El Perro Viejo y el Cocodrilo

La-Moneda




Entre las fábulas del libro de mi abuelita Irene había una que contaba de un perro viejo que bebía en el Nilo. Lo hacía con cuidado, tomaba un sorbo rápido y corría hacia atrás. Un cocodrilo que estaba cerca le decía, "bebe tranquilo, perro viejo, a tu edad no tienes que agitarte tanto". El perro le contestó, "mientras tú estés en el río, yo prefiero mis precauciones". Simple la moraleja: la experiencia enseña que no hay que seguir consejos de quien te quiere comer.

Nuestro país tiene sed de cambios, muchas personas postergadas y atemorizadas por la precariedad de condiciones de su existencia claman por años que pongamos atención en sus necesidades. Esta sed se hizo patente estas últimas dos semanas, ya no podemos ignorarla. La pregunta que el gobierno, los parlamentarios, la clase política debe responder es ¿cómo debemos saciarla?, ¿nos acercamos de golpe y tratamos de beber de una vez hasta hartarnos, o lo hacemos con la precaución necesaria para que un cocodrilo no se coma al perro?

Es cierto que Chile tiene problemas no resueltos. Pero ponderemos su peso y las herramientas que pueden resolverlos. No es la primera vez que estamos en estos trances y tampoco somos los primeros en enfrentarlos. Con la urgencia de la sed han bebido sin prudencia Venezuela y Bolivia, y se los ha comido el cocodrilo.

Frente al clamor de terminar con abusos como el excesivo costo del endeudamiento familiar, o lo bajo de las pensiones, la respuesta que escuchamos estos días es "urgencia a cambiar la Constitución para que podamos hacer plebiscitos". Frente a los miles de delincuentes que destruyen el Metro, municipalidades, supermercados y comercios, afectando duramente a los pobres y la clase media, nos invitan a apoyar acusaciones constitucionales al ministro que trató de controlarlos usando la fuerza pública.

No hay que ser doctor en lógica para ver que estas respuestas no tienen que ver con la legítima sed de mayor equidad. Esta última no es sino la excusa para tratar de meter el diente en lo que de verdad les molesta, lo que se quiere cambiar, el perro que busca comerse el cocodrilo: la democracia representativa y sus condiciones.

La democracia representativa requiere votaciones periódicas, libres e informadas, para elegir representantes. Porque gobernar o legislar no es solo una cuestión de deseo popular (en sí un problema tratar de determinarlo), sino y principalmente, un ejercicio de discusión y decisión responsable por esos representantes. Porque decidir en qué gastar los recursos, cómo obtenerlos, a qué dar prioridad y qué necesidades postergar es un trabajo complejo con múltiples consecuencias. El voto directo popular no sirve para decidir semejantes dilemas, simplemente porque no es posible hacer esas discusiones y análisis, ponderar las variables ni, especialmente, "hacerse responsable" del resultado. Lo acabamos de ver en UK, cuando al día siguiente de haber votado por la salida de la UE, los votantes comenzaron a entender lo que se les había preguntado y sus consecuencias. Tories y laboristas miraban para otro lado.

La democracia representativa tiene condiciones incómodas. Tengo que convencer a mucha gente. Tengo que demostrar experiencia y poner la cara. No puedo llevar a los ciudadanos, presos de sus emociones, a que levanten su mano en una asamblea enfervorizada, donde con unos matones he callado a los que me contradicen. Requiere voto secreto, padrones electorales, debates, y, sobre todo, el riesgo de perder si sigo las reglas. ¡Qué fastidio ese perro viejo!

Sería tanto más fácil preguntar en un plebiscito: ¿quiere más gasto social y que lo paguen los ricos?

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