Cuarentena con tetraplejia: “Veo a la gente aproblemada por el encierro, pero esto no es una condición para siempre”

Trinidad Guarda (29), nutricionista e instructora de yoga, tras un accidente que la dejó tetrapléjica está pasando la cuarentena en la casa de sus padres en Osorno. Ahí ha tenido que adaptarse no solo a su nueva discapacidad, sino que al encierro y el aislamiento social. En este testimonio comparte su experiencia de vida y lo que hace a diario para tener fuerzas y mantenerse en el presente.




“Hace exactamente un año atrás mi vida cambió. Me han dicho que soy una inspiración de resiliencia, de ganas de vivir, porque la verdad es que tengo suerte de estar viva. Llevaba dos meses trabajando en Isla de Pascua cuando ocurrió el accidente de auto. Éramos siete amigos y fui la única afectada. Cuando chocamos no sentía las piernas ni las manos, pero inmediatamente traté de contener la situación. Me daba ánimo y pensaba las piernas puede que no las recupere, pero las manos las volveré a mover. Recuerdo que en mi pieza de hospitalización había una chica parapléjica y otro chico que solo podía mover los hombros. Qué ganas de alguna vez estar como ella, que puede moverse más que yo, pensaba. Estuve siete meses hospitalizada, primero en el Instituto de Neurocirugía y luego en rehabilitación intensa en el Instituto de Rehabilitación Pedro Aguirre Cerda.

Antes del accidente, para mí el mundo de la discapacidad era ajeno: no imaginaba cómo hacer una vida en silla de ruedas ni tampoco tenía claridad de lo que significaba para el resto. Me pasaba mucho que personas desconocidas me trataban de pobrecita y me preguntaban si me había accidentado de forma momentánea. Y yo tenía que explicarles que era para siempre. Al principio me sentía muy observada, pero ahora ya no me importa. Estuve con terapia sicológica durante mi rehabilitación intensiva y la sicóloga me preguntó varias veces cómo me veía a mí misma. Y creo que en esencia soy la misma de antes, solo que con silla de ruedas. En enero terminó mi hospitalización y alcancé a estar un par de meses con mis amigos en Santiago antes de que comenzara la pandemia. Salía a tomarme algo, iba a la piscina, al parque, los domingos arrendaba en Nueva Costanera una bici adaptada y hasta fui a un matrimonio. “Cómo bailo ahora”, pensaba. Pero son cosas a las que me tengo que acostumbrar. Iré encontrando la manera.

En marzo, junto a mi mamá, nos vinimos a Osorno a la casa de campo en donde siempre ha vivido mi familia. Aunque en Santiago seguía con mi terapia ambulatoria de rehabilitación y en Osorno no están los especialistas que necesito, era mejor salir de la ciudad y aislarme porque no puedo correr el riesgo de contagiarme: tengo comprometidos los músculos respiratorios debido al accidente y a la traqueotomía que me hicieron. Al principio me gustaba la idea de regresar a la casa familiar, porque podría estar más con mi hermana chica y con mi papá. Pero ahora que llevo más de 90 días acá, echo de menos tener un poco más de autonomía y vida social. La gente siempre ha sido muy importante en mi vida y cuando fue el accidente reconecté con personas que no veía hace tiempo. He sentido mucho el amor y la preocupación de mis primos, de mis tíos –quienes además se comprometieron a ayudarme económicamente, porque todo esto ha sido muy caro para mi familia– y de mis amigas y amigos.

Antes del accidente alcancé a trabajar, a viajar y recorrer muchos lugares. En uno de esos viajes terminé en la India y aprendí sobre meditación. Ahora en cuarentena la he practicado todas las mañanas. Me cambia la energía y la disposición para enfrentar el día. Me ayuda a estar más alegre. El yoga me ha enseñado mucho a vivir en el presente, a no preocuparme por el futuro y a no estresarme, porque el estrés solo provoca enfermedades. Vivo el día a día, haciendo mis ejercicios –por suerte encontramos un kinesiólogo de Valdivia que me visita dos veces a la semana–, leyendo libros relacionados a espiritualidad, viendo el atardecer en el patio, regaloneando con mis perros. Mi cama está al lado de la ventana y puedo ver las vacas pastar, sentir el sol y la naturaleza cerca.

He tenido tiempo para experimentar un poco más. Es muy bueno para el daño medular pararse y ahora con mi mamá y mi hermana estamos probándolo. Antes apenas movía los párpados y ahora tengo algo de movilidad en los brazos, lo que me da más independencia. No puedo mover aún los dedos y tengo poco control en el tronco, pero según mis amigas que me ven por videollamada, puedo mover mucho más las manos, que fue lo que siempre me preocupó. Retomé la pintura y estoy probando la acuarela. He mejorado mucho mi motricidad fina en estos meses, y ahora estoy intentando cocinar, maquillarme o pintarme las uñas.

¿Qué me impulsa a seguir? Que mi familia me pueda ver feliz. Muchos doctores me dijeron que con suerte iba a poder mover los hombros, pero yo he ido contra los diagnósticos y he avanzado por mi cuenta, pidiéndole a los kinesiólogos probar cosas nuevas, investigando y dirigiendo mi terapia. Me he contactado con otras personas con discapacidad y he visto mujeres increíbles que bailan en sillas de rueda, como las Rollettes en Estados Unidos. Me quiero empoderar de mi condición, ser independiente y lograr hacer una vida lo más normal posible. Mis amigas siempre se ríen porque me lo tomo con humor. Muchas veces están amargadas con el trabajo o los hijos y hablan conmigo y se dan cuenta de que no pueden quejarse. Veo a la gente aproblemada por el encierro, pero hay que entender que esto va a pasar, que no es una condición para siempre, no es una discapacidad.

En la historia han pasado cosas peores y ahora por lo menos tenemos la tecnología, que nos permite conectarnos. Siempre pienso por qué me tocó esto a mí, y creo que es porque tengo una misión: que la gente cambie su mentalidad sobre la vida. Que aprendamos a ser más positivos. Que aprendamos a agradecer”.

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