Siempre intento cambiar (o mejorar) a los hombres




““Soy remodeladora de hombres”, decía al comenzar una columna que leí hace un tiempo en un medio extranjero. ¡Me hizo tanto sentido! Y es que, tal como la chica de ese relato, yo a los hombres los conozco, los mejoro y luego los dejo libres para alguien más. Suena muy presuntuoso, lo sé, pero no lo digo con orgullo, porque en el último tiempo me he dado cuenta de que ese afán por cambiar a los hombres, tiene mucho más que ver con mis carencias que con mis habilidades.

La última vez que estuve en pareja duré casi dos años. Cuando lo conocí, él estaba perdido en la vida, sin trabajo y carretiando mucho. Me propuse sacarlo adelante, pues sabía que solo se trataba de un mal momento; él es un hombre inteligente y resuelto, pero un fracaso profesional lo tenía hundido en una depresión pasajera. En esos dos años fui casi como su terapeuta. Lo escuché, lo ayudé, estuve siempre con él. Y él en algún punto también conmigo, pero si miro hacia atrás, esa relación se trataba mucho más de él que de mí. Cuando estábamos por cumplir los dos años, él decidió terminar. Yo sabía que las cosas no estaban bien, lo incentivé tanto a salir adelante, que para ese entonces su norte estaba en sus futuros proyectos. Fue doloroso, pero también fue la ventana que me hizo ver que en mí había un patrón que tenía que revisar. Y no era la única que lo veía. Mis amigas ya bromeaban con el tema. Me decían que mi talento secreto era enseñar a los hombres a amar a alguien, pero no a mí.

Busqué respuestas en mi terapia y, como suele pasar, la relación con mis padres tuvo algo que ver. Crecí viendo cómo mi mamá intentaba una y otra vez cambiar a la oveja descarriada de mi padre. Él le fallaba constantemente y ella, en vez de dejarlo, cada una de esas veces intentó –y hasta cierto punto logró– devolverlo al rebaño, como hizo también con cada uno de sus hijos. Una tarea titánica que las mujeres de mi familia asumieron siempre y que, quizás sin quererlo, me traspasaron a mí.

Así que ahí estaba yo también, en cada nuevo vínculo, intentando mejorar a esos hombres. Conocía a uno, nos gustábamos, pero nuestra dinámica consistía en que yo cuidaba de él. Sabía que, para que una relación fuera seria, necesitaba a alguien que también cuidara de mí, pero igual me terminaba postergando para que él fuera un buen hombre, padre y pareja. Incluso una vez logré que uno de ellos terminara con una adicción. Cuando lo logró, me dejó.

En aquella columna que leí, la chica decía que una vez cuando le preguntaron por qué caía en esta dinámica de “andar por la vida mejorando hombres”, ella respondió: “Las mujeres, con demasiada frecuencia, creo que lo que confundimos con la resiliencia es en realidad solo resistencia”. Y también pienso que es eso. Como crecimos entendiendo que en pareja es como estamos mejor, o que es ese estado el que tenemos que buscar, bueno, si el candidato no es el ideal, parece mejor intentar cambiarlo que seguir sola. Pero hoy me pregunto ¿a qué costo? Y la respuesta es al costo de dejarse de lado una y otra vez.

También tiene que ver con esa competencia femenina de creer que una es especial; que aunque ese hombre haya sido infiel con todas sus ex parejas, una será esa “mujer especial” que lo cambiará. Porque nos enseñaron a validamos a través de los hombres. Pero amigas, no, los hombres no cambian por una, cambian –como todas las personas– cuando son conscientes de que algo está mal en sus vidas y se hacen cargo de eso. Ninguna de nosotras tiene una varita mágica para hacer milagros.

Es un hecho de que me siguen atrayendo los hombres que no están pasando por un buen momento, y que tengo un talento para sacarlos a flote. Al final, sacarse el peso de la historia no es tan sencillo. Pero al menos hoy puedo reflexionar al respecto. Darme cuenta de que en las relaciones entre adultos, nadie nunca debería ser él o la que rescata al otro. Que los hombres no son nuestros hijos, eso está mal y hay que revisarlo. En eso estoy por ahora. No digo que no me vuelva a pasar, pero al menos mi obsesión por “remodelar”, la estoy encausando a mi casa y otros espacios”.

Pamela Contreras es periodista y tiene 43 años.

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