Llamar al 141, el servicio telefónico de la hora y temperatura de CTC




Buenos días, la hora exacta: 8:45. La temperatura: 12 grados. Gracias por llamar. La voz de un hombre, que siempre imaginé como un viejo muy culto e inteligente, era la encargada de informar la hora y la temperatura cuando en los ’90, los niños y niñas como yo caíamos en la tentación de llamar al 141.

No sé bien qué edad tenía ni cuánto tiempo estuve enganchada de este servicio, pero tengo la sensación de que no fue poco. Recuerdo despertarme y llamar. Salir de mi casa al colegio, y llamar. Llegar a mi casa del colegio y llamar. Sacarme el uniforme y llamar. Comer y llamar. Irme a acostar y llamar. Y es que estaba todo el día llamando para saber qué hora y qué temperatura era.

Recuerdo veranos, de esos calurosos en los que había que inventar juegos para no aburrirse, en los que también llamaba y me sorprendía por las altas temperaturas. Me acuerdo de hacerlo también en inviernos helados y lluviosos. Pero sobre todo me acuerdo cuando llegaba fin de mes y mi papá -que es alguien de muy buen carácter- me retaba, indignado, diciendo: “hasta cuándo te he dicho que dejes de llamar al 141”. Y es que aunque no tengo claro si es cierto o solo un mito, según me explicaban, cada llamada costaba 100 pesos, precio bastante alto para la época. Pero no había caso. A pesar de que entendía que no debía, solo le podía contestar: “es que no puedo dejar de llamar”. No tenía más argumentos. Ninguno, en realidad.

En esa época, obviamente, también existían los relojes, pero escuchar la voz de ese señor me generaba una calma que nada más lograba y, al mismo tiempo, una suerte de inquietud al darme cuenta de que nunca una llamada era igual a la otra. Que era todo parecido, pero siempre cambiada. Siempre avanzaba.

Hace unos días, cuando se me vino a la cabeza la voz de este señor al que cuando chica llamaba para que me dijera la hora exacta y la temperatura, le escribí a mi papá y a mis hermanos preguntándoles si también se acordaban del 141. Saqué risas en el chat familiar, incluso de mi papá, que un rato después me dijo: “todavía me debes cientos de miles de pesos por esa gracia”.

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