Francisco Pérez Mackenna

Francisco Pérez Mackenna

Gerente General de Quiñenco

Pulso

¡Organicémonos!

Los scooters funcionarán en un perímetro acotado de Las Condes.

Como a todos, se me vino marzo, y ya de regreso en Santiago, al caminar me encontré con varios scooters diseminados obstruyendo el paso de peatones, de bicicletas y de los propios scooters. Andar por la ciudad ya no es una actividad exenta de riesgos. La probabilidad de atropello en la vereda no es nada despreciable. Nombres como Scoot, Limes y Mobike dan cuenta de emprendimientos que han empezado a usar y a abusar de las aceras para desarrollar su actividad.

Santiago no es la primera ciudad que ve nacer el emprendimiento de los e-scooters. Como muchas innovaciones disruptivas, la moda de la e-movilidad partió en California. También sus habitantes fueron los primeros en sufrir sus trastornos. Los reclamos de los ciudadanos apuntaron a bloqueos de las veredas y a que sus usuarios manejaban por las aceras, poniendo en peligro a los peatones, etc. La reacción no se hizo esperar. Luego de ser expulsados, recién en el segundo semestre del año pasado la ciudad de San Francisco anunció que solo dos compañías de scooters podrían retornar: Scoot y Skip (dejando afuera, entre otras, a Lime, valorada en más de US$ 1.000 millones, y que ha levantado US$ 335 millones de Google y Uber, que dice querer transformarse en el Amazon del transporte).

Scoot, más pequeña que Lime, consiguió permisos que solo le permitieron partir con un máximo de 625 scooters. Luego de una marcha blanca de seis meses, podría aumentar a 2.500 las unidades operadas. El plan piloto deberá verificar, entre otras variables, que se pueda operar en forma segura y responsable. La ola regulatoria de la e-movilidad, que ahora recorre el país del Norte a medida que más y más ciudades se incorporan a la fiebre de los scooters, incluye que un porcentaje de su staff sea full time (no solo personal a contrata o a comisión como los llamados “bird hunters” que las compañías contratan para que recojan los scooters que van quedando abandonados), que las aplicaciones se hagan cargo de la seguridad de la operación, de no bloquear accesos urbanos y que operen responsablemente. Es de presumir que lo propio ocurrirá en las otras latitudes donde están proliferando estos medios de transporte, incluido Santiago.

Los scooters tirados desordenadamente me recordaron una columna de Sergio Urzúa, publicada el fin de semana pasado, que denunciaba lo difícil que se ha trasformado conversar en el Metro de Santiago, debido a la estridencia de los cantantes que utilizan sus carros como escenario. Este aumento del desorden urbano me trae, también, a la memoria la teoría de los vidrios rotos de James Wilson y George Kelling, que fue tan influyente para poder reducir el crimen en Nueva York. Su tesis es que el desorden y despreocupación en la ciudad invitan a que los ciudadanos transgredan las normas, partiendo por cometer pequeñas ofensas (como no respetar las reglas del tráfico, tirar basura en la vía pública, pintar grafitis, etc.) que van escalando y terminan en transgresiones que se salen de control, aumentando las tasas de criminalidad.

El grafitis, los cantantes del Metro, los e-scooters y empresas como Amazon tienen en común que usan el espacio público para desarrollar su actividad sin pagar por este. La generación a que pertenecen sus protagonistas y emprendedores, los millennials, tiene rasgos culturales distintos a sus antecesores. Prefieren no invertir ni en auto ni en casa propia. Arriendan o viven con sus padres. Caminan por el mundo livianos de equipaje. Se comprometen menos con trabajos estables y, quizás por ello, son más reacios a casarse. En general, son más disruptivos y menos apegados a las normas. La corbata no es lo suyo y abandonar el vehículo en la vereda no les provoca remordimiento alguno. Ese mayor espíritu transgresor los hace más innovadores y creativos a la hora de idear y diseñar soluciones. El problema es que, a la vez, rompen con aspectos positivos de la cultura de la que evolucionaron y que la sociedad, probablemente, quiere y necesita proteger.

El antropólogo estadounidense Clifford Geertz sostenía que la cultura, “aquel sistema de concepciones expresadas en formas simbólicas por medio de las cuales la gente se comunica, perpetua y desarrolla su conocimiento sobre las actitudes hacia la vida”, se observa a través de la conducta humana. Los millennials han pasado a llevar mucho de los símbolos propios de la actuación social; en sus emprendimientos se han saltado las barreras que la institucionalidad les impone a los negocios establecidos (redefiniendo derechos de propiedad y rebajando costos), dejando a estos en una desventaja competitiva. Ello produce beneficios, pero también externalidades negativas que es necesario regular, encuadrando la operación de estas innovaciones dentro de las reglas generales del juego.

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