Mamá desobediente

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Estoy en un café escribiendo este artículo y siento culpa. Mi hijo de 10 meses está en la casa jugando con mi nana y no conmigo. Vengo de una reunión de trabajo donde todos hablaron de cosas que yo no sé; influencers de Instagram, libros que no he leído, series que no me suenan, noticias de las que nunca me enteré.

Pienso que hasta hace poco más de un año yo era de esas persona enchufada en el mundo, persiguiendo metas que cumplía de manera enajenada, recibiendo correos y WhatsApps con invitaciones a cosas a las que corría para asistir. Pero ahora no me entero de nada. Es lo que pasa con la maternidad; te saca del mundo. De todas formas, recuerdo el vacío detrás de esa euforia y me dan ganas de quedarme en mi casa cuidando a mi hijo para siempre.

Esa culpa de no estar todo el tiempo con mi hijo pero sentirme ahogada cuando paso el día entero con él se llama ambivalencia. Y, creo, es la palabra que mejor define la maternidad. No lo digo yo, sino Esther Vivas, periodista española y autora del libro Mamá desobediente, que a pocos meses de su publicación ya ha agotado tres ediciones. Lo leo por las noches, a pequeños sorbos, mientras mi hijo duerme. Y es que no solo ha puesto en palabras todas las cosas confusas que pasan dentro de mí desde que soy madre, también les ha dado una explicación histórica y cultural a esos dos fantasmas que me persiguen a diario; el de la madre perfecta y abnegada versus la mujer independiente y exitosa que las hace todas. Como dice Esther, dos modelos de corte patriarcal y capitalista que encajan en el sistema y que se espera cumplamos indistintamente. Una maternidad inalcanzable cuyo resultado no es más que mucha frustración y más ansiedad. Le escribo a Esther con la excusa de estar redactando este artículo sobre su libro, pero también porque es una madre feminista con la que siento que necesito conversar.

Cuando una habla de maternidad, en general la gente lo asocia a una esfera doméstica y aburrida que solo interesa a las madres.

En la medida en que se da un auge del feminismo, empezamos a sacar algunas cosas del armario de la experiencia materna. Las madres están empezando a hablar en primera persona, ya no son los expertos los que definen la maternidad. Estamos descubriendo una maternidad real para vivirla con menos culpa. Por lo mismo, cada vez la maternidad va a ser un tema que va a interesar a sectores más a amplios, más allá de lo privado. En el ámbito cultural la maternidad está saliendo de la sección de autoayuda.

¿Qué significa ser una madre desobediente?

Una madre desobediente es una madre que desobedece a la maternidad impuesta. Ese ideal de madre abnegada, de ángel del hogar que tiene como finalidad última en su vida cuidar de los hijos y también del marido. Por otro lado, desobedece a la maternidad neoliberal. Actualmente las madres ya no tienen que ser las madres abnegadas de siempre, sino también esa superwoman que llega a todo y que está ciento por ciento disponible para el mercado del trabajo. La madre desobediente se reivindica como sujeto activo con capacidad de decisión, reivindica poder decidir sobre su cuerpo, sobre su embarazo, su parto, su posparto. Se empodera a través de su cuerpo para poder vivir estas experiencias a su manera.

¿Cómo te las arreglas en la vida cotidiana para ser una madre desobediente?

No es fácil. Las madres en general hacemos lo que podemos en nuestra crianza, porque a menudo viene muy condicionada por el contexto económico en el que nos encontramos. Las contradicciones que vive una madre de clase media acomodada no son las mismas que una mujer de la clase trabajadora. Ese contexto está asociado al mercado de trabajo, que es hostil con la maternidad. En mi caso particular pasa por compartir las tareas del hogar con mi pareja y por tener un trabajo que me permita en buena medida tener tiempo para mi hijo.

Tenemos a la madre perfecta y abnegada versus la superwoman exitosa. En tu libro dices que ambos son modelos patriarcales y capitalistas. ¿Cuál es el origen y el sentido de estos dos modelos de mujer que se nos contraponen?

Desde los años 80 el modelo de maternidad ha sufrido una intensificación neoliberal, que es lo que algunas autoras anglosajonas llaman el "nuevo mamismo". Ya no tenemos que ser madres sacrificadas, sino también supermamás que llegan a todo, que cuidan de los hijos y que además son profesionales de éxito y tienen un cuerpo perfecto. Y esto es una gran mentira, porque la buena madre no existe. Es un ideal inasumible que hace que las mujeres carguemos con altas dosis de culpa, porque nunca somos la madre perfecta. He aquí el reto; que las mujeres podamos vivir la experiencia materna al margen de estas imposiciones.

¿Podría la maternidad ser distinta en otros modelos económicos?

Para que otra maternidad sea posible, otro modelo de sociedad es necesario. Para poder vivir una maternidad plena primero necesitamos que nos permitan ser madres cuándo y cómo deseamos. Esto cada vez es más difícil porque la precarización del mercado laboral y de nuestras vidas hace que tengamos que posponer tener hijos hasta una edad que muchas veces choca con las dificultades biológicas. Vivir una maternidad plena además implica poder conciliarla con el mercado del trabajo. Cuando una mujer queda embarazada puede tener dificultades para mantener ese lugar de trabajo. Su embarazo es visto como un problema, como una carga. En ese sentido, el modelo actual es antagónico.

¿Cuáles serían los cambios políticos que se necesitan para poder vivir esa maternidad plena?

Se deben crear políticas que permitan que las mujeres puedan tener hijos cuando deseen. Si no tienes un trabajo estable y bien remunerado te replanteas el tener hijos y terminas posponiéndolo. Se necesitan además políticas que acaben con las desigualdades, que permitan tener una vivienda y mejorar el acceso al mercado del trabajo. Esto es fundamental para poder ser madres y padres. Por otro lado, reducir la jornada de trabajo para dedicar tiempo a la vida personal, para estar con nuestros hijos. Cuando se abordan estas cuestiones siempre se ve la maternidad como una carga, y por el contrario, es una experiencia fundamental para la reproducción de los individuos. Por otra parte, en el ámbito de la salud a la madre se le da un trato infantilizador, paternalista, como si la mujer no supiese en relación a su proceso. Se le considera como una paciente, como una mujer enferma. La madre debe tener el derecho pleno sobre su embarazo, parto y posparto, y a menudo estos derechos son vulnerados.

Cuando quedé embarazada leí un ensayo de la escritora chilena Lina Meruane, Contra los hijos. El libro propone que esta nueva maternidad ha devuelto a las mujeres a la casa y por lo tanto estamos retrocediendo en las conquistas feministas. ¿Puede ser que las nuevas formas de crianza, enfocadas en el apego, la lactancia, el parto natural y la crianza respetuosa nos están sacando del mundo público y devolviéndonos al ámbito de lo doméstico?

Cuando planteo una maternidad feminista o desobediente no implica un repliegue de la mujer en el hogar o quedarnos en casa, sino reivindicar el valor social, político, histórico y económico que tiene y que le ha sido negado. No tiene nada que ver con la maternidad patriarcal que nos devuelve al hogar. Si hablamos de modelos de crianza vinculados al apego, es cierto que sus orígenes vienen en general de sectores conservadores. Pero las nuevas maternidades feministas, incluso ecologistas, que reivindican darles valor a criar, a la lactancia materna, al parto natural, no son modelos que nos devuelven al hogar. Al contrario, son modelos que reivindican su carácter político. La leche de fórmula no nos hace más libres.

La maternidad parece ser un tema incómodo para el feminismo. La lucha se ha centrado más en evitar que sea un destino biológico obligado para la mujer, y se ha olvidado de las madres. ¿Es difícil ser madre y ser feminista? ¿Qué cabida tienen las madres en los feminismos de hoy?

La maternidad siempre ha sido un tema incómodo para los movimientos feministas. Se entiende, porque la segunda ola en los 70 se rebela ante la maternidad como destino biológico único para las mujeres y le da libertad de decidir sobre su cuerpo. Sin embargo, se cae en un discurso antimaternal. El carácter biológico de la maternidad ha incomodado a ciertos sectores del feminismo y de las ciencias sociales, porque parece que ese carácter implica aceptar los discursos de la maternidad como destino único. Pero eso no es así. La maternidad tiene un carácter cultural, sí, pero también biológico que debe ser reconocido y valorado. Somos las mujeres las que nos quedamos embarazadas, no se trata de tener una visión romántica de estos procesos, pero sí darles el valor social y económico que tienen. La maternidad es biocultural y es una parte esencial en la vida de muchas mujeres, y reivindicar la maternidad me parece profundamente progresista. Actualmente hay una nueva generación de feministas que hemos crecido en un contexto en que la maternidad ya no es un destino único, podemos decidir, aun cuando todavía existen ciertos estigmas, si decides no ser madre. La maternidad debe ser leída como un campo en disputa y un territorio de derechos por ganar.

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