Parir sin anestesia

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Tuve un embarazo que muchas mujeres quisieran; nunca sentí nauseas, no tuve sueño extremo ni retención de líquidos. Bailé flamenco hasta los 4 meses y me mantuve practicando DeRose Method y gimnasia prenatal hasta días previos al parto, por lo que tampoco subí mucho de peso. Pero lo más importante, es que cuando salí de prenatal tuve tiempo para prepararme para la llegada de esta guagüita; armar su pieza, ordenar su ropa y accesorios y, sobre todo, organizarme para su nacimiento.

Hace algunos años que venía pensando que el día en que fuera a parir lo más probable es que intentaría que fuera sin anestesia. Esto lo pensaba sin saber todos los beneficios para la madre y el hijo. Era más bien un pensamiento egoísta que sólo respondía a mis pésimas experiencias previas con la anestesia en operaciones de rinoplastía, apendicitis y cuando me sacaron las muelas del juicio. Mi cuerpo en general quedaba tan desgastado, que la recuperación de ese mal sueño siempre era eterna y muy dolorosa. De ahí a querer evitarla a toda costa. Me daba mucho más terror eso que el supuesto dolor de las contracciones.

No fui mamá joven, tengo 33 años, pero afortunadamente tengo muchas amigas con hijos, además de mis 4 sobrinos. De parto y niños había escuchado un montón. Reconozco que no con mucho entusiasmo; esto de la maternidad para mí nunca fue obvio y fue una decisión que me costó bastante tomar. Además, nunca fui "guaguatera". Nunca supe muy bien cómo jugar con los niños -a decir verdad me aburría un poco- y nunca me ofrecí para cuidar a mis sobrinos, menos mudarlos. El instinto maternal era algo que creía poco desarrollado en mí y el tema tampoco me preocupaba mucho: confiaba en que el día que decidiera ser mamá ese instinto se desarrollaría de forma natural.

Siguiendo con esta amplia experiencia con guaguas y niños que me rodeaban, escuché a menudo los comentarios sobre el trágico dolor de las contracciones, pero también comencé a descubrir un mundo más allá del mero dolor: sería un dolor que me empoderaría de tal forma que los beneficios que se presentaban parecían maravillosos. Por eso decidí (y convencí a mi marido) de inscribirnos en un taller de preparación para el parto. Esta decisión fue uno de los muchos pasos que le seguí a una amiga muy especial, sobre todo en esta etapa, y que ahora pienso que fue una decisión muy acertada. Asistí a cuatro sesiones donde obtuve bastante material de lectura para la casa en las que pude aprender sobre todo lo que involucra parir a tu hijo: la liberación de hormonas, el manejo del dolor, el rol del acompañante (en este caso mi marido), la importancia del equipo médico y el clave rol de la matrona, la elaboración del plan de parto, las primeras horas de la guagüita en este mundo y de lactancia, entre muchas otras cosas. En este taller me enteré también de las críticas cifras que tenemos en Chile de tasas de cesáreas: 72% en el sector privado, comparado con el 10% o 15% recomendado por la OMS. Esto me parece alarmante. Cuánta desinformación de las mamás y cuánto abuso por parte de los equipos médicos.

Informarme me empoderó a tal punto, que siempre sentí mucha tranquilidad para lo que se venía. Creo que eso fue clave para un desencadenamiento natural del trabajo de parto. Tanto así, que ni el estreptococo positivo diagnosticado en la semana 36, ni la influenza que me diagnosticaron a fines de la semana 38, perturbaron mi tranquilidad. Los días pasaban y ya no quedaban muchas cosas por hacer más que esperar y estar ultra atenta a cualquier nuevo cambio que presentara mi cuerpo. Fui a control con mi doctor cuatro días antes de cumplir cuarenta semanas, y todo se veía tranquilo. Me dijo que el plan era esperar hasta cumplir las 41 para hacer inducción, que no me preocupara, que para eso todavía faltaban 10 días.

Al día siguiente, decidí hablarle a mi hijo para explicarle que teníamos que ayudarnos mutuamente para que él pudiera salir fácilmente de mi guatita y no tener que pasar por una posible inducción. Algunos pensarán que estoy un poco loca, pero para mí esa "conversación" debe haber ayudado a lo que pasó unos días después. Fue una conexión especial.

El lunes 1 de julio caminé bastante, fui a almorzar con una amiga y empecé a notar una cierta molestia en la espalda. Al día siguiente cumplí 40 semanas y a mediodía estaba en la consulta de mi matrona. Después de examinarme me dijo que mi guagua estaba especialmente activa, algo muy positivo, y decidió que las condiciones ameritaban hacer un tacto. Fue muy superficial y arrojó que el cuello de mi útero ya estaba borrado en un 50%, es decir, íbamos bastante bien. Me recomendó agüita de perejil, jengibre, continuar con los dátiles y seguir caminando. Así es que me fui al mall a comprar algunas cosas para esta guagüita que al parecer venía pronto. Estando ahí, empecé a sentir un dolor en la espalda baja mucho más intenso, pero luego se me pasó. Me fui a la casa de mis papás a ver el tan esperado eclipse y llegué de vuelta a la mía justo para ver uno de los partidos de la Copa América. Me fui a la cama como a las 00:30, pero no pude quedarme dormida porque cerca de las 01:00 comencé a sentir por primera vez en mi vida lo que era una contracción. Empezaron leves, pero muy seguidas. A esas alturas yo todavía pensaba en todos mis pendientes del día siguiente y que esta frecuencia iba a disminuir. Me puse a respirar con mucha consciencia, lo que seguramente me permitió quedarme dormida por algunas horas.

Cerca de las 06:00 ya no aguanté estar en la cama y me fui a la sala de estar para intentar hacer algunas posiciones que me calmaran un poco. También comencé a medir la frecuencia y duración. El dolor era intenso. A las 07:00 llamamos a la matrona y preparamos la tina en la que estuve cerca de 2 horas, sólo acompañada de la aromática luz de una vela, aguantando lo que más podía. El dolor era cada vez más intenso y la alta frecuencia entre una y otra no me daba tiempo para descansar. Pronto comencé a gritar de dolor. Recuerdo que sólo pensaba "cómo puede ser tanto". Mi marido se empezó a desesperar y yo hacía mi mayor esfuerzo para ducharme, lavarme el pelo y elegir mi ropa, además de meter las últimas cosas a la maleta que tenía lista hacía varias semanas.

Llegamos a la clínica ese miércoles cerca de las 10:15 hrs. Recuerdo que me pusieron en la silla de ruedas y me cambié de ropa. Me apoyaba en las paredes cada vez que venía una contracción gritando de dolor, mientras sentía que el doctor me miraba con cara de preocupación. Qué suerte tuve que él estaba de turno. Me hizo un tacto y me dijo que estaba sólo con 3 cm de dilatación. Sentí una pequeña desilusión, ya que me habían dicho que ojalá uno llegara con 6 porque mientras más aguantabas en tu casa, más podías asegurar el ambiente de tranquilidad necesario para que el sinfín de hormonas hicieran su trabajo. Además, estaban todas las salas de parto ocupadas así es que nos asignaron una muy pequeña, pero eso no me importó mucho. Lo primero que hizo mi marido fue instalar el parlante y poner música de piano, algo que me sonaba perfecto para el momento. Por mientras siguió haciéndome masajes, conteniéndome y alentándome como nunca. Fue clave su presencia en esas horas. Pasadas las 11:00, llegó la matrona con una pelota, aromas, guatero de semillas y más contención. Yo seguía preguntándome ¿lo lograré? Ella me vio con mucho dolor y me dijo que cuando quisiera podía pedir la anestesia que a esas alturas se mostraba tan tentadora. Para mis adentros también pensaba "no puedo ser tan penca, sólo tengo tres de dilatación". Ese motor interno de autosuperación se encendió rápidamente y seguí aguantando un rato más. Todo sumaba, incluso hubo un momento en que me puse a bailar una especie de lento con mi marido. Creo que a él se le ocurrió. Fue un momento increíble que ayudó a calmar mi mente junto a unos pañitos con olores deliciosos que me pasaba la matrona cerca de la cara, los masajes en el sacro, el balanceo en la pelota, la técnica del rebozo, el guanterito caliente, las palabras tiernas de aliento.

Estaba de a poco bajando los brazos cuando mi marido se fue a hacer mi ingreso. Ahí le dije a mi matrona: "hasta aquí no más llegamos, el sufrimiento es demasiado, por favor pide la anestesia". Ella no opuso resistencia y me puse de lado sobre la cama para prepararme para la epidural. "Tenemos mucha suerte, nos tocó un anestesista muy bueno", me dijo, y en eso entró un hombre (al que nunca pude mirar) con una voz muy ronca y especial. Justo rompí la bolsa y se escuchó el grito más fuerte de todo el trabajo de parto. Dos segundos después, la matrona me hizo un tacto y me dijo con mucha emoción que estaba tocando la cabecita de mi hijo, y que en dos pujos nacería. Mi marido había vuelto y había presenciado toda la situación. Nos miramos y fue una decisión unánime: adiós al anestesista. Ya estábamos demasiado cerca.

Me puse sobre la cama y seguí las instrucciones de cómo pujar cuando venían las contracciones, un trabajo de parto totalmente distinto al anterior. El dolor era intensísimo pero diferente, hasta mis gritos eran diferentes. Me puse en cuclillas y trajeron un soporte metálico que pusieron a los pies de la cama, desde el que me colgué. Y mi marido se puso delante de mí junto al doctor para recibir a nuestra guagua. Me daba pavor mirar lo que estaba pasando abajo. Pero no sentí dolor cuando este pequeño salió de mí. Acto seguido, me acostaron sobre la cama y me lo pasaron. Se acomodó encima, piel con piel. Extrañamente a lo que siempre pensé, no lloré. Lo único que sentí fue una felicidad plena. Estuvimos juntos cerca de una hora.

A los pocos días, cuando pensaba en todo lo que había vivido me decía: "qué loca, no es posible que pueda volver a someterme a esto alguna vez". Pero ahora que ha pasado más tiempo, pienso que lo repetiría a ojos cerrados. Todo lo que soñé como mi parto ideal fue superado en la realidad. Mi recuperación ha sido asombrosamente rápida (perdí todos los kilos en el parto y los puntos sólo me molestaron por una semana) y aunque esta nueva etapa del puerperio me tiene llena de desafíos, preocupaciones e inseguridades, siento que como comenzó de la mejor manera, será cada vez más llevadera a medida que pase el tiempo.

Catalina tiene 33 años años y es ingeniera comercial. 

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