Notificaciones y alarmas: el bombardeo de nunca acabar

Ilustración: César Mejías.

Ruiditos, vibraciones, pantallas que se activan ante cada alerta y titular. Nuestros teléfonos claman atención con toda clase de mensajería hasta convertirse en una molestia que pueden gatillar alteraciones en la salud. ¿Qué hacer para que esos avisos sigan siendo Pepe Grillo y no se conviertan en una desagradable cucaracha?


Cada 40 días, Paola Sepúlveda sufre una especie de apagón total. “Un blackout”, resume. Las señales físicas que incluyen dolor ocular, arrojan la necesidad de desconectarse con urgencia. Las distintas pantallas que atiende incesantemente -de preferencia el celular-, junto al bombardeo de notificaciones y alarmas laborales y privadas, le pasan factura. Ojos irritados e hinchados la obligan a encerrarse en una habitación a oscuras.

Solo entonces termina con una rutina que implica atender una decena de grupos de trabajo en WhatsApp, las alertas de redes sociales de las cuentas relacionadas, los mensajes de jefes y de su hija menor de edad, una veintena de conversaciones virtuales y decenas de correos. Como periodista al mando comunicacional de una bancada parlamentaria, el mundo virtual de Paola es de alto tráfico y prescinde casi por completo de la venerable y arcaica llamada telefónica. “El flujo de mensajes y alertas es constante”, explica.

En un día de crisis, que en el mundo de la política suelen abundar, atiende hasta 40 chats “sin problemas”. Los mensajes y notificaciones se multiplican a cada segundo.

“Lo que hago es fijar los grupos de trabajo”, detalla, “una función aplicable en la web de WhatsApp”. De esa forma, dice, los grupos importantes no se pierden ni quedan rezagados. “Si no, tendría que empezar a archivar conversaciones para encontrarlos. El bombardeo nunca para”.

Paola suma años así. Se desconecta sólo cuando duerme. El resto del tiempo es de vigilia permanente agujereada por blackouts.

Es una carnada

“No nos dimos cuenta cómo alteramos nuestro cerebro”, comenta la psicóloga Pamela Núñez, especialista en Terapia Cognitiva Conductual, y autora de los libros Tu Cabeza te engaña (2019) y Tu Cabeza te engaña con cuática (2020), donde aborda la ansiedad.

La sobrecarga informativa de una cultura hedonista e inmediatista -”una época donde todo es sentir y sentir rápido”, observa-, revolotea constantemente sobre una generación que es “la más medicada, más obesa, más sedada, más endeudada, y la más infeliz de la historia”.

Conectados a múltiples alarmas y avisos en el teléfono móvil, intuimos que suena o vibra, cuando en realidad no es así. ¿Por qué sucede? “No soy neuróloga”, aclara Pamela Núñez, “(pero) mi objetivo es generar conciencia para que esos circuitos no se echen a perder”.

Según la psicóloga, la ansiedad en sí no resulta negativa. “El problema es si estrujas tanto ese circuito, pasas a la angustia y la depresión”.

“Así como tenemos un cuerpo y un cerebro que nos permite maravillas”, continúa, “viene desprogramado en el sentido de los límites. Si la mente se está preocupando mucho, no te va a decir ‘relaja y duérmete’. No. Dirá ‘¿y el trabajo de mañana?’ No se desprograma el automático”.

La ansiedad bien tripulada nos activa, permite sentir satisfacción, tener motivación en la vida. “Pero si es mucha”, acota Pamela, “vienen los síntomas concretos: salta el ojo, taquicardia, sudoroso, tiembla la pierna, no puedo dormir, tengo vértigo”.

En la opinión de Enzo Abbagliati, director ejecutivo de Factor Crítico, académico y consultor senior en estrategias de comunicación, participación e inclusión digital, en este asunto la realidad cambió para siempre.

“Las notificaciones y alertas son parte de nuestra hiperconexión”, explica, “a través de telefonía móvil y distintos dispositivos, y eso no va a cambiar. La tecnología, ese tipo de conexión, es una intermediación que vino para quedarse”.

La opción de los usuarios, apunta Abbagliati, es desarrollar capacidades y competencias que permitan administrar esa interacción. “La pregunta es cómo nos adaptamos o cómo generamos nuevas maneras de sociabilidad y vida laboral que tome estos datos de la realidad, parte de un escenario que ya no se remueve”.

Abbagliati agrega que esas notificaciones responden a un modelo algorítmico. “Lo que busca es colonizar nuestra atención”, advierte. “La alerta es una carnada”.

No te caigas Wasap

Pamela Olavarría trabaja conectada al WhatsApp desde los días en que portaba una Blackberry. “Desde 2010″, precisa la periodista, desenvuelta por décadas en el mundo de la alta política. Al igual que Paola Sepúlveda, atiende una decena de chats “formados entre 150 y 200 personas”. También mantiene permanente atención en listas de difusión “que no implican interactuar sino envío de información”.

“Pero me obliga a estar alerta”, acota.

Recuerda que cuando sucumbió WhatsApp en octubre pasado, los grupos de trabajo telemáticos se vieron en aprietos. “Nos tratamos de organizar a través de los chats de Gmail y era súper lento. Se perdía toda la inmediatez”.

“Volvimos al llamado telefónico”, recuerda.

Sin embargo, el viejo telefonazo ahora provoca otra reacción. “Tiene el cariz de algo súper importante”, observa la periodista. “Sentí que todo el mundo se estresó”.

Hace más de una década, Pamela tomó una decisión radical en esta modalidad de chats y notificaciones. “Desde un comienzo lo uso silenciado. Estuve apenas una semana con el sonido de las notificaciones. Me pareció desesperante, invasivo”.

Aún así, está obligada a chequear permanentemente. “¿Si me agobia? Si, claro. Dormir siesta es imposible. Aunque trabaje telemática no puedo hacer ese tipo de cosas. No puedo estar más de media hora sin ver el WhatsApp”.

De todas formas, Pamela no se reconoce superada -”que no pueda dar abasto”-, en tanto accesorios como un Smartwatch simplifican su trabajo en actividades al aire libre como pedalear, porque puede seguir monitoreando.

“De vacaciones, solo cada cierto rato en el día cuando me enchufo a un wifi, miro de copuchenta”, confiesa. “Pero podría no hacerlo”.

Chao Jefe

La comisión de trabajo y previsión social del Senado tendrá que estudiar el proyecto que modifica el Código del Trabajo y el Estatuto Administrativo, que faculta el derecho a la desconexión digital, iniciativa conocida popularmente como “Chao jefe”.

“Los trabajadores tendrán derecho a la desconexión digital, fuera del horario establecido para la jornada de trabajo”, propone, “con el fin de garantizar el respeto de su tiempo de descanso, licencias médicas, permisos y vacaciones, y de su intimidad personal y familiar”.

Enzo Abbagliati considera indispensable la existencia de “un marco legal que permita a las personas desconectarse de su teléfono móvil”, como subraya la importancia de educar a los usuarios sobre “una cierta realidad 24/7 que opera”.

Si todo este enjambre de alertas, notificaciones y dependencia tecnológica decanta en patologías, existen terapias de desintoxicación digital, cuenta Abbagliati. “Casos extremos”, precisa.

“Hay que avanzar en el desarrollo de competencias de los usuarios. Hablamos de transformaciones laborales y sociales que han sido muy abruptas”, comenta el experto. “Este desarrollo tecnológico nos pilló con escasa preparación. Se crean otras necesidades. El camino a seguir es que desarrollemos competencias que nos permitan saber administrar estas alertas”.

“Todas estas cosas son configurables”, subraya Abbagliati. “Uno puede elegir entre sonidos y no sonidos, apagar el celular para dormir”.

Enzo revela un dato: dos tercios de los chilenos duermen con los celulares en el velador. “Se han creado hábitos asociados a esta tecnología que nos hacen muy dependientes. Debemos desarrollar tácticas”.

“Hay que educarse”, coincide la psicóloga Pamela Núñez. Ese proceso implica que los usuarios comprendan que mucha pantalla, notificación y alerta implica la posibilidad de angustias y ansiedades que puede escalar y gatillar flancos en nuestra salud. “Es muy raro que tenga la intención seria de ordenarme con las pantallas”, plantea, “si no entiendo el impacto grave que tienen”.

Entre las claves sugeridas por la psicóloga, las pausas.

“¿Qué tengo que hacer? Tratar de tener recreos”, detalla. “No es necesario sacar el celular bruscamente porque no es sensato, imposible en estos tiempos”.

“Lo que tengo que entender”, continúa, “es que yo tengo que hacerme cargo del celular, no el celular de mi. Yo tengo que tomar las riendas de mi vida. Hay que recordar quién manda aquí, poner pausas intencionadas y usar el ingenio”.

Pamela Núñez deja en claro que estos quiebres “no son para ver Instagram”.

“Anda a jugar con el perro, asómate al balcón y respira”, plantea. “Hay que hacer menos”.

El mindfulness en boga -momentos de atención plena-, es una posibilidad para administrar toda esta atención requerida por el celular y otras pantallas. “Lo único que permite calmar la mente es el aquí y el ahora”, enfatiza Pamela Núñez. “Porque la mente ansiosa siempre va al futuro. De hecho, esa es la estrategia básica. Quedarte en el presente. Si hay gente que no le gustan los ejercicios de respiración, se pueden concentrar en los sonidos. Y eso ya es meditar”.

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