Las lecciones de los últimos profesores normalistas

Por 150 años las escuelas normales fueron las encargadas de formar a los profesores de enseñanza básica en Chile, hasta que cerraron en 1974. Aunque pocos, aún quedan profesores normalistas que siguen haciendo clases y pronto jubilarán. Hoy, cuando el proyecto de la nueva carrera docente ha estado al centro del tapete, estas son las lecciones que dejan.




Paula 1184. Sábado 10 de octubre de 2015.

Es un lunes frío y la escuela Pedro Prado está vacía, no se ve ni un alma. Solo en una de las últimas puertas amarillas del sector de enseñanza básica se escuchan voces, a lo lejos. Una de ellas es la de Miriam Leiva (74), una mujer con surcos en su piel trigueña que está sentada junto a dos niñas de unos 8 años, ambas miran concentradamente un cuaderno con caligrafía perfecta. Desde hace unos meses, Miriam les está enseñando a leer.

La escena ocurre durante el último paro de profesores y en la escuela Pedro Prado, de la comuna de Lo Prado, no hay clases desde hace un mes. Pero Miriam sigue yendo cada día a enseñarles a los niños con más dificultades que vienen a adelantar contenidos.

La profesora tiene 50 años de experiencia y un efectivo método de enseñanza: que cada niño aprenda a su propio ritmo. Cuando tiene clases normales, sienta a los 18 estudiantes de su sala, en tres filas: a la derecha están los que tienen mejores notas o "avanzados", al centro los medios o "normales" y a la izquierda los niños con más dificultades o "lentos". Miriam nunca se instala en la mesa del profesor, siempre está al centro, cerca de todos. Le enseña al primero de los más avanzados para que él después le explique a su compañero y éste al siguiente. Solo los más lentos aprenden ejercicios individuales de acuerdo a sus mayores deficiencias. Algunos terminan este taller extracurricular de lenguaje a los tres meses y otros pueden tardar el año entero.

–Cada niño tiene una llave con la cual se abre su puerta que no es igual a la de los otros. Les puedes enseñar parejo a los niños medios, pero hay un grupo, los avanzados y los lentos, a los que es imposible darle el mismo contenido, –explica la profesora.

Miriam nació en Chuquicamata y entró a la Escuela Normal Superior del Espíritu Santo en Antofagasta. Aunque desde niña fue hiperactiva, disléxica y zurda, se destacó en todos sus cursos, y lo que aprendió, asegura, la marcó para siempre.

–En la escuela normal no solo te daban contenidos, te enseñaban cómo enseñar; nuestro foco era que el niño aprendía haciendo, en la práctica. Hoy los proferores son catedráticos,  saben al revés y al derecho trigonometría y cálculo, pero no saben traspasar esos conocimientos. Esa era la diferencia.

Recuerda que parte de su formación como profesora incluyó cursos de música, tejido, caligrafía, modales y cortesía, incluso fue preparada para pintar una escuela y hacer un foso séptico.

–Eran cosas necesarias; mi práctica la hice en una escuela rural donde a los niños les tenía que sacar hasta los piojos.

Miriam está próxima a jubilar y es una de las pocas profesoras normalistas que todavía hace clases en aula.

EL PROBLEMA BASE

Las escuelas normales surgieron en 1842 –durante la presidencia de Manuel Bulnes– con la fundación de la Escuela Normal Superior José Abelardo Núñez en Santiago. Su primer director, Domingo Faustino Sarmiento, escritor y político argentino, fue también presidente de la nación trasandina en 1868.  Esta institución, que formó profesores de enseñanza básica o primaria, fue la primera de su tipo en Chile y la más antigua en Hispanoamérica.

La formación normalista buscó mejorar el déficit educativo de la época y llegar a los sectores más vulnerables y rurales.Posteriormente, se fundaron más escuelas en Santiago y en regiones, entre ellas Iquique, Antofagasta, Copiapó, La Serena, Viña del Mar, Curicó, Talca, Victoria, Chillán, Valdivia, Angol y Ancud.

Si bien  la mayoría de las escuelas normales eran internados públicos, también se crearon escuelas privadas manejadas principalmente por congregaciones religiosas o universidades.

El cierre de las escuelas normalistas se realizó en 1974

por un mandato de la dictadura militar. De ese momento en adelante, la carrera pasó a estar a cargo exclusivamente de las universidades.

Fernando Vicencio, presidente de la Asociación Nacional de Normalistas de Chile, asegura que el profesor normalista tenía una mística inigualable:

–Su formación profesional se basaba en la rectitud, desde tener una presentación personal perfecta hasta una dicción y vocabulario intachables. Eran estrictos pero a la vez cercanos, comprometidos con sus alumnos. Los normalistas más que enseñar daban valores formativos y mecanismos de estudios. Además, esta profesión era una solución para las familias de bajos recursos, su educación era gratuita y otorgaba una fuente laboral segura.

–En todas las escuelas o liceos los tres mejores alumnos del curso postulábamos para el examen de admisión de las escuelas normales, que era muy duro. Aparte de las pruebas escritas, físicas y sicológicas nos hacían cantar y tocar frente a una audiencia. Cuando entrábamos teníamos 12 años, éramos unos niños, –afirma Fernando Vicencio.

La  Asociación  Nacional de Normalistas que Vicencio preside actualmente agrupa a 30 mil profesores, la mayoría de ellos eméritos. Sin embargo, no cuentan con registros oficiales sobre cuántos docentes normalistas están actualmente trabajando en las aulas.

Miguel Gimeno, profesor e investigador de la Usach, y encargado de proyecto José Abelardo Núñez (JAN), que busca acercar a los universitarios con la historia normalista, afirma con propiedad que para muchos los normalistas fueron los mejores profesores que se han formado.

–Siempre hubo una alta estima hacia su labor, incluso en los campos la máxima autoridad era el alcalde, el cura y el profesor. Eran otros tiempos donde se valoraba la educación docente.

Fernando Vicencio, de la Asociación Nacional de Normalistas, agrega:

–Nosotros nos juntamos para mantener el normalismo vivo y para transmitirles a las generaciones actuales las buenas prácticas que desarrollaban nuestras escuelas. La asociación, aparte de recordar una parte importante de la historia nacional, también busca ser un referente en la discusión educativa actual, especialmente en la reforma que se está llevando a cabo.

Sobre esto, tienen más de una crítica.

–Un pedagogo básico no es el que sabe más matemática ni castellano, es el que recibió técnicas de enseñanza para entender al niño que tiene en frente y acompañarlo en sus diferentes etapas de desarrollo. Así nos enseñaban a nosotros, éramos los segundos papás o mamás de nuestros estudiantes. El problema base de ahora es que las universidades no están haciendo esto, los profesores que egresan pueden tener una gran dominio de la materia pero no saben cómo llevar esos conocimientos a los niños, –asegura Vicencio.

HACER PATRIA

En la escuela municipal rural de Manao en Chiloé, hay once niños de cuarto básico que escuchan atentos, en una sala de madera barnizada, al profesor Nelso Cárdenas (66), quien explica la función del encéfalo. Los niños tienen su libro y cuaderno abiertos. No hay un solo papel botado ni una mesa rayada. En la pizarra está escrita la definición de diccionario del encéfalo en una letra manuscrita perfecta. Los niños hacen preguntas con una excelente dicción, pese a que solo están en cuarto básico. Y el profesor, que tiene la jefatura desde primero básico, responde sus dudas una a una.

La escuela municipal de Manao es nueva y forma parte de la reconstrucción que realiza el Estado a los establecimientos públicos de la isla. Alberga a 102 alumnos, la mayoría hijos de trabajadores de las salmoneras provenientes de familias en riesgo social. Y es de las pocas escuelas de la isla que cuenta con calefacción geotérmica, computadores, instrumentos musicales y un gimnasio equipado. Una infraestructura muy superior a la casona de tablas de madera, que se goteaba con la lluvia, donde antes funcionaba.

El profesor Nelso Cárdenas trabaja en la escuela municipal de Manao junto a su esposa, Cándida Oyarzún (62), quien es la inspectora general. Ambos son profesores normalistas.

Cándida y Nelso se conocieron en la Escuela Normal Rural de Ancud cuando ambos estudiaban Pedagogía. Ella, hija de campesinos, entró a los 12 años para tener un mejor futuro. Nelso, proveniente de una antigua familia de docentes, ingresó al terminar el liceo. Al poco tiempo se hicieron amigos, luego novios y ya cuando Cándida empezó su práctica profesional a los 21 años, estaba embarazada. Ahora llevan 42 años de matrimonio, casi el mismo tiempo que tienen ejerciendo.

El profesor Nelso Cárdenas y la inspectora Cándida Oyarzún trabajan en la escuela rural de Manao, en Chiloé.

–En las escuelas normales nos preparaban para el campo, nos enseñaban cestería, a tener huertos, a carnear cerdos. Pero también se daba otra cosa: yo viví nueve años internada y mis compañeras pasaron a ser mis hermanas. Incluso a los profesores les decíamos la mami y el papi, –dice Cándida mientras mira por la ventana de su oficina que da a la antigua escuela. Afuera hay tres grados de temperatura, está a punto de llover.

–La escuela siempre fue una familia, –sentencia Nelso, quien ya terminó su clase y se sienta cerca de ella. Como en la mayoría de sus conversaciones, ambos siempre se terminan las frases.

Las dificultades abundaron cuando estos dos profesores comenzaron a trabajar en Manao durante los 70. En ese tiempo, Cándida esperaba a su primer hijo y vivían de allegados en la casa de sus suegros. El sueldo era tan mínimo que ni siquiera podían tomar el bus, por eso los dos andaban más de diez kilómetros por un camino de tierra para llegar a la escuela, a veces hacían dedo a los camiones que llevaban mariscos, terminaban hediondos y mojados.  Eso cambió cuando se construyeron una casa de alerce con sus propias manos al lado de la escuela, en donde han vivido por décadas.

Cándida y Nelso jubilarán este año después de enseñar a generaciones de chilotes, y aunque aseguran que se van satisfechos con sus logros, saben que la enseñanza actual tiene serios problemas, tanto de fondo como de forma.

–Recién después de 42 años de servicio y trabajando 44 horas semanales, gano un millón 200 mil pesos. Un colega que recién empieza no alcanza a sacar un sueldo de 300 mil pesos. Además, vamos a tener una jubilación bajísima. Lo que ahora falta, y que la actual reforma no está incluyendo, es que la dignidad se haga costumbre. El profesor tiene que recuperar el sitial que le corresponde, y eso no solo pasa por la plata, sino por entregarle una buena preparación. Ahora los docentes dejan mucho que desear porque no los forman como deberían, –asegura Cándida.

Una de las principales características de los normalistas era su preocupación por los sectores rurales. La gran dificultad para los profesores que llegaban a estos lugares era romper el círculo de la pobreza, aun cuando no tenían más ayuda que sus propios conocimientos. Así lo asegura Romelio Erices (65), quien hizo sus primeras clases en pueblos de la Araucanía durante los 70. Egresado de la Escuela Normal Rural de Angol, Romelio lleva 46 años  trabajando en aula y hace ocho es director de la Escuela Rural Patricio Lynch, a 15 kilómetros al sur de Victoria. Un 75% de sus alumnos es mapuche, gran parte es vulnerable o tiene alguna discapacidad, pero para este profesor los problemas actuales son mínimos comparados a los de antes. En su colegio hay buena infraestructura, implementación tecnológica y un equipo de profesionales que ayudan a los pequeños con dificultades.

Una de las principales preocupaciones de los profesores normalistas, era llevar la enseñanza a los sectores rurales. Nelso Cárdenas (en la foto) es profesor de básica en la Escuela Rural de Manao. Jubilará este año luego de formar a varias generaciones de chilotes.

–Empecé a trabajar en una escuela a 54 kilómetros de Traiguén que era una pieza prestada que se usaba como capilla, tan lejana que solo bajábamos a la ciudad una vez al mes y nos demorábamos nueve horas a caballo. Con otros profesores éramos los únicos y nos turnábamos; incluso les hacíamos el almuerzo a los niños en el patio porque no había cocina. Ni siquiera tenían cuadernos, lápices o pizarrón, –recuerda.

Durante esos tres años, Romelio junto a otro profesor, construyeron lo que sería la futura escuela con madera donada por los apoderados. Como buen normalista siempre trabajó fin de semana y después de clases, su labor no tenía descanso. Incluso ya en los 80, en otra escuela de la Araucanía, aprendió mapudungún para comunicarse con los niños que no sabían español.

–El profesor normalista se mantenía trabajando en las condiciones que fuera, lo hacía con sacrificio, porque fue formado así. Ahora a los profesores les falta esa mística, ser esa persona que llega a la comunidad y a la pobreza. La educación actual está en crisis y la carrera docente está entrampada en la forma que se va a llevar adelante. Está en juego el futuro de miles de profesores jóvenes que reciben una educación fría que solo otorga conocimientos, pero que no enseña a valorar a los demás. Tiene que haber un cambio en la formación pedagógica, –explica Romelio, quien jubilará este año.

ELEGANCIA Y MÍSTICA

Todos los lunes Leonor González llega perfectamente maquillada, peinada y con su delantal verde a clases en el colegio Neptuno de Cerro Navia. Su personalidad y desplante la hacen ver más joven, tiene 62 años pero aparenta por lo menos una década menos. La sala de su jefatura, un séptimo básico, siempre está limpia: jamás empieza una clase si hay un papel en el suelo o si los alumnos no están con su uniforme. Tampoco sin que los niños lean en silencio y luego lo hagan delante de todos sus compañeros. El colegio Neptuno es el único establecimiento municipal con excelencia académica en Cerro Navia, según el Sistema Nacional de Evaluación de Desempeño de los Establecimientos Subvencionados (SNED) que realiza el Ministerio de Educación.

Parte de los alumnos de este colegio vienen de familias disfuncionales en donde la droga, el alcohol y el abandono son protagonistas. Leonor lo sabe bien, trabaja ahí desde hace 21 años y ejerce hace 46 en la misma comuna, por eso es capaz de identificar con una mirada cuando alguno de sus alumnos tiene un problema.

Leonor entró en kínder a la Escuela Anexa, se les llamaba así a los establecimientos que quedaban junto a las escuelas normales y donde muchos de sus estudiantes hacían la práctica profesional. Proveniente de una familia de profesores, no fue sorpresa que a los 12 años siguiera sus estudios en la Escuela Normal de Recoleta.

–Los normalistas eran muy rigurosos, desde la presentación personal hasta cómo modulaban y escribían. Ahora son más libres, más light, si van con una coleta y zapatillas nadie les dice nada. En cambio, nuestros profesores tenían una elegancia única, nosotros teníamos que reflejarnos en ella y seguir su línea, –recuerda.

Leonor sabe que su formación fue un privilegio que terminará cuando jubilen los últimos normalistas hoy en ejercicio, y por eso se esfuerza hasta el día de hoy, para que sus alumnos tengan lo que ella tuvo: una buena educación. Su escuela estuvo en paro dos meses y parte sus mejores alumnos se cambiaron a colegios subvencionados. Los que se quedaron, tendrán que recuperar clases hasta enero. Sin embargo, Leonor sabe que el sistema necesita empezar de cero.

"Todos merecen que se les enseñe como a nosotros nos enseñaron: con una educación gratuita y de calidad. por eso estoy de acuerdo con mejorar la educación chilena", afirma la profesora Leonor González (62), quien hace clases en el Colegio Neptuno de Cerro Navia.

–Es muy justo que se dignifique nuestra profesión y, si hay que hacer ruido para eso, lo entiendo. El profesor básico está muy mal mirado y muy mal pagado. Todos merecen que se les enseñe como a nosotros se nos enseñó, con una educación gratuita y de calidad, por eso estoy de acuerdo con hay que mejorar la educación chilena, –sentencia Leonor, quien está a meses de jubilar.

La reforma educacional preocupa hoy a los normalistas, pero no han sido protagonistas del debate.

–Tomamos como un deber ético transmitir a las nuevas generaciones y a los gobernantes aquellas características de la formación normalista que son adecuadas para lo que está pasando ahora. Nosotros tuvimos educación pública, gratuita y de calidad, por eso cuando se mencionan esas tres características sabemos que somos los mejores representantes de eso, –asegura Fernando Vicencio de la Asociación Nacional de Normalistas.

Explica que la asociación envió una carta y se puso a disposición de las mesas de trabajo de las dos cámaras y del Ministerio de Educación para compartir su experiencia. Pero –asegura– no recibieron respuesta ni fueron convocados.

–Tenemos una comisión de estudios que elabora documentación y propuestas para mejorar la formación de los profesores básicos. Hemos dicho hasta el cansancio que las universidades no son capaces de formar como lo hacían las escuelas normales, la realidad lo ha mostrado. Solo queremos ayudar con nuestra experiencia, ya sea dentro o fuera del aula. ·

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