Juan Andrés Fontaine, en su regreso a la coyuntura: “El escenario económico más probable es de una abrupta caída y una fuerte recuperación”

Exministro Juan Andrés Fontaine vuelve a la coyuntura: “El escenario económico más probable es de una abrupta caída y una fuerte recuperación”

El extitular de Economía cree que el impacto del Covid-19 ha generado “una situación económica inédita, pero mucho menos grave que la Gran Depresión o la crisis nuestra del 82”. Pese a ello, alerta sobre el diseño de los mecanismos de ayuda del gobierno, “si es todo lo amplio y ágil que se requiere”. También advierte que un retorno de la violencia política y de la incertidumbre constitucional podría atentar contra un repunte “a gran velocidad” en Chile.




Su propia “nueva normalidad” está viviendo Juan Andrés Fontaine desde que salió del gobierno, a fines de octubre pasado, a días del estallido social. Junto con otros cuatro secretarios de Estado dejó el gabinete a petición del Presidente Piñera, tras poco más de cuatro meses a cargo del Ministerio de Economía -por segunda vez, luego de que en el primer gobierno del Mandatario ocupara la misma cartera y también se fuera en forma anticipada- y después de haber estado a cargo de Obras Públicas en el inicio de la administración. Casi a partir de entonces y hasta ahora, se trasladó prácticamente a vivir a su casa de la costa central, desde donde ha seguido la crisis doble que ha enfrentado el país, primero por los hechos que siguieron al 18-O y hoy por la pandemia del coronavirus. Su plan es reinstalar Fontaine Consultores, su oficina de asesoría privada, pero de momento eso está sujeto al desarrollo de los acontecimientos. Acepta esta, la primera entrevista -vía mail y teléfono- desde que dejara el Ejecutivo, para entregar su mirada sobre la recesión que se cierne sobre Chile y cómo darle batalla para acotar sus efectos. Es menos pesimista que otros economistas y resalta las lecciones de la crisis del 82-83, entre ellas, “que en la hora más oscura -y hoy nos aproximamos a ella- todo se ve muy negro, pero las economías pueden cambiar con sorprendente rapidez”. Lo que sí, advierte que en las actuales circunstancias tan anómalas no tienen mayor valor las proyecciones numéricas. “Si siempre son azarosas, hoy son temerarias”, plantea. Afirma que por efecto de las cuarentenas y cierres, “en estos meses ni siquiera será posible levantar encuestas creíbles y compatibles para medir el PIB, el desempleo o el IPC: andaremos a ciegas. Pero más allá de ello, la naturaleza de este fenómeno es tan distinta, que los instrumentos, los modelos, las ecuaciones utilizados para pronosticar simplemente no sirven”.

¿Cuál es su visión de la gravedad de la crisis económica que está provocando el coronavirus a nivel global?

-Estamos ante una situación económica inédita, pero mucho menos grave que la Gran Depresión u otras grandes crisis, incluida la nuestra del 82. Pestes ha habido muchas y su costo humano ha sido terrible. Pero nunca antes se había dado una en que la economía mundial casi entera paralizara, algo así como que el planeta cayera enfermo en cama. Sin embargo, la naturaleza de este fenómeno es muy distinta a otras grandes crisis. En ellas, la contracción de la demanda y de la producción, la destrucción de fuentes de trabajo, el descalabro de empresas y bancos fueron por errores involuntarios cometidos por los agentes económicos o por los gobiernos. Keynes habla de la “desobediente sicología de los hombres de negocios” como la causante de los ciclos de auge y caída. Friedman los atribuye a fallas de los bancos centrales. Y por eso, los instrumentos tradicionales de políticas fiscal y monetaria están pensados para corregir o neutralizar esos errores y hacer reflotar a la economía. En cambio, con el coronavirus estamos abocados a una recesión que en cierto sentido es deliberada, producto de las medidas de distanciamiento social o confinamiento adoptadas, ya sea por las autoridades para frenar la propagación del virus, o voluntariamente por las personas para protegerse del contagio. Pero si las restricciones sanitarias son eficaces para detener la pandemia en dos o tres meses -y hasta ahora, con la información disponible, no hay razón para esperar que no lo sean-, ellas podrán ser levantadas progresivamente y la economía podrá recuperarse con rapidez. Es cierto que hay muchas dudas epidemiológicas -el virus es nuevo- y económicas -no sabemos cuán maltrecha quedará la economía-, pero el grado de incertidumbre reinante sobre la futura recuperación de la economía y el consiguiente daño financiero que sufrirán las familias y empresas afectadas serán muchísimo menores que los ocurridos en la Gran Depresión o en nuestra crisis de la deuda.

Y en Chile, ¿de qué magnitud será el golpe? El Banco Central (BC) y Hacienda ven una caída del PIB en torno a 2% en 2020, mientras el FMI habla de -4,5%.

-Comparto a grandes rasgos el razonamiento del FMI: lo más probable es que en Chile y en el mundo habrá una contracción de proporciones inéditas en el segundo trimestre y luego una recuperación que, si se aplican las políticas correctas -crucial requisito-, posiblemente tendrá una velocidad también inédita. La duración del período malo dependerá, entre otros factores, del éxito en controlar la pandemia, de las innovaciones farmacológicas en desarrollo, del daño financiero sufrido por las familias y las empresas, y de la capacidad de las políticas económicas de impulsar la reactivación post pandemia. Siempre las cosas pueden salir peor, pero hasta ahora, todo lo que observo en el mundo sobre el avance en el control de la pandemia o el resurgimiento de la economía china tras su reapertura me hace pensar que el escenario económico más probable es de una abrupta caída y una fuerte recuperación.

Pero ahora se está diciendo que el virus puede seguir presente por hasta dos años. ¿No atenta eso contra el repunte en forma de V que usted avizora?

-Escenarios pesimistas son siempre posibles de elucubrar. Pero veo claros avances en la contención de la pandemia en el mundo y confío en que la innovación farmacéutica acertará con los remedios o vacunas adecuadas. Ya hay cuatro vacunas iniciando los primeros testeos humanos. Mientras tanto, las medidas de higiene y de distanciamiento social deberán seguir ayudando, por ejemplo, para limitar los rebrotes, y los sistemas de salud de Chile y el mundo habrán ganado tiempo para prepararse mejor. Por eso, insisto, comparto el escenario de fuerte recuperación del FMI para la economía mundial a partir de fin de año. En el caso nuestro, con dólar alto, intereses bajos y petróleo barato, espero que podamos remontar también con gran velocidad, pero el retorno de la violencia política, que pese a la pandemia no ha desaparecido del todo, y de la incertidumbre constitucional, pueden ser un serio impedimento.

¿Cómo abordar la disyuntiva entre retorno a la actividad y mantención de medidas de aislamiento? ¿Cómo lo está haciendo Chile?

-Hasta ahora las cifras muestran que Chile lo ha estado haciendo bien. Pero es temprano: el virus recién comienza a llegar a las comunas más populosas, las cuarentenas cansan, viene el invierno. La estrategia del ministro Mañalich me parece correcta: cierres parciales y reapertura progresiva, según criterios técnicos y antecedentes objetivos. Es una estrategia que tiene la flexibilidad para adaptarse, priorizando siempre el cuidado de la vida humana.

El ministro de Hacienda dijo que se debía velar por la vida, pero también por los medios para la vida. ¿Lo comparte? ¿Es el momento de volver de empresas y comercios?

-Deben evaluarlo los epidemiólogos. No soy experto en la materia. Afortunadamente, estamos en buenas manos: el ministro de Salud sí lo es.

¿Cómo lo ha hecho Ignacio Briones en Hacienda? Para muchos era la persona indicada post 18-0 por su capacidad de diálogo y llegada con la población. ¿También lo es frente al Covid-19?

-Con estilo sencillo y directo, con flexibilidad, pero sin populismos, lo ha hecho muy bien.

¿Son suficientes y a tiempo las medidas que han tomado hasta ahora las autoridades económicas en Chile?

-Al principio me pareció que, tanto en Chile como en otros países, el enfoque era equivocado. Se hablaba de medidas de estímulo fiscal y monetario -como bajar las tasas, que en las condiciones actuales a lo más sirve de saludo a la bandera- para reflotar la actividad, cuando las medidas sanitarias apuntaban en el sentido contrario: quedarse en casa y, por tanto, paralizar la economía. Pero luego el enfoque ha sido el correcto: el rol del Estado es hoy acudir, y con sentido de urgencia, al salvamento y auxilio de los damnificados. En específico, establecer ayuda monetaria para las familias que han perdido sus fuentes de ingreso y apoyo crediticio a las empresas para enfrentar sus necesidades de caja en la emergencia.

¿Y se está cumpliendo con ese sentido de urgencia?

-Como nunca hoy es necesario el sentido de urgencia y tengo dudas si el diseño de los mecanismos es todo lo amplio y ágil que se requiere. Por ejemplo, la suspensión de contratos laborales tiene ciertas restricciones. También me parece un error exigir que la garantía estatal se utilice solo para nuevos créditos bancarios y no para refinanciar los vencimientos que caen en estos días, que es la necesidad más apremiante. Tampoco creo que ayude la tasa de interés máxima de TPM más 3% fijada por ley, porque puede dejar fuera a mucha pyme. Es imperioso que en esta coyuntura los bancos actúen con máxima celeridad y altura de miras, pero el detalle de los mecanismos puede ser perfeccionado para facilitar su aplicación.

Usted vivió la crisis de los años 82 y 83 en Chile y llegó al Banco Central el 84, desde donde todavía lidió con sus efectos. ¿Qué lecciones de ese episodio se deben considerar ahora?

-Chile es hoy incomparablemente más sólido y esa crisis fue de una profundidad y duración mucho mayores a lo que se espera de la actual: tasas reales por sobre 30% anual, duplicación del precio real del dólar, reducción del déficit de cuenta corriente, que mide la captación de financiamiento externo, desde 14% del PIB el 81 a cero el 83, caída acumulada en esos dos años de 17% el PIB y de 30% en demanda interna, desempleo sobre el 25% y el sistema bancario hecho pedazos. Pero, guardando las proporciones, hay lecciones útiles.

Primero, una crisis del sistema de pagos daña mucho a las empresas y puede retardar gravemente la recuperación. No es posible confiar en que los sistemas habituales de cobranza judicial y de quiebra funcionen con fluidez ante un problema tan masivo. La economía no podría operar bien, tras la pandemia, con medio sistema productivo al borde de la quiebra y, por tanto, es imprescindible la ayuda estatal. Segundo, siempre esas medidas generan ganadores y perdedores, pero es un error que se paga caro -como ocurrió entonces- gastar mucho tiempo debatiendo quién debe “pagar los platos rotos” (si el Estado o los particulares, si las empresas, los bancos o sus acreedores nacionales o extranjeros, etc.). Es preferible optar por fórmulas de ayuda general y de aplicación automática, aunque le cuesten plata al Estado. Tercero, las intervenciones deben aplicarse con urgencia, pero diseñarse con mirada de largo plazo: medidas fiscales fáciles de desmontar, apoyos financieros que no fomenten malas prácticas, descapitalicen a la banca o estaticen la economía. Cuarto, que en la hora más oscura -y hoy nos aproximamos a ella- todo se ve muy negro, pero las economías pueden cambiar con sorprendente rapidez. Nunca olvidaré que cuando en febrero del 85, a dos años y medio de la devaluación, el ministro Hernán Büchi lanzó su plan de ajuste y recuperación, los comentarios que recibíamos en el BC -yo era director de estudios- de parte del FMI, del Banco Mundial, de los bancos extranjeros y de connotados economistas, eran que una nueva recesión sería inevitable. Seis meses más tarde ya nadie dudaba de que el repunte había comenzado. Si nos manejamos con destreza, también esta vez el amanecer puede estar cerca.

En materia fiscal y con un déficit este año de 8% del PIB, ¿cuánto espacio le queda al ministro Briones para actuar?

-El giro fiscal ha sido extraordinario, pero me preocupan más los compromisos permanentes de gasto incurridos por el estallido, que los desembolsos transitorios a que obliga la pandemia. ¿Es necesario más? Hay que guardar espacio para un eventual estímulo fiscal una vez que la situación sanitaria permita la reapertura de la actividad. Puede que la incertidumbre tome un tiempo en disiparse y refrene la demanda privada. Más adelante será indispensable retomar una estricta disciplina fiscal y apuntar hacia un superávit estructural fiscal primario, esto es, antes de intereses, que exigirán desembolsos superiores al 1% del PIB.

¿La Ley de Protección al Empleo y la del Fogape bastarán para evitar quiebras masivas de empresas? ¿El Estado debe ayudar a grandes compañías?

-Respecto del Fogape, como ya dije, me parece bien encaminado, pero innecesariamente restrictivo. Hoy, la primera prioridad no son los créditos nuevos -necesarios más adelante para la reactivación-, sino ayudar a las empresas a hacer frente a sus obligaciones vigentes. Sobre las grandes empresas, existiendo en Chile bancos sólidos y bien provistos de liquidez, así como otros intermediarios financieros y eventuales aportantes de capital, la solución debe ser negociada entre ellos y sus acreedores. En cuanto a garantías estatales, pienso que Corfo -como lo hicimos para la reconstrucción posterremoto del 27/F- tiene un rol que jugar, por ejemplo, en el apoyo no solo a las pymes, sino al sector turismo, cuya recuperación es probable que tarde más que el resto.

¿Cuánto más puede hacer el BC?

-La principal función del BC hoy es crear confianza en la provisión de liquidez de la economía. Acertadamente, eso es lo que ha estado haciendo.

¿Está de acuerdo con modificar la Constitución para que el BC pueda comprar bonos del Fisco en el mercado secundario?

-Hay dos prohibiciones distintas en el Artículo 109 de la Constitución en cuanto a las operaciones del BC con el Fisco: una le impide adquirir títulos públicos, la otra le impide otorgarle crédito directo o indirecto. La primera excluye del arsenal de política monetaria un instrumento habitual en otros países -los llamados “repos” con bonos de Tesorería-, así como la compra a término de tales bonos que, en forma muy excepcional, ha sido utilizada en EE.UU. y Europa en la crisis financiera pasada y últimamente también. Levantar esa limitante puede a futuro llegar a ser útil, pero no es ni urgente ni necesario hoy. El BC puede hacer política monetaria o entregar ayudas de liquidez, ya sea comprando bonos, por ejemplo bancarios, o entregando líneas de crédito, ya sea garantizadas con colocaciones bancarias o simplemente sin garantías (como se hizo en los 80). Introducir esa modificación constitucional, además de innecesario es perturbador, ya que confunde a la opinión pública y altera las expectativas. El tema surge cuando hay crecientes necesidades de financiamiento estatal y no se necesita ver bajo el agua para advertir que levantar la restricción podría servir para que el BC entregara indirectamente, mediante compra de títulos estatales al BancoEstado o a otros bancos, financiamiento para cubrir su abultado déficit.

¿Y no sería válida esa opción para casos de emergencia?

No, es muy sana la disposición constitucional que impide al BC otorgar créditos directos o indirectos al Fisco, y ella debería interpretarse como impedimento para todo tipo de financiamiento de su parte al Estado. La razón es simple: excepto muy marginal u ocasionalmente, un BC no es una fuente nueva de financiamiento y los fondos que puede aportarle al Fisco, a la larga, siempre provienen de la inflación (que actúa como un impuesto ineficiente, regresivo y no legislado), o de sus propias colocaciones de deuda en el mercado, las cuales son equivalentes a las que podría efectuar directamente la Tesorería. No me parece responsable abrir esta discusión hoy, en presencia de altísimos requerimientos fiscales y ad portas de un imprevisible proceso constitucional, en cuyo debate hasta ahora el BC parecía intocado. Quien dude de las consecuencias de desanclar la confianza en la disciplina fiscal y monetaria, baste que mire hacia el otro lado de la cordillera.

Con todo lo malo de esta pandemia, hay quienes vislumbran una oportunidad, y de hecho el Presidente ha vuelto sobre el 20% de aprobación. ¿Cómo ve al gobierno hacia adelante y al país en dos a tres años?

-Todavía es demasiado temprano para evaluar los efectos políticos de esta catástrofe. Lo que más valora la ciudadanía del Presidente Piñera y su gobierno es su capacidad de gestión. Una situación tan grave como la de hoy hace valorar más la gestión que la empatía. Y, por ahora, la gestión del gobierno ha sido ágil, realista y eficaz. Claro que todavía quedan malas noticias en lo sanitario y en lo económico. Respecto del futuro, el mayor riesgo es el regreso de la violencia, la confrontación política y la incertidumbre constitucional. Pero la crudeza del invierno ayudará a aterrizar las expectativas, a valorar el país que hemos construido entre todos -pese a sus carencias- y a sentir que navegamos todos en el mismo bote, así es que más vale que rememos todos para el mismo lado.

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