Cedí la custodia de mi hija y ahora soy una madre mucho más completa




En pocos días más se cumple un año desde que mi hija vive con su padre. Mi relación de pareja con él comenzó cuando estábamos en la universidad. Pololeamos ocho años, estuvimos diez casados y ser padres fue una decisión que tomamos juntos, a los tres años de matrimonio. En ese momento decidí congelar mi vida profesional para dedicarme a mi hija. Quería ser yo la que la criara, la cuidara y la bañara, así que vivimos juntas buena parte de su vida. Fue recién cuando cumplió seis años que me puse a trabajar a tiempo completo. Y hasta ahí todo iba bien, pero los problemas vinieron cuando un año después descubrí que mi marido me era infiel. Él no solamente lo reconoció, sino que tomó la decisión de irse de la casa y establecerse con esa nueva pareja. Yo comencé a vivir un infierno.

A los ocho meses de haberse ido, mostró interés por regular las visitas y pidió la tuición. Lo hizo en reiteradas ocasiones, tantas que a la fecha tengo ocho causas en tribunales de familia. Y empezó a cambiar su actitud. En vez de ser un padre contenedor y apoyador, cada vez que mi hija bajaba una décima en las notas o llegaba a su casa con un moretón en la pierna, él dejaba una constancia. Fue un proceso de mucha tensión para los tres, por eso cuando me llegó la causa sobre la custodia, decidí cederla, empecinada en evitar que ella pasara por el estrés del juicio, sobre todo porque a estas alturas ya tenía edad suficiente para que la periciaran. Aunque sabía que lo podía ganar, decidí cederla.

Además, ella misma me había planteado interés por vivir con su papá. Cuando me lo dijo fue un golpe muy fuerte, porque no estaba preparada para vivir sin ella, pero con el tiempo me he dado cuenta de que quizá fue porque en ese momento yo estaba obsesionada con que la estructura familiar y la vida de nuestra hija siguiera igual. Creía que hacía lo correcto, pero no lograba ver que ya no éramos tres, que ahora éramos dos. Intenté vía tribunales que se mantuviera en la misma casa, en el mismo colegio, que tuviera las mismas reglas y que contara con los mismos ingresos. La dinámica había cambiado para siempre y me tocaba afrontar que ser dos no era un proceso fácil como sacar un puesto de la mesa, aunque hasta eso cuesta.

Tambien me costó entender que teníamos que fijar nuevas normas para nosotras, porque leí tanto sobre la importancia de mantenerles las rutinas a los niños que me obsesioné con eso y quizás me fui al chancho. Y la consecuencia de esto es que perdí el disfrute de la maternidad, y eso seguramente nos alejó. Cuando teníamos un espacio para jugar, estaba preocupada de que no se fuera a golpear; o cuando ella quería ver una película hasta tarde juntas, no accedía porque había que cumplir con la rutina y las horas de sueño. Si bien no puedo hablar por mi hija y decir los motivos que creo que tuvo para mostrar el interés por vivir con su padre, ahora que ha pasado un año, pienso que tienen que ver justamente con eso. Con que yo me concentré en intentar que su vida no cambiara en vez de concentrarme en contenerla y disfrutar los momentos juntas.

Aun así, fue la decisión más difícil que he tomado en mi vida. Lo sentía como antinatural y me dio vergüenza, al punto de que pasaron meses antes de que lo contara. Y es que en esta sociedad estamos acostumbrados a que sean las mujeres las que se quedan con los hijos. Y las que no lo hacen, en general, es porque tienen problemas psiquiátricos. Por eso mi círculo cercano que conoce la historia entiende mi decisión, pero quienes no la conocen me juzgan. Cuando estoy en un almuerzo, por ejemplo, y vienen las vacaciones de invierno, me preguntan qué voy a hacer con mi hija ahora que no tiene clases. Ahí cuento que vive con el padre e inmediatamente me preguntan por qué. La gente me descalifica, me han dicho mala madre. Incluso he perdido amistades por esto.

Pero a pesar de todo, no me arrepiento. Cuando la gente dice esa típica frase que los hijos no son de uno, es cierto. En mi caso, ese corte de cordón fue antes que otras mamás, pero es a donde vamos todas. Sin embargo, más allá de una distancia física, creo que las maternidades son todas distintas, y no son lineales. Tienen altos y bajos. Lo más importante es que independiente de si viva o no con mi hija, yo soy su mamá y lo voy a ser siempre.

Después de haberlo pasado mal, de haberme cuestionado mucho, aprendí que tengo que disfrutar los momentos. Y en este momento mi hija vive con su papá. Por eso cuando ella viene a mi casa aprovecho el tiempo juntas. Se invirtieron los roles. Ya no soy la que se preocupa de que estudie, de que se lave los dientes o que no vea tanta televisión. Esta custodia le permitió a mi hija conocer a una mamá chora, relajada, que baila, canta y pinta. Cuando viene lo pasamos increíble, porque me preocupo únicamente de llenar su corazón de amor para que le dure hasta la próxima vez que nos vemos. Ahora soy una mamá que disfruta.

Mirando lo que pasó con distancia, pienso que la infidelidad de mi marido hizo que se viera mermada mi autoestima y ese cuestionamiento que se me produjo como mujer, también se me produjo en mi maternidad. Creo que eso se vio reflejado en los últimos meses antes de que ella se fuera a vivir con el papá. Y aunque en un comienzo no lo entendí, creo que necesitaba un tiempo de duelo porque no solamente es que se haya terminado mi relación, murió un proyecto de vida de muchos años. Y si en ese minuto la pudo cuidar el papá para que yo ahora estuviera bien, qué bueno. Porque ahora mi hija cuenta con una mamá al cien, que se recuperó de ese impacto. Ahora soy una madre mucho más completa.

Fanny tiene 41 años y es periodista.

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