Ser una mujer bacán

violeta ilustracion

Columna de Catalina Infante Beovic. Editora, escritora y una de las dueñas de Librería Catalonia.




Paula.cl

Llevo unas semanas sumida en la edición de un libro que compila la biografía de 100 mujeres que han marcado la historia de la humanidad. Como hago mil trabajos distintos he tenido que dejar muchas veces esta tarea para el último momento del día. Eso quiere decir que varias noches me he quedado hasta tarde leyendo la historia de mujeres excepcionales de todas las épocas y de todas las disciplinas posibles, desde alpinistas hasta matemáticas, poetas y dirigentes indígenas. Y, aunque la tarea de mi trabajo supone corregir la forma en que están redactadas esas vidas, no pude evitar quedarme hasta tarde buscando fotos, leyendo artículos y sapeando todo lo googleable sobre las mujeres que me toca leer.

Desde la primera matemática del siglo V, que terminó torturada a golpes y quemada por enseñar su conocimiento, hasta una ex guerrillera maoísta que hoy es la atleta más prometedora de Nepal, las mujeres que han sabido desafiarse a sí mismas para poder llevar a cabo su propósito tienen más de un rasgo en común. A pesar de las diferencias de época, ideológicas, políticas, de los diferentes orígenes raciales, de las brechas económicas y educacionales, desde Violeta Parra rescatando puerta a puerta el folklore chileno hasta Juana de Arco siguiendo sus visiones para salvar a Francia, se puede observar entre ellas una pulsión en común. Una certeza que las volvió obstinadas, tercas y a veces locas, que las hizo cumplir con su cometido aun cuando esto significara su aislación o su muerte, como si tuvieran un mandato divino que debían a toda costa cumplir.

Por diferentes circunstancias de vida, muchas por quiebres trágicos y experiencias traumáticas, o simplemente por una pasión incontrolable que despierta, las mujeres que han marcado la historia reafirmaron en sí mismas la convicción de haber venido a esta vida para algo. Así se olvidaron de todo lo que les dictaba el mundo, se olvidaron de todo lo que se esperaba de ellas, del miedo al rechazo, a la soledad, a ser catalogadas de raras, a las críticas. En fin, se olvidaron de todo menos de sí mismas. Lo único que acataron como verdad fue la que emergía de ellas. Como siguiendo el verso de Walt Whitman, Whatever satisfies the soul is truth, se preocuparon de llenar su alma y esa fue su única verdad.

Reflexiono esto desde mi sillón cenando un paquete de galletas sin gluten. Mi perra ronca al lado. Pienso: ya no me gané el Nobel ni fui la que descubrió la cura de nada. Con suerte controlo mi adicción a la harina. Pero quizás, a mucho menor escala, desde la humildad individual de cada una, todas podemos ser un poco como ellas, incorporar un trozo del legado que dejaron. En la simpleza del cotidiano identificar cuál es esa pulsión que habita dentro, aprender a escucharla y hacerle caso, no dejar que sea el mundo quien nos defina lo que es correcto, volverse un poco tercas o locas, olvidarse de todo menos de lo que importa; satisfacer al alma con lo que para uno es la verdad.

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