"Sé que me apasiona lo que hago, porque me gusta todo; desde las correcciones hasta la función", Cristopher Montenegro

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Son las 3 de la tarde y las luces se vuelven cada vez más tenues en el Teatro Municipal. Una grabación que se escucha a través de los parlantes pide a los asistentes apagar los celulares. Quedan pocos minutos para que se levante el telón y empiece la presentación de ballet. La función está a punto de comenzar, pero todo lo que está por aparecer en escena comenzó muchas horas antes: detrás del escenario principal, en el tercer piso del teatro, están las salas de ensayo en las que a diario los 55 bailarines que conforman la compañía se reúnen para asistir a clases y ensayos.

Hace casi 15 años, Christopher Montenegro (22) llega todos los días a este antiguo edificio construido a mediados de 1800 en el centro de Santiago. Como parte de la Compañía de Ballet, ensaya y, aun cuando se graduó de la escuela del teatro hace más de 4 años, sigue asistiendo a clases junto a todos los miembros del ballet para reforzar su técnica y mantener su estado físico en perfectas condiciones. "Partí con el ballet a los 8 años. Antes de eso era futbolista y scout. A mi papá le gustaba que participara en muchas actividades y como mi abuela fue bailarina, se le ocurrió una vez llevarme al ballet. Me acuerdo que fuimos a ver el Cascanueces que se hacía en ese tiempo en una función en la Plaza de Armas y me enamoré. Después de esa experiencia no hubo vuelta atrás", cuenta.

A diferencia de otros bailarines del teatro que llegan desde compañías extranjeras y audicionan para ser parte del ballet, Cristopher ha hecho toda su carrera en el Municipal. Ha pasado la mayor parte de su vida en una rutina rigurosa de entrenamiento por la que tuvo que dejar el colegio y dar exámenes libres durante toda la enseñanza media: "Nunca me cuestioné que quería ser bailarín, ni siquiera cuando era adolescente. Mi objetivo siempre fue llegar a la compañía y por eso el resto de los hobbies y las actividades fueron quedando en el camino".

La rutina de un bailarín del Municipal parte todos los días con una clase: "Practicamos durante una hora y quince minutos o un poco más. Las mujeres ensayan en una sala y los hombres en la otra". La clase tiene un esquema riguroso en el que primero se practican ejercicios progresivos en barra. Para esta parte, todos los bailarines se ubican en el perímetro de la sala frente a los espejos siguiendo las instrucciones de su profesor y realizando los movimientos que les indica, en el orden establecido y al ritmo del piano. Cada nuevo movimiento de la serie requiere elevar las piernas más altas y mayor flexibilidad. Todos perfectamente sincronizados.

Después una pausa de quince minutos, empiezan los ensayos. Los bailarines se separan de acuerdo a las piezas del ballet en las que estén participando o si se trata de un día de función o no. En la sala de ensayo, además de quienes estarán en escena, están siempre los maestros: coreógrafos, director y profesores supervisando cada movimiento. "Los profesores toman nota en la función para corregirte al día siguiente. Escriben en un cuadernito todo lo que pasó en el ensayo o en la presentación para poder decirte si te saliste de la fila o si bailaste fuera de música", explica.

Los días de función, los bailarines son citados una hora antes del inicio del espectáculo en la hora previa: es el tiempo en el que van a buscar sus trajes al taller vestuario y afinan los últimos detalles, pasan por maquillaje y se preparan tras bambalinas para el inicio de su presentación. "Bailar es lo que más me gusta de esta profesión. Y cuando tenemos ensayos disfruto mucho ver bailar a otros también. Creo que ahí uno se da cuenta que realmente le apasiona lo que hace, porque me gusta todo; desde las correcciones en la sala de ensayo hasta la función con el público, que es el resultado final para el que trabajas", dice. "Para seguir el ballet como una profesión te tiene que gustar demasiado y tienes que tener una pasión muy grande por la danza, porque si no es muy difícil sobrellevar el cansancio, el dolor".

La carrera de un bailarín puede durar hasta los 40 años o más, todo depende de cuánto tiempo quiera seguir sobre el escenario y de si su cuerpo lo permite. "Hay gente que baila hasta muy vieja y otros se retiran antes porque se aburren en el camino o se lesionan". Si bien Christopher ha pasado la mayor parte de su vida en el mundo del ballet, no tiene intenciones de alejarse: "Pienso que en un futuro me gustaría ser maestro o coreógrafo. Pero por ahora me siento en una etapa en la que soy como una esponja: quiero aprender lo más que pueda y bailar, bailar y bailar".

Cristopher Montenegro (22) es bailarín de la Compañía de Ballet del Teatro Municipal de Santiago.

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