Dejé de perseguir una ilusión y encontré el amor




“Con mi ex duré 10 años de pololeo: desde los 15 a los 25. Fue una historia de amor sana, linda, que comenzó justo cuando comenzaba nuestra adolescencia. Crecimos juntos y nos acompañamos en momentos importantes como el término del colegio y el ingreso a la universidad. Cada hito en la vida del otro, la vivíamos juntos, y así pensé que sería por el resto de la vida; que juntos también armaríamos nuestra casa, que tendríamos hijos, que los veríamos entrar al colegio juntos. Pero nada de esto pasó. Cuando él egresó de la universidad, comenzó con el plan de seguir estudiando fuera del país. En realidad ese plan estuvo siempre, pero yo todo ese tiempo pensé que sería uno más de la lista que viviríamos juntos. Nunca lo conversamos mucho porque en realidad, hasta ese minuto, era un sueño más que un plan concreto. Pero se transformó en eso. Un día recuerdo que nos juntamos a comer, como siempre, y él me contó que ya estaba mirando algunas universidades, y que su amigo Diego, que se había ido un año antes, lo podría recibir al comienzo. A medida que avanzaba esa conversación fui entendiendo que yo no era parte de ese plan y fue probablemente la sensación más dolorosa que he vivido.

Después de un rato hablando se sinceró. Nos sinceramos los dos. Y es que a pesar del tiempo juntos, la mayor parte de nuestra relación la vivimos siendo unos adolescentes; no habíamos tenido la necesidad de enfrentarnos a conversaciones difíciles, trascendentales. Eso ocurrió ese día. Él me dijo que yo era la persona más importante en su vida, que estaba feliz y agradecido del tiempo juntos, pero que era necesario –para él y para mí– vivir experiencias solos. Me dijo también que eso era natural y sano, pues era tiempo de que cada uno descubriera sus propios intereses y necesidades. En algún punto le encontré razón, porque mi plan no era, por ningún motivo, seguir estudiando fuera. A mí me quedaba aún un año de carrera y –como soy del área de la salud– algunas prácticas largas. Pero más allá de lo racional, para mí este era un golpe emocional profundo. Había proyectado mi vida con él y de pronto todo eso temblaba. Y no digo que se derrumbaba, porque como nuestro término no fue por “algo malo”, yo lo acepté con la secreta ilusión de que la vida nos volvería a juntar. No fue eso lo que acordamos, pero tampoco cerramos esa puerta.

Seis meses después de esa conversación, él tomó el avión. Al comienzo –como suele ocurrir– hablábamos un montón. Me llamó apenas aterrizó, cuando llegó al departamento; me enviaba fotos de los lugares que iba conociendo. Yo también le hice un ‘en vivo’ cuando llegué a mi primer día de práctica, un internado fuera de Santiago. Cada uno estaba haciendo su vida, descubriendo sus propios intereses, como él me lo planteó. Pero yo no podía despegarme de esa ilusión de seguir juntos. No dejaba de pensar en el día en que él volviera: que tal como esa madrugada lo dejé en el aeropuerto, llegaría el momento en que lo iría a buscar para seguir nuestra vida juntos.

Esa ilusión duró dos años. Al comienzo fue una emoción dolorosa por la distancia, pero en algún punto positiva, porque mantenerme atada a ella me permitía no vivir el duelo de la pérdida. Un dolor que me asustaba y prefería evitar. Pero finalmente vivirlo o no, no era una decisión. Ese duelo llegó a mi vida solo, cuando entendí que no podía seguir esperando que él volviera, que ese no era el plan, era solo una posibilidad. Las llamadas, mensajes y ‘en vivos’ comenzaron a hacerse cada vez más distantes. El horario tampoco ayudaba. Pero no sería justo que le echara la culpa al horario, porque lo cierto es que el interés por el otro fue el que comenzó a menguar. Incluso el mío. Y no es que no lo quisiera, pero él ya no me entregaba lo que yo necesitaba para estar bien y feliz, yo solo estaba viviendo de una ilusión. Y mis amigas me lo decían siempre: ‘tienes 27 años, no puedes quedarte pegada en una fantasía’. Me invitaban a salir y conocer gente, pero yo me negaba. A pesar de ser cada vez más consciente del delirio que significaba perseguir una ilusión romántica, me costó mucho salir de ella. Pensaba que ninguna historia podría ser como la nuestra, que nunca volvería a encontrar el amor.

Pero paradójicamente por perseguir una ilusión romántica casi me quedo sin la oportunidad de encontrar el amor. Una noche de verano, en la que una de mis amigas festejaba sus 30 años con una gran fiesta en la parcela de sus papás, coincidí en la fila para entrar al baño con un chico. Fue una situación incómoda, pues no nos conocíamos pero estábamos los dos solos, ahí en la fila, y entonces no decir nada resultaba extraño. Así que nos pusimos a hablar. Y seguimos en eso el resto de la noche. Ese día nos dimos nuestros contactos y a la semana siguiente salimos por primera vez: fuimos al teatro y luego, como cerraron el restorán que estaba cerca, terminamos comiendo un sándwich en un carrito de camino a mi casa. Podría haber pensado que eso arruinaría la cita, pero ese ‘fake’ me hizo ver un lado de mí personalidad que no conocía: con él me sentía relajada, no importaba si las cosas funcionaban o no, si hacíamos planes o no, solo importaba el presente. No estoy tan segura de si fue su personalidad la que me hizo sentir así o el hecho de haber vivido por tanto tiempo pensando en el futuro, atada a una ilusión, lo que ahora me estaba llevando a disfrutar el presente.

Así seguimos hasta el día de hoy –ha pasado poco más de un año–. Y me sigo sintiendo igual de feliz. Nuestra relación es sincera y relajada; nos queremos mucho y nos acompañamos, pero sin esa presión por cumplir un rol, sin la tensión que se genera cuando hay que ir viviendo los hitos que la sociedad establece para las parejas. Tampoco tenemos la intensidad de la adolescencia. Y con esto no quiero decir que esta relación sea mejor que la que antes tuve, al contrario, son etapas distintas. Y por eso le agradezco a mi ex haber tomado la decisión de partir y con eso habernos regalado la posibilidad de crecer como personas, de vivir otras experiencias y, en mi caso, dejar de ver las relaciones de pareja como una ilusión romántica de la princesa que espera a su príncipe para siempre”.

Violeta Herrera tiene 28 años y es enfermera.

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