Parto esta columna con una experiencia personal. Hace unos años, luego de dar una entrevista y compartirla por redes sociales, recibí un mail anónimo agrediéndome por lo que decía, remarcando mi género y cómo me atrevía a dar una opinión. No lo podía creer. No podía creer que alguien se inventara una cuenta y tomara varios minutos de su vida, para violentarme.

Esta idea, siendo yo una persona desconocida, me perturbó durante mucho tiempo y compartí con mujeres con cierta connotación en activismos, periodistas, básicamente mujeres con opinión. Muchas de estas mujeres me dijeron que “no pescaban”, que habían eliminado sus cuentas y sólo un par, estaban indignadas.

Pienso en una entrevista que le hicieron a la escritora Mariana Enríquez donde abordó el tema de tener que cerrar su cuenta de twitter por el odio recibido por apoyar a otra escritora.

Es lícito que nos critiquen por nuestro trabajo, pero no anónimamente. Menos aludiendo a tu género.

Todo esto me llevó a la pregunta ¿Qué pasa con las redes, qué pasa con los trolls?

En Chile, de acuerdo al estudio Violencia de Género en Internet de la Fundación Datos Protegidos, un 88% de las mujeres ha sufrido violencia online. Dato aterrador a mis ojos.

La violencia en internet contra las mujeres es una particular forma de violencia de género y fija su atención en las mujeres que tienen visibilidad pública. De acuerdo a la abogada Laia Serra en colaboración con la revista Pikara, el abuso en línea con mujeres comunicadoras, periodistas y activistas, se convierte en un ataque directo de la visibilidad de las mujeres y su plena participación en la vida pública. Estas violencias digitales apuntan a mujeres que luchan por sus derechos, tildadas de feminazis (popularizado por Rush Limbaugh, conservador estadounidense), que vuelvan a sus casas, activistas que lideran reivindicaciones feministas, que cuestionan los roles de género. Estas agresiones no sólo quedan en el mundo online, sino que se extiende a violencia offline. Por lo mismo, algunas mujeres han optado por abandonar el mundo digital, pero también han optado dejar de participar en otros espacios públicos. Sin embargo, puntualizo que esa desaparición no es una elección, si no que un acto de autocuidado.

Desde la aparición de las redes sociales se ha debatido mucho en relación con la libertad de expresión ¿Es libertad de expresión que una persona anónima con candado diga lo que se le dé la gana solo por tener internet y no estar de acuerdo?

Asimismo, hemos generado la idea de que lo que sucede en las redes es inocuo, ya que como es digital, es un juego y no provoca daño, como no es una cachetada, no duele. La agresión en redes en general se da a goteo, pero es constante y no para. A veces, las personas que reciben este odio, creen que ya pasó, hasta que se reaviva la llama y vuelven a aparecer los ataques, sin olvidar, todo el daño que arrasa con la salud mental.

La violencia digital incide en los ya famosos discursos de incitación al odio, la reclamación verbal y que muchas veces se traduce en acciones físicas.

En las conversaciones con mujeres troleadas, ha coincidido la idea de sentirse paralizadas frente a estas incitaciones al odio, sobre todo porque no se sabe qué pasará ¿Será que la amenaza se hará realidad? ¿Cómo se vive con esa incertidumbre?

Por lo pronto, yo entendí que seguiré dando mi opinión (a pesar de) ser mujer.