, todo muy normal. En ese tiempo era típico mis amigas solían decirme: “te voy a presentar a un amigo”, pero yo jamás pesqué, porque tenía la impresión de que esas cosas, en mi caso, jamás resultaban.

Recuerdo que una compañera de pega, con quien nos habíamos hecho bien cercanas, me insistió con el tema varias veces. Me decía que me quería presentar a un amigo, también recalcó que ella tenía buen ojo, que era una buena celestina, porque había juntado a varias parejas. Le dije que no varias veces, hasta que un día su propuesta fue mucho más concreta. “Tenemos un matrimonio y mi amigo no tiene con quién ir. Me pidió que te preguntara si querías ser su pareja”, me dijo. Le contesté que sí antes de que terminara la frase, sin pensarlo mucho obviamente, y ante la mirada incrédula de todas las estaban allí sentadas almorzando. Y es que por primera vez, aceptaba su propuesta. “Me lanzo no más”, les dije. No tenía nada que perder, pensé.

Sin embargo, a medida que se acercaba el día del compromiso comencé a arrepentirme. Pensé en el matrimonio y me imaginé la escena de un carrete con todos tomando y lo cierto es que yo no tomo, jamás he tomado, soy súper ñoña, entonces me dio susto esa imagen de todos curados, bailando entre todos y yo sola ahí en un rincón. Ahora me río al pensarlo. Pero en ese momento me incomodaba la idea de ser la nueva, porque él los conocería a todos. “¡Qué angustia, no!”, en qué me metí”, pensé.

Llamé a mi amiga y le pedí que por favor le dijera a su amigo que no iba a poder ir, que tenía otro compromiso o cualquier otra excusa, pero me arrepentí completamente. Estaba segura de que no iría. Mi amiga me dijo que me quedara tranquila, que le iba a comentar. Además me invitó a su casa el viernes de esa semana, porque haría una junta. A eso accedí porque entendí que era una junta con muchos amigos, y que aunque quizás él estaría, ya tendría claro que yo no lo iba a acompañar al matrimonio.

Pero llegó el día de la junta y las cosas no fueron tan así. Primero, estuvimos solo los cuatro –mi amiga, su pololo, él y yo– todo el rato, nunca llegaron otros “invitados”. Nos reímos, hubo buena onda, aunque cuando lo vi entrar no me produjo absolutamente nada, y hasta pensé: “Menos mal que me arrepentí de acompañarlo al matrimonio”. Así avanzó la noche, hasta que dije que me iba, que estaba cansada. Él se paró también y nos fuimos juntos. En el ascensor me dijo: “Oye, gracias por querer acompañarme al matrimonio”. Casi me atraganté con la noticia. Mi amiga no le había dicho absolutamente nada y yo tampoco me atreví a decirle nada en ese momento más que “de nada”, y me bajé del ascensor.

Paso la semana y empecé a prepararme para el matrimonio. Confieso que muy nerviosa. En esos días él me llamó sin una excusa, solo para hablar, y lo que más me gustó fue que sentí que le importaba lo que le decía, que me escuchaba. Antes de cortar me propuso que nos juntemos ese viernes, para conocernos un poco más, porque a todo esto el matrimonio era en Rancagua, entonces la idea era partir un día antes. Él me pasaría a buscar ese día, luego saldríamos y yo alojaría en la casa de mi amiga. Pero ese viernes, cuando ya teníamos todo listo para salir, cerca de las 3:00 de la tarde, me empecé a sentir mal. Pero mal mal, a tal punto que mi mamá me vino a buscar a mi departamento y me llevó a su casa. No pude viajar y me quedé a dormir en su casa, con fiebre. Lo llamé y le dije que tendríamos que suspender la junta de ese día y que además, no sabía si podría acompañarlo al día siguiente al matrimonio. Ahora pienso que somaticé los nervios y toda esta situación, pero recuerdo que me sentía realmente mal. Me llamó a las 11:00 de la noche para saber como seguía y cuando corté mi mamá me dijo que no tenía que viajar, pero yo me sentía comprometida; había sido tan preocupado, que no lo podía dejar solo.

Al día siguiente amanecí como si nada hubiese pasado. Así que le avisé y me pasó a buscar para viajar juntos a Rancagua. Yo seguía nerviosa y creo que él también un poco, porque hasta se le olvidó llevar efectivo para el peaje. Nos reímos de esa situación y de a poco se empezó a distender el ambiente de cita. En el matrimonio conversamos mucho, y me relajé tanto, que a pesar de ser la que nunca toma y que me moría de susto que él se curara y me dejara sola, terminé con algunas copitas de más. Bueno y entre la música y la euforia del momento, nos dimos nuestro primer beso en la pista de baile.

Al otro día no sabía cómo saludarlo. Me pasó a buscar y cuando íbamos camino a Santiago me contó que uno de sus planes era ir a vivir fuera de Chile. No era un plan lejano, sino que en unos seis meses más. Yo pensé que entonces lo nuestro no tenía mucha proyección y me decepcioné un poco, otra historia más que no funcionaría. Pero seguimos hablando, y no solo eso... comenzamos una relación. Su viaje se volvió un tema tabú entre nosotros porque yo no tenía ningún plan de irme. Pero comenzó a pasar el tiempo y cuando llegó la fecha en la que él tenía que comenzar a postular a las becas, encaró el tema. Y fue súper lindo, porque me di cuenta de que al comienzo, la primera vez que me mencionó lo de su viaje, yo me puse como una ostra básicamente por la experiencias previas que había tenido; pero ahora era distinto, más allá de que nunca hablamos de irnos juntos yo siempre sentí que para ambos era una posibilidad, solo que no lo habíamos transparentado. Le dije: “invitame a tu viaje”, y él se sorprendió y alegró mucho. Se había quedado con la idea de que yo no me iría, pero yo no me habría ido sola o con alguien con quien no me sintiera segura, pero con él si me sentía.

Vivimos un año en Barcelona, a la vuelta adoptamos a nuestro cachorro, el Xavi, un perro-hijo que nos acompañó durante cuatro años y este año, hace seis meses, se sumó a nuestra familia nuestra primera hija, Lourdes. Ahora miro hacia atrás y lo que más me gusta de nuestra historia es que al ser una cita a ciegas, jamás me imaginé donde iba a llegar. Pero funcionó y hoy somos muy felices juntos.

Constanza Toledo tiene 39 años y es periodista

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