Madres y padres lo saben bien: dormir con bebés y niños en casa no es fácil. Los primeros años de vida se pierden muchas horas de sueño por la lactancia y la falta de hábitos nocturnos dejan a los cuidadores agotados. Luego, cuando son un poco más grandes, quitarles el pañal por las noches suele implicar varios viajes y uno que otro cambio de sábana durante la madrugada. Lo mismo cuando empiezan con miedos a la oscuridad.

Estos son algunos de los factores que hacen que muchos adultos, al recibir a su recién nacido, tomen la decisión de entrenarlos para dormir. Así logran descansar y, con el tiempo, la guagua deja de llorar. Aunque existan varios métodos efectivos -porque cumplen con la finalidad, que es dormir de corrido- sus consecuencias pueden ser muy negativas, tanto en la relación del niño con sus cuidadores como en su desarrollo futuro.

Así lo asegura la psicóloga Pamela Labatut (@pamela.labatut), psicóloga perinatal dedicada a ayudar a los cuidadores a descansar y que sus hijos descansen sin que esto vaya en desmedro de su salud mental. “No hay un límite de edad para dormir con los papás, porque la proximidad, poder responder constante y afectivamente a las necesidades de los niños es más importante que dónde estén durmiendo”, asegura sobre la típica pregunta que muchos se hacen. “Hay niños que duermen hasta los tres años en la cama de sus papás, otros en la misma pieza pero en otra cama y otros en otra pieza. Pero si los adultos son responsivos con estos niños y los calman cuando lo necesitan, se van a sentir seguros y eso es lo que importa”, asegura.

La especialista asegura que al cuidar el sueño infantil los adultos aportan al buen desarrollo emocional de los niños e incluso moldean sus pequeños cerebros, los cuales maduran de mejor manera mientras más amor los rodee.

“Ojalá compartieran la habitación con los papás durante el primer año de vida, porque es una etapa muy decidora en el desarrollo del hemisferio derecho del cerebro, que tiene que ver con las emociones. Principalmente la mamá moldea el cerebro a través de las caricias, del contacto constante, del porteo, la crianza en brazos, la lactancia a libre demanda e incluso cuando esta no es posible, porque lo importante es el contacto y ser responsivas cuando el bebé nos necesita”, dice Labatut.

Después del primer año de vida, en general el lugar en que duerman los niños es relativo, pues tiene que ver con la configuración familiar. Por ejemplo, en hogares monoparentales esto se suele extender más. Lo principal, explica la psicóloga, es que la cantidad de despertares nocturnos del niño no afecte el descanso del cuidador. Si esto pasa, lo recomendable es que sigan colechando.

Dejar que lloren

Existen muchos tipos de entrenamiento del sueño, algunos más amorosos que otros, pero en todos el resultado positivo implica que la guagua deje de llorar en la noche y que pase de corrido hasta el día siguiente. Ese pequeño éxito puede traer algunos fracasos encubiertos que se verán más adelante. “Hay consecuencias comprobadas de no atender el llanto e ignorarlos en sus necesidades nocturnas. Muchos estudios demuestran que los niños dejan de llorar al tercer día del entrenamiento de sueño, momento en que las mamás se desconectan emocionalmente de ellos, y eso es grave”, advierte la especialista. Según explica, puede que la guagua no esté llorando, pero sus niveles de cortisol se mantienen altos, lo que demuestra que está estresada aunque en silencio.

Para el futuro del niño los efectos de estos métodos pueden ser graves. Se habla de predisposición a la depresión, porque mientras más cortisol se genere en ellos, más dificultades tendrán para secretar serotonina. “Cuando esto pasa, en la medida que la persona va creciendo, la receptación de serotonina se va debilitando, lo que puede generar depresión”, dice Labatut y suma: “Hay muchos trastornos ansiosos que tienen que ver con las prácticas nocturnas poco respetuosos y la no disposición de acompañar en momentos de vulnerabilidad. Cada niño tiene temperamentos distintos, pero en los más sensibles se podrían generar crisis de pánico, mayor probabilidad de adicción a drogas y alcohol y dificultades en sus relaciones interpersonales, porque les cuesta confiar y pedir ayuda”.

Aprender a dormir en medio de la pandemia

La incertidumbre es, sin duda, una de las emociones más difíciles de manejar para el ser humano. Implica un estado constante de alerta, de sentir que debemos huir, atacar o escondernos, lo que a su vez mantiene el nivel de cortisol elevado durante periodos prolongados.

“Desde el estallido social los chilenos venimos con un nivel de estrés importante, algunos más que otros. El problema es que si no bajamos ese estado de alerta, nos estresamos, estamos con el cortisol arriba de manera constante y esto nos puede generar un deterioro mental e incluso físico, por el proceso de las somatizaciones”, dice Labatut.

Si a esto se le suma la crisis sanitaria y la pandemia por coronavirus, podemos hablar de niveles de tensión y nerviosismo provocados por la incertidumbre que simplemente no le podemos esconder a los niños. Por otro lado, ellos han visto un cambio importante en sus rutinas, dejando de ir a la sala cuna, al jardín y al colegio y adecuándose a estar con sus papás durante todo el día. Los más grandes, incluso, tienen conciencia de la posibilidad de enfermarse o que se enferme un ser querido.

“Ellos tienen recursos para que no se les note esta angustia durante el día, pero se ha demostrado que más del 70% de los niños están más demandantes y sobre el 60% tiene dificultades para dormir, ya sea para conciliar el sueño o para mantenerlo”, cuenta la psicóloga. “En estas condiciones no podemos entrenar el sueño de nuestros hijos, no podemos elevar aún más sus niveles de cortisol. Es un atentado a la salud mental, es un atentado al vínculo que formamos con ellos, porque nos va a costar empatizar con nuestros hijos, relacionarnos con ellos, comprender qué les está pasando y cómo funciona su cerebro. Todos los métodos de adiestramiento del sueño nos desconectan de nuestros hijos”.

La especialista explica que para los niños es importante sentirse sistemáticamente contenidos y que la crianza tenga coherencia entre el día y la noche. “Los métodos de adiestramiento presentan una discrepancia para la experiencia emocional del niño, que no entiende que su mamá durante el día sea amorosa y en la noche no le preste atención. Que pase de estar responsiva a estar no disponible”.