Por qué nunca dejaré de querer a Lady Di




Amo la realeza. De muy chica leía las revistas de papel couché gozando con el glamour de las distintas casas europeas y hasta el día de hoy me interesan esas vidas de película, sus dramas, sus protocolos, sus galas. Sé que puede ser incorrecto y que a mucha gente le parece una estupidez que siga existiendo, pero no sólo disfruto con sus historias, sino que personalmente puedo encontrar en casos su razón de ser.

Mis familias favoritas eran la trágica Grimaldi en Mónaco y, por supuesto, la polémica Windsor en Gran Bretaña. Y en el segundo caso la razón era evidente: Lady Di.

Me acuerdo perfectamente del día en que murió Diana de Gales. El accidente fue en agosto de 1997 y yo tenía 15 años. Era de noche y estaba en un cumpleaños. Probablemente los papás de mi amiga estaban viendo tele y por eso supimos. Juro que me afectó. No creo que a muchos en la fiesta le haya interesado demasiado, pero a mí se me pararon los pelos.

Diana Spencer era fantástica. Cuando chica no me daba cuenta de cuán revolucionaria fue en quizás la casa más estricta y rígida de toda Europa. Su baile con John Travolta; cuando usó ese espectacular collar de esmeraldas como un cintillo en la frente; la vez en que envuelta en tul morado se durmió en un evento sin saber que estaba embarazada (lo que puso furioso a su marido y a la reina); sensacional en su inolvidable “vestido de la venganza”, en su primera aparición luego de que Carlos declarara en televisión que siempre había estado enamorado de Camilla Parker–Bowles. Diana era única y el mundo cayó rendido a sus pies desde el minuto uno, cuando sólo tenía 19 años y los paparazzi la perseguían mientras ella salía de su departamento a trabajar al jardín infantil donde enseñaba.

Si se miran sus fotos en la época en la que seguía casada con el Príncipe de Gales, sus ojos tristes son evidentes, a excepción de las veces en las que aparece con sus hijos, William y Harry. Se sabe que era una mamá devota y que quería que sus niños llevasen la vida más normal posible y hay registros inolvidables, como cuando fue con ellos a Disney y se tiraron por el splash (guardaespaldas incluido) o cuando participaba de las actividades con el resto de los papás y mamás del colegio, sin dudar en correr en competencias poco fotogénicas, dispuesta a todo por ganar, sin zapatos, alejada de todo protocolo y cuando más feliz se le veía.

A mí me parecía tan fabulosa que encontraba casi un sacrilegio cuando leía el rumor de que era bulímica. ¿Cómo podía ser tan mala, tan envidiosa la gente en pensar que estaba loca? Era imposible. Porque, claro, ¿ser bulímica es estar loca, no? No tenía idea que pocos años después, yo misma -como muchas otras mujeres- también tendría un desorden alimenticio importante.

Hay varias otras imágenes de Lady Di que se me vienen a la cabeza cuando me acuerdo de ella y que no hace mucho hicieron que me diera cuenta del gran personaje que fue, especialmente después de su divorcio, cuando empezó a usar su fama de manera más potente para dar a conocer situaciones graves en el mundo. Como cuando en 1997 -poco antes de su muerte- caminó por campos minados en Angola. Pero fue justo 10 años antes cuando la Princesa de Gales saludó cariñosa dándole la mano a un hombre enfermo de Sida, con su mano descubierta en un momento en el que le gente evitaba siquiera acercarse a quien viviera con la enfermedad. Ese fue un hito que fue mucho más allá de lo que cualquier revista de farándula pudiera decir. Harry lo recordó hace algunos años en un discurso en un evento benéfico diciendo: “Cuando en abril le dio la mano a un hombre 32 años enfermo de Sida, delante de las cámaras, sabía exactamente lo que estaba haciendo. Estaba usando su posición como Princesa de Gales -la mujer más famosa del mundo- para retar a todo el mundo a educarse a sí mismo, encontrar su compasión y llegar a aquellos que necesitaban ayuda en lugar de echarlos”.

Diana era fantástica. Además de todo eso y su elegante rebeldía, como a todos, me cautivó con sus looks, especialmente con esos que no se parecían a nada que yo hubiese visto antes en una mujer. Como cuando usó una chaqueta de smoking blanco con humita y una pollera larga negra; o cuando usó un collar de perlas al revés, amarrado, que caía sobre su espalda descubierta en un espectacular vestido rojo de terciopelo. O esa vez que usó un vestido strapless con guantes largos, uno negro y uno rojo. Muchas de esas fotos las vi después de que ocurrieron, porque Diana en los ’90 estaba en todas partes, era la mujer más glamorosa del planeta y había recuentos constantes de cualquier ámbito de su corta vida en diferentes medios, y crecí con eso.

El último recuerdo que tengo de tengo de ella mientras vivía, fue cuando vi las fotos que le sacó Mario Testino, justo cinco meses antes de morir. Esa era Diana por fin. Libre y feliz. En su mejor momento.

Desde que llegó Internet, es muy fácil ver a famosos “moverse”. Quiero decir, no creo haber visto demasiadas veces videos de Lady Di mientras ella vivía. Sí, aparecía en las noticias, pero no se compara con cómo uno puede ver hoy a un famoso. Es fácil, cuando se quiera o dónde quiera. Con ella no fue así y a pesar de eso me parecía fascinante, como a todo el mundo (de hecho, quizás por eso también era tan fascinante).

Probablemente la veíamos mucho más perfecta de lo que era, pero Diana Frances Spencer tenía algo especial. A pesar de que se veía delicada, tenía una presencia única: su inteligencia e ingenio podían superar su fragilidad. Pasó de ser llamada por la prensa shy Diana (“Diana la tímida”) a sus 19 años, a transformarse en un huracán de los medios aprendiendo a usarlos a su favor, hasta que pasó lo que pasó.

La “Rosa de Inglaterra”, la “Reina de Corazones”, se transformó en un personaje mítico, una leyenda que sin duda estará presente en los libros, pasando a la historia como una mujer de vida novelesca que a los sólo 36 años (no puedo creer que dos años menor que yo) logró cambiar a la monarquía más fría de Europa e hizo que su pueblo por primera vez viera ese nivel de cercanía en una institución muchas veces demasiado distante.

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