Lugares de la memoria

Bajo el título El sitio, el artista chileno Pablo Ferrer (38) exhibe más de 25 pinturas que reproducen espacios que alguna vez habitó o visitó y que quedaron registrados con mucha intensidad en su archivo mental. Son imágenes que llegan desde su memoria a la tela, teñidas por la atmósfera subjetiva del recuerdo. Entre el 6 y el 30 de agosto en el Museo Nacional de Bellas Artes.




Paula 1177. Sábado 4 de julio de 2015.

Bajo el título El sitio, el artista chileno Pablo Ferrer (38) exhibe más de 25 pinturas que reproducen espacios que alguna vez habitó o visitó y que quedaron registrados con mucha intensidad en su archivo mental. Son imágenes que llegan desde su memoria a la tela, teñidas por la atmósfera subjetiva del recuerdo. Entre el 6 y el 30 de agosto en el Museo Nacional de Bellas Artes.

En 2004 Pablo Ferrer irrumpió en el medio artístico chileno con cuadros de grandes formatos que desplegaban complejos universos, citando de manera irónica escenas de la historia del arte o creando situaciones ficcionales entre extrañas y absurdas. Su trabajo reinyectó energía al lenguaje de la pintura; innovó en los motivos y narrativas sin apartarse del canon pictórico, en el que demostró mucho virtuosismo: brillos, sombras, luces, texturas y colores se orquestaban con gran potencia sensorial en su obra.

En ese entonces, el artista utilizaba figuritas de juguete y otros elementos (con los que él mismo había jugado de niño), además de toda clase de materiales con los que construía maquetas donde representaba sus escenas. Luego las registraba en fotografía, para después llevarlas a la pintura. La fotografía era la manera en que esos mundos inventados se convertían en modelos que, traspasados al cuadro, adquirían una dimensión gigante, exacerbando los detalles y artificios de la elaboración de la maqueta.

En el intertanto, Ferrer experimentó con video y otras formas de construir relatos visuales, pero el recorrido lo llevó de vuelta a la esencia de la pintura, anterior a cualquier argumento o narración.

Si bien en esta oportunidad ferrer no utilizó maquetas para sus pinturas –como lo hizo en trabajos anteriores– sí construyó la réplica de un edificio en el que combina distintos espacios de su memoria. realizada en cartón piedra, mide 3 x 2 x 1,5 metros y será mostrada como una escultura en la exhibición del museo nacional de bellas artes.

Hoy, cuando se prepara para exhibir en el Museo Nacional de Bellas Artes una muestra muy diferente a su trabajo inicial, está sumergido en una investigación profunda sobre su relación personal con el lenguaje y el oficio pictórico. Aún mantiene esa curiosidad por los espacios, esa observación atenta respecto de cómo se arman y se construyen, pero lejos de la seductora invención, ahora pinta imágenes muy elementales, que provienen de su recuerdo biográfico: edificios, comedores, sitios eriazos, vistas por una ventana, dormitorios, rincones, cielos, paisajes urbanos en los que vivió, caminó, se detuvo o simplemente avistó. Y ya no está trabajando a partir de maquetas ni de fotografías: pinta "de memoria" su propia memoria.

Pablo Ferrer

"No estoy haciendo algo inteligente o irónico, sino que me estoy acercando a la pintura de manera más directa. Estoy permitiéndome trabajar sin un argumento externo que me justifique y entonces utilizo imágenes que no pretenden sorprender, simplemente son mis materiales. Hay tantas razones para no pintar, en cambio razones para pintar casi no hay ninguna. Uno podría desmotivarse, hacer otra cosa… Entonces, si uno va a pintar, hay que hacerlo con cuestiones que para uno tengan sentido", dice.

"No estoy haciendo algo inteligente o irónico, sino que me estoy acercando a la pintura de manera más directa. ahora estoy permitiéndome trabajar sin un argumento externo que me justifique y entonces utilizo imágenes que no pretenden sorprender, simplemente son mis materiales", dice Ferrer.

Más parcas y austeras, pálidas pero también luminosas: las pinturas que exhibirá Ferrer en agosto muestran espacios interiores y exteriores que remiten a una ciudad real, pero pasada por el cedazo de la memoria que olvida cosas y agrega otras, configurando su propia versión de las experiencias y visiones. Pero también tienen algo lejano, por la época, ya que muchos de esos recuerdos corresponden a la infancia del artista, en los años 80, que transcurrió principalmente en el sector de Ñuñoa. Los espacios exteriores están pintados al óleo, y muestran un Santiago que aún no estaba invadido de edificios, donde el cielo todavía era más azúl y había muchos lugares residuales, sitios vacíos y misteriosos, a los que los niños iban a jugar. "Yo tengo grabados con mucha intensidad esos lugares, las panderetas, la piscina, el hoyo en la tierra. Me acuerdo de la luz, de los colores, de la atracción de esos espacios que estaban como en la nada, en los bordes, desde los cuales uno miraba la ciudad y entendía que era algo totalmente construido", dice Ferrer.

Still live N° 15. 300 x 180 cm. Óleo sobre tela, 2007.

Los interiores, en cambio, están realizados en témpera, y también hablan de un Chile más lento y silencioso: una mesa de madera, una manta, una ventana, un utensilio, decoran situaciones extrañamente perturbadoras, donde lo que prima es la atmósfera intimista. De la distancia irónica a la honestidad testimonial, la actual obra del artista es síntoma de la libertad que ha adquirido en estos años, para asumir de un modo cada vez más honesto y personal la disciplina de la pintura y enfrentarla con sus propios e irreductibles materiales.

Still live N° 4, 267 x 223 cm. Óleo sobre tela, 2004. Pintura realizada a partir de una maqueta que cita el célebre cuadro de David, donde representa a Napoleón cruzando Los Alpes.

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