Los reyes: Aprender del mundo no humano

Esta semana en Ondamedia se estrenó Los reyes, una película que invita a observar de manera contemplativa, sin juicios ni conceptos culturales, la vida de dos perros callejeros y todo el ecosistema que los rodea. ¿Es posible empatizar con un mundo no humano? ¿Podemos formar parte de un sistema de relaciones naturales sin ser, como siempre, los protagonistas?




Chola y Fútbol, dos perros quiltros callejeros, son los protagonistas del documental Los reyes de los realizadores Iván Osnovikoff y Bettina Perut, que ahora está disponible de forma gratuita por Ondamedia tras el éxito que tuvo en diferentes festivales de cine. Cuando en el afiche de una película vemos a un animal sin ningún elemento humano, inmediatamente pensamos que será un documental de National Geographic, con un narrador omnisciente explicando cada conducta del animal y cada fenómeno natural en relación a su mirada antropocéntrica. Pero lo que intentaron hacer los realizadores es justamente lo contrario: no imponer una moral humana sobre los comportamientos de otros seres y explorar su ecosistema sin la necesidad de entender o explicar todo bajo conceptos culturales.

Los realizadores capturan el mundo de los perros: aprehenden sus códigos, sus movimientos, sus texturas, sus colores, sus comportamientos, sus ritmos. Y una como espectadora o espectador de alguna forma también deviene en perro. Nos sumergimos en la experiencia de percibir como ellos, ver lo que ellos ven, jugar como ellos juegan, sentir la lluvia como ellos la sienten, sin huir del agua ni el frío. Es muy interesante la experiencia de tratar de empatizar con otro ser, y los realizadores de este documental lo llevan a tal punto que el espectador deja de ver la línea entre lo que es humano y lo que no. El mundo animal, el mundo vegetal, la tierra, el agua, el cemento, el sol, las personas. Todo entra dentro de un mismo ecosistema que en realidad no es nada del otro mundo: solo un skatepark de Santiago.

Mirar nuestro entorno sin ojos humanos nos obliga a abandonar el juicio y entregarnos a la contemplación. Personalmente, durante mi cuarentena he convivido intensamente con mi gato y mis plantas y he aprendido cosas inesperadas de sus mundos. Con mi gato Shinji cada vez siento que puedo empatizar más sin necesidad de entenderlo desde una mirada antropocéntrica. Solo lo observo e intento aprender sobre su forma de relacionarse con el entorno. Shinji no obedece a nadie, no cambia sus conductas según mis deseos como humana y sigue su corazón, sus instintos, de manera salvaje, aún estando domesticado y en un espacio reducido. Es sumamente contemplativo, sabe perfectamente cuáles son los momentos en que llega el sol por la ventana y dónde tiene que estar para captarlo. Puede quedarse horas contemplando una planta y busca, en cualquier rincón, el calor o el frío dependiendo de cómo se sienta. A veces lo único que quiere es jugar y perseguir una chinita, otras solo mirar cómo se mueve y hasta le permite subir por sus patitas.

De mis plantas he aprendido la calma. Están siempre presentes, sin noción de las horas, dejándose afectar por los rayos del sol y el viento, sin la obligación de ser productivas y constantemente en relación con otras plantas e insectos. Es impresionante todo lo que sucede en mi pequeño balcón. Todos los días aparecen hojitas nuevas, se asoma el botón de una flor o en algún macetero con tierra vieja comienza a crecer de la nada una suculenta. La capacidad de renovación y transformación de las plantas me sorprende: se adaptan al clima, a las condiciones de agua y luz, resisten el frío –incluso parecen morir o hibernar como mi cedrón cada invierno– y luego emergen nuevas. Son ejemplos de resiliencia.

Mi pequeño departamento lo estoy viviendo como un verdadero ecosistema, en donde sus componentes vivos e inertes conviven y forman redes entre sí. Las chinitas han colmado mi balcón y han ayudado a que una plaga de pulgones desaparezca. Mi compost se ha llenado de microorganismos y hongos que generan tierra nutritiva para las plantas. Un picaflor a veces nos visita y ya conocemos los horarios en que las cotorras se posan en la palmera de al frente y los tiuques bajan desde el techo de mi edificio.

“Creo en el mundo como en una margarita, porque lo veo. Pero no pienso en él. Porque pensar es no comprender… El mundo no se hizo para que lo pensáramos (pensar es estar enfermo de los ojos), sino para mirarnos en él y estar de acuerdo”, dice Fernando Pessoa bajo su seudónimo Alberto Caeiro. Los reyes es justamente eso: la observación de un ecosistema vivo sin la intención de explicarlo en palabras. Y en este ecosistema, rodeado de cemento, todos sus organismos conectados en red influyen al otro y permiten su existencia. Nosotros, los humanos, somos solo unos participantes más del entramado, pero no sus protagonistas. Mejor aprender a contemplar sin juicio como lo hace un gato, renovarse con calma y paciencia como las plantas, cautivarnos con una piedra como lo hace un perro, dejar que la lluvia caiga y nos moje sin huir de ella, sentir el pasto y el viento, observar cómo crece esa margarita.

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