No me dejé llevar solo por el amor

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Cuando tenía 20 años fui a veranear a Quintero con mi familia. Una noche fui a una discoteca con amigos y mientras bailaba conocí a una mujer. Seguimos saliendo y cuando volvimos a Santiago supimos que vivíamos a tres cuadras. Comenzamos una relación y cuando llevábamos casi cuatro años, ella me dijo que quería algo más formal. Nos llevábamos muy bien, yo la quería mucho, pero aún no estaba preparado para casarme.

Un día ella llegó contándome que su hermano –quien vivía en España– le había ofrecido pasajes para que se fuera a probar suerte allá. En esa misma conversación me dijo que sólo se quedaría en Chile si le pedía matrimonio. Fue un momento difícil, porque yo estaba acostumbrado a estar con ella, pero no podía retenerla si no estaba seguro de tomar una decisión tan grande como unir nuestras vidas para siempre.

Le dije que lo mejor era que se fuera y que yo la seguiría. Mi plan de verdad era irme, no fue una manera de terminar la relación, porque si hubiese sido así, se lo hubiese dicho, no tengo problemas con eso, prefiero siempre la sinceridad. Solo necesitaba cerrar algunas cosas acá para poder partir. Los días siguientes a su viaje fueron muy tristes, sentía que mi vida no era lo mismo. Tratamos de mantener el contacto, pero en esos años (1975) era difícil. No tenía teléfono en mi casa y hacer una llamada al extranjero era carísimo, así que la mayor parte del tiempo nos comunicábamos a través de cartas.

En ese tiempo vivía con mi mamá y mis hermanos. Ella se quedó viuda cuando mi hermano menor ni siquiera había nacido, éramos muy cercanos. A pesar de ser solo hombres, mi madre nunca fue celosa de sus hijos, al contrario. Pero con esta polola en particular tenía un tema. No le gustaba la relación. Ahora con el tiempo pienso que seguramente fue su instinto materno que la hizo percibir que yo no estaba tan enamorado como para emprender una aventura como esa. Pero a pesar de las conversaciones con mi mamá, decidí intentarlo porque estaba sufriendo mucho.

Seguimos hablando y proyectando el viaje hasta que la distancia y el tiempo fueron desgastando la relación. Al no poder verla ni hablar con ella, me fui sintiendo solo y a ella le pasó lo mismo. Hasta que un día, naturalmente, dejamos de hablar.

Al tiempo conocí a la mujer que hasta el día de hoy es mi esposa y con quién formé familia. Jamás podré saber cómo sería mi historia si hubiese viajado, pero no me arrepiento. Yo al menos decidí privilegiar a mi familia y a mi madre, en vez de ir detrás de una historia que no tenía la seguridad de cómo habría terminado. Sé que muchas personas aconsejan seguir a quien uno cree que es el amor de la vida, pero pienso que cuando uno es joven y lo pasas bien con alguien es fácil confundirse. Hasta que uno no convive con alguien y pasan cosas juntos es difícil poder hablar de amor. Hay tanta gente se casa tan joven y, por lo mismo, hay tantas separaciones, que creo que hay que pensar bien las cosas. A mis hijos siempre les recomiendo probar para poder comparar y tomar una decisión tan importante como el matrimonio cuando estás realmente seguro.

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